Una mirada desde la inversión hotelera hacia La Guajira.
Durante la última década, la industria hotelera global vivió una transformación silenciosa. Lo que antes se entendía como un negocio de alojamiento hoy es la intersección entre bienes raíces, experiencia, tecnología y sostenibilidad. En ese nuevo mapa, el capital privado —particularmente el private equity— rediseñó la lógica con la que se invierte y se proyecta un destino. Los inversionistas ya no buscan propiedades bien ubicadas: buscan activos con potencial de transformación. Hoteles subutilizados, mal gestionados, con oportunidades de reposicionamiento.
Desde esa lógica, Riohacha es interesante. Tiene costa, identidad cultural, paisaje diferencial y una demanda turística que crece sin que la oferta acabe de recibirla. El problema no es la ausencia de atractivos: es la ausencia de estructuración sobre esos atractivos. La Guajira no carece de activos turísticos. Carece de orden sobre ellos.
El problema no es la demanda
En muchos destinos internacionales, la demanda turística superó la oferta. Riohacha vive la paradoja inversa: hay potencial de demanda, pero la oferta no está en condiciones de capturarla de forma sostenida. Baja ocupación promedio fuera de temporada alta, tarifas que no reflejan el valor del destino, experiencias poco diferenciadas. Desde una lógica de inversión, eso es riesgo. Desde una mirada estratégica, es una señal clara de dónde intervenir.
La mayoría de los hoteles en Riohacha opera sin indicadores claros, sin sistemas de gestión robustos, con estructuras organizacionales poco definidas. Eso no es un problema de tamaño, sino de gestión. Y ahí está el eslabón perdido: el capital no llega donde hay potencial. Llega donde hay capacidad de ejecución.
Lo que el mundo busca construir, La Guajira ya lo tiene
La sostenibilidad se volvió criterio de inversión. Ya no es discurso: es el filtro con el que los fondos evalúan un activo. En La Guajira, este tema tiene una dimensión más profunda que el cumplimiento ambiental. Implica entender el territorio: su fragilidad ecológica, su riqueza cultural, sus dinámicas comunitarias. Paradoja que vale la pena nombrar: lo que el mundo turístico intenta construir artificialmente, La Guajira ya lo tiene de forma natural. El reto está en gestionarlo sin destruirlo.
¿Está Riohacha en el radar?
Hoy, los grandes fondos de inversión no están mirando directamente a Riohacha. No porque no tenga potencial, sino porque aún no cumple con los mínimos estructurales que exige el capital institucional: información confiable del sector, gobernanza turística clara, articulación público-privada, casos de éxito locales. En otras palabras, el destino todavía no ha demostrado que es invertible. Está en una fase previa: la de preparación.
Y eso no es una condena. Es una oportunidad. El capital privado tiene historia de encontrar valor donde otros no lo ven: activos subestimados, mercados emergentes, destinos en transición. Riohacha podría ser uno de ellos. Pero no será el mercado quien lo descubra por sí solo. Requiere actores locales capaces de estructurar y proyectar el destino con visión. Requiere liderazgo técnico, no solo intención.
La conversación sobre turismo en Riohacha no debería empezar por el dinero. Debería empezar por la comprensión del territorio. Porque aquí, el verdadero diferencial no es el capital: es la capacidad de leer las dinámicas locales y tomar decisiones con criterio. No se trata de atraer inversionistas. Se trata de construir las condiciones para que invertir tenga sentido. Y eso implica algo más complejo que levantar infraestructura: implica ordenar, estructurar y alinear. La hospitalidad en La Guajira no se transforma con dinero. Se transforma con gestión.
*Administradora Turística y Hotelera | Magíster en Alta Dirección y Desarrollo Hotelero.
