Por Weildler Guerra Curvelo*.

El país vive una agitada polémica por las declaraciones de Gustavo Petro acerca del vallenato el cual clasifica entre uno que expresa el alma de su pueblo y otro “que se alejó del campesino y se entregó al traqueto”. La idea de que la temática del vallenato gira alrededor de un culto a poderes tradicionales o emergentes se encuentra extendida en Colombia. Ello no es completamente arbitrario. Desafortunados saludos y ciertos cantos de abierta lisonja hacia figuras notoriamente cuestionables han contribuido a esa imagen, pero quien conoce y vive esta expresión musical sabe que ello no opaca la sensibilidad social expresada en muchas de sus cantos más antiguos y de mayor riqueza estética.

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Los cantos populares constituyen uno de los más preciosos recipientes de la memoria en distintas sociedades y en diversos marcos temporales. La música popular de acordeón no ha sido ajena al registro de dolorosos sucesos de la historia nacional. No es posible escuchar sin sentir una intensa conmoción el Canto al Tolima de Guillermo Valencia Salgado que recoge el clamor fraterno de los habitantes del Caribe colombiano ante las masacres vividas en ese territorio campesino a mediados del siglo pasado: Hoy los odios fratricidas se apoderan de los campos/ en vez de que el dulce canto/ es anhelo de la vida/ Pueblo escucha/ eres de mi patria hermosa/ fuerte espina y dulce rosa/ y olvida el rencor/ Pueblo escucha te canta un costeño amigo/ para que tu dios divino / te traiga la paz.

Varios compositores vallenatos han acuñado en sus composiciones las profundas inequidades sociales de nuestro país. Con la letra de la canción Soy, de Leandro Díaz, se podrían hacer pancartas con demandas sociales que tienen hoy plena vigencia. “Aquí en Colombia todo lo bueno/ está planeado pa` los de arriba/y los de abajo siguen viviendo/ sin paz, sin techo y sin medicina”. Santander Durán en El pescador recupera la voz de uno de los grupos sociales más vulnerables en todo el mundo y con menor representatividad política: Yo soy el pescador que pesca un sueño/ un sueño libertario y de esperanza/ Rebelde como el alma de mi pueblo/ rebelde como el canto de mi raza.  Composiciones como La ley del embudo de Hernando Marín fueron en su tiempo auténticos himnos de protesta colectiva y La dama guajira, también de su autoría, recoge las tensiones históricas existentes entre una región milenaria como La Guajira y una joven república como lo es Colombia. Esta última representada como un caballo desbocado/ con un jinete malo sin quien lo detenga/ y ese jinete  viene enamorado/ y porque es india cree que esta de venta. Adicionalmente, podrían citarse decenas de ejemplos.

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Es indiscutible que el narcotráfico ha permeado diversos campos sociales en Colombia.  Lo hizo de manera vigorosa con el campo de la política, la justicia y la economía y algunas figuras de la música no fueron ajenos a ello.  Por eso mismo debemos ser cuidadosos al adoptar estereotipos simplificadores y maniqueos que empobrecen nuestra concepción de una expresión cultural caracterizada justamente por la riqueza de sus contenidos y una histórica complejidad.

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