*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

Por Amylkar D. Acosta M. – Exministro de Minas y Energía y Miembro de número de la ACCE.

Es digna de encomio y reconocimiento la dilatada trayectoria de la benemérita Institución educativa Colegio Divina Pastora (CODIPAS), una de las más antiguas del Departamento, con más de 100 años forjando y desarrollando el intelecto de quienes hemos tenido el privilegio de pasar por sus aulas, abrevar en sus fuentes nutricias del conocimiento y formarnos en sus principios tutelares irrenunciables.

Indudablemente la Divina Pastora constituye uno de los eslabones de la larga cadena de realizaciones de la comunidad religiosa de los Capuchinos, venidos desde el viejo continente y enraizados en La Guajira, en la que sus pioneros no sólo dejaron su impronta imperecedera sino que fue su voluntad encontrar en ella su última morada. Un lugar destacado entre ellos lo ocupa monseñor Livio Reginaldo Fischione, primer Obispo de la Diócesis de Riohacha.

Lea también:

Me cupo en suerte que transcurriera buena parte de mi primera juventud (1959 -1965) en el internado de CODIPAS, a la sazón regentado por el Padre, de origen italiano Tarsicio Dimeo. Me cuento entre los muchos estudiantes provenientes de otros municipios del Departamento y de los corregimientos de Riohacha, que no tuvimos otra opción ante la imposibilidad de contar con albergue en otro sitio distinto a ese en la ciudad.

Eran otros tiempos, todavía Riohacha era sólo el “centro” y la inmigración desde la zona rural era muy reducida, escasa. Es más, nuestra condición de pueblerino nos hizo blanco, no pocas veces, de lo que hoy llaman bullying o matoneo. A los ojos de algunos condiscípulos, citadinos y pedantes ellos, nosotros no éramos más que “mitios” y “jabaos”, que era como se nos llamaba peyorativamente. Claro que ese clavo nos lo sacaríamos años más tarde, cuando tuvimos, ellos y nosotros, que someternos a las mismas pruebas para ingresar a la universidad y mientras nosotros pasamos varios de esos pretenciosos fracasaron en su intento.

Eran proverbiales la templanza del profesor Lucho Sierra Cabrales, el temple del profesor Luis Alejandro López “Papayí”, la circunspección del profesor Conrado, la machera del Negro Sierra, la frescura del profesor Melo, el espíritu deportivo del profesor Pedraza, la disciplina del profesor Curiel, la intensidad del profesor Denzil, el sentido artístico del Maestro Jaime Maya “Cochise”, así como la dulzura de la señorita Ana Elisa Smith, la eterna Secretaria de la Rectoría y la paciencia de Job de la seño Martha, la ecónoma de siempre y la responsable de todo lo relativo a la gastronomía del internado. Para todos ellos nuestro agradecimiento infinito por cuanto hicieron por quienes estuvimos bajo su cuidado y esmerada atención y formación a esa temprana edad.

Los actos sabatinos, con izada de la bandera incluída, los centros literarios, con las pequeñas bibliotecas que organizábamos como eje, amén de las frecuentes y recurrentes celebraciones y conmemoraciones, eran la ocasión propicia para que saliera a relucir el orador en ciernes que desde el vientre de Ita, mi madre y la inspiración de Evaristo, mi padre, llevaba dentro de mí. Yo hacía las delicias de mis condiscípulos y de mis preceptores también con la prosa, cuando no era que le escribía (desde entonces data mis fascinación por el sublime don del arte de escribir) discursos por encargo a mis compañeros.

Cómo no recordar aquellos felices años, durante los cuales se despertó en mí la avidez y la delectación por la lectura que me han acompañado desde entonces, como si fuera mi sombra y que aún me cautiva hasta absorberme. Gracias a la Librería y papelería de Don Francisco Brito, así como a la amabilidad y diligencia de Llilla, su dependienta, me hice a mis primeros libros de autores tan reconocidos como el gran pensador español José Ortega y Gasset, con sus obras perdurables como La rebelión de las masas, España invertebrada y ¿Qué es la filosofía?, que me marcaron para siempre, sirviéndome de inspiración. Tanto que yo me precio de ser Orteguiano en filosofía, Keynesiano en economía y Churchilliano en política.

A mi paso por la Divina Pastora tuve una sola frustración, la de no haber podido ser bachiller de este augusto plantel por fuerza de las circunstancias, las mismas que me llevaron a recalar en Medellín, en donde además de mi diploma de bachiller obtuve también el de Economista. Me acordé de lo que me decía mi abuelo Babo que lo que sucede es lo que conviene, pues allí inicié mi larga carrera política como Concejal y mis 46 años cumplidos de docencia universitaria, mi mayor y mejor realización académica.

De la aldea, de mi pueblo Monguí a la gran ciudad, del atraso secular de nuestro terruño a la modernidad despampanante de la capital de la montaña, ese fue mi periplo. Este transito inesperado y sorpresivo cambió bruscamente el curso de mi vida para siempre. Pese a ello, me ufano y me enorgullezco de ser egresado de CODIPAS, de mi calidad de pastorino. Por ello guardo con celo mis mejores recuerdos y añoranzas de aquellos hermosos tiempos ligados a la bienhechora orientación religiosa de las directivas y del cuerpo docente de la Divina, siempre inspirada en la saga de Santo Domingo Sabio, su patrón de todas las horas.

www.amylkaracosta.net