Por Weildler Guerra Curvelo*.

La distinción natural es en gran parte algo que se trae al nacer y en parte producto del origen o la formación al lado de seres grandes y nobles que transmiten valores y actitudes, y pernean el carácter de algunos seres desde su infancia. Eso sentí desde niño cuando llegaba a nuestra casa Catalina Pushaina, la eterna compañera de nuestro tío Petsaai Uliana, una mujer querida y considerada entre mi madre y mis tías por su dulzura, suavidad y nobleza.

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Catalina era hija de grandes hombres del clan Uliana como el Meirana, su padre, y era sobrina del prestigioso jefe Pashuata Uliana quien combatió al gran José Dolores Apüshana a principios del siglo pasado cuando en una épica guerra indígena la Playa enfrentó a la Montaña.

Anoche falleció en nuestra patria wayuu de Manuuyaluu. Sin quejarse, sin resistirse y sin manifestar dolor alguno como solo lo hacen esos seres que se mueven en armonía con el universo, pueden leer las constelaciones y saber que ha llegado la hora de marchar hacia la vía láctea y tomar el ardoroso camino de los indios muertos. De la misma manera como vivió una vida ardua y prolongada ella se fue con una dignidad sin par.

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Su vida me hace recordar la obra “Nobleza de espíritu” del holandés Rob Riemen basada en el pensamiento de Thonas Mann.

Este escritor alemán pensaba que sólo la nobleza de espíritu puede corregir al alma humana al rechazar la mentira, el pragmatismo acomodaticio que socava la dignidad y la ética para apostar por la valentía y la verdad, aún a costa de nuestros intereses individuales. Es un ideal aristocrático y democrático a la vez, porque no se requiere de riqueza material ni talento especial para vivir la vida con nobleza de espíritu…

Su vida fue un ejemplo de nobleza de espíritu. Alguien cuyo nombre no recuerdo afirmó que “un corazón agradecido ama lo que recibe, un corazón sabio ama lo que da”.

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