Por Weildler Guerra Curvelo*.

De un solo golpe nos encontramos en escenarios similares a los de la antigüedad. La sensación de temor ante la pandemia, ya oficialmente declarada, nos hermana con la gente que vivía en la antigua Grecia, en la Edad Media o en los tiempos coloniales. Nos acercamos a su angustia superando la distancia temporal que los textos históricos ponen entre ellos y nosotros. A pesar del discurso racional, tranquilizador y aséptico de las autoridades sanitarias no podemos evitar la incertidumbre y el miedo. Hoy debemos preguntarnos ¿qué ha aprendido la humanidad acerca de las epidemias que la han asolado durante milenios?

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La peste siempre es originada por los Otros. En su Historia de la guerra del Peloponeso Tucidides nos habla de cómo en la antigua Atenas se expandió una mortal enfermedad cuyo origen se situaba en Etiopía y en Egipto. Se pensaba que pueblos enemigos habían contaminado el agua de los pozos. Ni los remedios entregados por los médicos de la época ni las visitas a los oráculos ni las oraciones en los templos pudieron evitar su propagación. Creyentes y no creyentes morían por igual.  El historiador ateniense afirma que aquellos que sobrevivieron a la enfermedad mostraron más piedad hacia los que sufrían, en parte porque confiaban en su inmunidad. Además de su impacto devastador en el poder militar y económico ateniense, la epidemia minó las instituciones civiles y religiosas de la ciudad.

Los más pobres fueron usualmente considerados como los principales responsables de la propagación. Cuenta el investigador hindú Mohan Rao en su ensayo: Plaga el cuarto jinete que, en 1630, se inició en Venecia una terrible epidemia, que mataría a una tercera parte de la población. Los pobres fueron considerados como incubadoras de la enfermedad y la puerta de entrada a través de la cual podría entrar la peste y debilitar fatalmente a la sociedad. La enfermedad condujo al colapso del comercio, la privación de empleos, el aumento de los precios y la escasez de alimentos. Sin embargo, afirma Rao, desde la sombra de las escuelas posteriores de economistas las epidemias también pusieron de manifiesto que la población puede ser vista como un recurso cuya vida útil debe ser incrementado en interés de la economía.

Otra lección aprendida es que cuando las medidas gubernamentales son excesivamente drásticas las personas pueden identificarlas como una muestra de la llamada” arrogancia epidemiológica”. Afirma la historiadora mexicana Ana María Carrillo que el enfermo de tifo fue visto en el pasado como peligroso; su peligrosidad no era sólo física, sino moral. Así, la lucha contra la enfermedad devino en lucha contra los enfermos, y en que éstos fueran confundidos con el padecimiento y estigmatizados.

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Las épocas de epidemias pueden ser también periodos de tensión social, en los cuales los temores exacerban divisiones sociales ya existentes. La experiencia británica en la India mostró que la adopción de medidas sanitarias extremas como los actuales cercos sanitarios, las cuarentenas y la invasión de la vida privada pueden generar resistencia en la población. Ello pone de manifiesto que lo que es médicamente deseable puede ser prácticamente inviable y políticamente peligroso.

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