Por Weildler Guerra Curvelo*.

La tradición literaria española conserva los milenarios versos del gobernante Abd al-Raman quien al ver una palmera crecer bajo el apacible cielo de Andalucía sintió nostalgia de su Siria natal y se dirigió a esta diciéndole: tú también eres oh palma/ en este suelo extranjera/ llora, pues; más siendo muda/ ¿cómo has de llorar mis penas?  Confieso que cuando me encuentro en otras tierras siento un ramalazo de afecto al ver los espinosos cardos y al evocar el árbol del trupillo.

Este es llamado mezquite en México, cují en Venezuela y algarrobo en el Ecuador. El trupillo fue introducido en la India por la administración colonial británica como parte de una estrategia de reforestación y como fuente de combustible vegetal dado que es adaptable y resistente incluso en tierras pobres en nutrientes. Esta planta provee forraje para los animales y sirve como alimento para los humanos. El haber abandonado su consumo tradicional ha tenido un alto costo en la calidad de la nutrición de la población wayuu.

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Las sociedades y los individuos tienen, sin embargo, valoraciones divergentes acerca de las plantas. En la noción prevalente en el pensamiento occidental las plantas son consideradas como seres vivos, pero que, en comparación con humanos y animales, se encuentran situados en la periferia de los seres vivientes. Esto origina la llamada “ceguera vegetal” que percibe a la vegetación como un simple telón de fondo para la vida animal y humana. Más allá de su innegable valor utilitario otras sociedades consideran que las plantas son el gran referente de la humanidad actual para expresar sabiduría, vocación pacífica, orden social y capacidad de mediación entre seres que habitan un universo ocupado por múltiples entes dotados de pensamiento e intencionalidad.

El trupillo era para los wayuu en tiempos primordiales una persona que curaba las fracturas de huesos, por ello su corteza se sigue empleando para entablillar los brazos y piernas quebrados de los humanos.

En las sociedades amerindias las plantas pueden compartir con los humanos   la pertenencia a instituciones sociales. Así el trupillo, está asociado con el clan Uliana debido a que ambos, el árbol y los miembros de este clan wayuu, son numerosos en el territorio guajiro. Así los humanos que pertenecemos a este clan somos parientes cercanos de los trupillos.

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Cuenta una narración indígena que Aipia, el trupillo, reconvino suavemente a la lluvia en una ocasión por dejar caer el agua con violencia sobre las plantas más pequeñas lo que causó su enojo y rencor. Desde entonces cuando llega la masculina lluvia suele lanzarle rayos a los trupillos fulminando sus tallos y ramas.  A diferencia de animales y humanos, que se mueven de forma incesante, las plantas sabiamente permanecen en el lugar que les fue originalmente asignado sin invadir y disputar los territorios de otros seres vivientes. Ellas solo se unen para pedir el agua que las vivifica y despierta a la tierra de su transitorio desmayo causado por la sequía. La sabiduría de las plantas es aún más evidente cuando su vida declina pues el momento exacto de su muerte es impreciso y gradual.

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