Por Vizo Arcieri.

Dios, Dios grande, que estás con la barbilla recostada en la baranda del balcón de los cielos. Que miras desde tu reino para abajo en silencio. Y ves el río que enreda sus aguas con el vino y deja a su paso un trigo crecido para hacer el nuevo pan de la nueva cena, la última que salve a la tierra. Dios que te das vuelta y cierras la puerta para no ver el fuego ni oír el ruido de los alacranes envenenados que hacen la orgía que antecede la tristeza. Dios grande, que te llevas a mi madre un domingo antes de que la niñera le pintara los labios de fiesta. Y le dejas una sonrisa y la mirada buena, libre de toda pena. Dios, que bajas de tu cielo y te me apareces en una abeja o en un viejo, sentado en un pretil, al que le duelen los huesos y las venas. Dios, Dios grande, que estás despierto cuando no debieras porque no te deja dormir la sangre que corre por entre las piedras. Dios que te ves con la luz de un cabo de vela, que te protege una tormenta y duermes con la ventana entreabierta.

Dios, Dios grande… gracias.

No olvides nunca que todavía hay quienes aún tocan la gaita en la soledad del pie de la montaña.

Mayo 7 del 2021.
En los tiempos del fin del mundo.

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