Por Weildler Guerra Curvelo*.

Cada mes de enero, frente a las metas que nos proponemos para el nuevo año, recuerdo al rabino Judá León arrepentido de haber intentado crear un hombre mediante operaciones cabalísticas y haber obtenido solo un torpe simulacro que mal o bien barría su sinagoga en Praga. Borges nos narra en su poema El Golem esta historia y retrata las atribulaciones del rabino frente a las limitaciones de su creación “¿Cómo -se dijo- pude engendrar este penoso hijo y la inacción dejé, que es la cordura?”.

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El mundo requiere, sin embargo, de iniciativas individuales y colectivas entendidas como la capacidad de idear algo y dar ese primer paso para comenzarlo y llevarlo a cabo. Nicholas Negroponte, un experto en tecnologías emergentes y uno de los personajes que contribuyó al mejoramiento de Arpanet la antecesora de internet, piensa que hoy la humanidad requiere de grandes iniciativas societarias como la que planteó John F. Kennedy en los años sesentas de llevar un hombre a la luna. Hoy el abuso de la palabra emprendimiento se refiere con frecuencia a la proliferación de pequeños proyectos puntuales y desarticulados que no conducen a ninguna parte. De allí el desgaste incesante e irrefrenable de este concepto.

Mientras algunos dedican sus mejores ideas a dejar a las siguientes generaciones un mundo mejor existen otros seres interesados en destruir las iniciativas ajenas. A estos seres les llamamos en nuestra región “quita ideas”, Un auténtico quita ideas buscará impedir o desvirtuar la concreción de una iniciativa. Su actitud no solo pone en la mira a grandes y nobles propósitos, sino que afecta a las más simples decisiones cotidianas. Para situarnos en el ámbito de la cocina si usted anhela preparar y saborear un arroz de mero seco o de bacalao, pletórico de historia y de símbolos, un quita ideas hará todo para convencerle de que es más práctico y viable recurrir al atún en lata.

Los entes públicos suelen estar llenos de destructores de iniciativas. Estos son expertos en levantan alambradas administrativas para la obtención de licencias y establecen un listado extenso de prohibiciones y procedimientos que tienen un fulminante efecto disuasivo sobre la creatividad ciudadana. La autoevaluación que suelen hacer de su desempeño como servidores públicos se fundamenta en el número de proyectos que han impedido u obstaculizado. Ello destruye el sentido de la certeza, genera incertidumbre y mina las energías creativas en una sociedad.

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Las causas más altruistas y humanitarias suelen también ser el blanco de estos seres tóxicos. Ya lo había dicho sabiamente el director de cine Billy Wilder “ninguna buena acción queda sin castigo”. El sector privado no es inmune a los destructores de ideas. Un principio administrativo hoy en boga en los niveles de decisión del sector privado es el de que “cada iniciativa buena y original tendrá su correspondiente no”.

En estos primeros días del año todos tenemos el derecho de concebir nuestro propio Golem para que la vida no pierda su condición de aventura variante e impredecible y tengamos la posibilidad de adicionar al menos un elemento al vasto conjunto del universo.

*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

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