Por Jannes Buelvas Herazo*
I. La carrera
Los rayos del sol atravesaban el ambiente de aquella tarde que horas antes se había convertido en un mundo gris cuya descarga, con todas sus fuerzas, anunció la torrencial lluvia a la que los pobladores del Coley estaban acostumbrados en esa época del año. Era una tarde en que las cosas adquieren mayor vida y más colorido. Parecía que la lluvia hubiese limpiado cada molécula de lo que había tocado. Se podía divisar la región con mayor claridad; incluso, regiones que solo existían en la imaginación de las personas que jamás dejaron de ser soñadoras.
–Rogelio, ¿para dónde vas? –expresó la directora de la escuela que apenas se podía ver en medio del alboroto que tenían los estudiantes por la finalización del año escolar.
–Voy para mi casa –dijo Rogelio, agitando en el aire su boletín de calificaciones.
Era de ojos grandes, brillantes, vivaces, llenos de energía y juventud. Había terminado su último año de primaria y se sentía satisfecho y feliz. Para un joven campesino de 14 años era su primer logro importante y, a pesar de su sencillez, siempre lo rodeaba un aura de grandeza. Había trabajado duro y era el mayor de 11 hermanos de una familia de campesinos humildes y trabajadores. Su padre, José Gracia, agricultor desde que su memoria recuerda, era una persona severa y estricta para quien la tierra lo era todo, la esencia de su existir, y así se lo había inculcado a cada uno de sus hijos con el propósito de que también tuvieran el mismo amor y respeto por ella; además, nunca andaba con rodeos y jamás ocultaba sus orígenes ni sus ideales. A la vez, era una persona responsable que siempre veló para que a su familia no le faltara nada. Su madre, Sabina, era una mujer tranquila y serena, pero de un carácter fuerte que hacía valer su opinión cuando creía que tenía la razón; en verdad, la tenía la mayoría de las veces. Rogelio también había aprendido a querer la tierra y sus manos reflejaban el trabajo que realizaba diariamente.
–Papá, papá, mire, le traigo el boletín de calificaciones de la escuela para que vea que me gané el año –dijo Rogelio con gran alegría.
Su padre, que había regresado de trabajar, estaba empapado en sudor. Con un gesto de aprobación tomó el cuadernillo y lo observó detenidamente.
–Muy bien mijo, muy bien –expresó–. Ahora habrá que pensar la manera de seguir estudiando, mira que el único colegio de bachillerato se encuentra en Corozal y, además, plata no hay. Somos muchos y lo que abunda es el trabajo en el monte.

Corozal era un pequeño pueblo de casas construidas en adobe con techos de palma amarga, la mayoría, y algunas pocas de cemento que eran de las familias más pudientes del pueblo. Sus calles llenas de peñascos sedimentarios daban la impresión de tener el mejor drenaje natural que ciudad alguna podía poseer, pues, luego de torrenciales aguaceros, quedaban solo con una ligera humedad que desaparecía rápidamente. En la plaza principal se erigía una hermosa iglesia de estilo colonial que contrastaba con la sencillez de las casas que había alrededor, excepto algunas construcciones de los ganaderos del pueblo. Allí en Corozal estaba el único colegio académico de bachillerato, Liceo Carmelo Percy, a cuyo internado era difícil ingresar. En el colegio se cursaba hasta noveno grado de bachillerato y de allí partían los estudiantes a otras ciudades del país para completar los últimos dos años de secundaria. O se quedaban en la región trabajando, ya sea montando su propio negocio o como maestros, si habían estudiado en la escuela Normal para Varones, otra institución educativa que preparaba maestros normalistas y trabajaban en escuelas rurales de las zonas aledañas.

A Rogelio le resonó en su cabeza las palabras que le dijo su padre. No se resignaba a la idea de suspender los estudios. Por su mente cruzaba a cada momento la idea de salir y conocer nuevos mundos, los cuales imaginaba cada vez que a lo lejos pasaba un avión. En una ocasión, caminaba lentamente por el sendero que llevaba a la carretera principal y alcanzó a divisar el terreno de don Argemiro Pérez, la mayor extensión de terreno fértil de toda la región. Argemiro era un hombre adinerado, ganadero de convicción y algodonero por vocación, ya que su padre le había enseñado los secretos de ese cultivo. Desde muy joven, don Argemiro estaba seguro de que ese sería el negocio con el que lograría hacer fortuna. Rogelio observó que una de sus huertas principales estaba invadida de hierba de engorde de ganado, y que sus trabajadores no daban abasto para recolectarla; así, se acercó a la puerta de la finca, saludó a los peones que encontró a su paso y preguntó:
–Buenas tardes, ¿será que don Argemiro está?
–El patrón está por el lado de los potreros, allí lo encuentras –le respondieron.
Caminó detrás de la casa y avistó su figura desproporcionada. Era un hombre alto y obeso, con ropa de trabajo y abarcas que jamás se quitó, sin importar la fecha especial que fuera. Hablaba fuerte y sus carcajadas se podían escuchar a muchos metros a la redonda; siempre, con un tabaco artesanal en su boca con el que producía bocanadas de humo.
–Buenas tardes don Argemiro, ¿cómo ha estado?
–Vaya, vaya, pero miren quién está aquí, el hijo de José Gracia; ven acá, muchacho, ¿qué te trae por aquí? ¿Algún problema en la casa?
–No, don Argemiro, en casa estamos bien. Sólo paso a saludarlo y a preguntarle si usted piensa limpiar la huerta que está en la entrada de su finca
–Sí, claro, esa huerta se va a limpiar, pero ahora tengo casi todos los trabajadores con la cosecha de algodón y eso puede esperar.
–Le preguntaba porque, si usted quiere, yo le puedo limpiar toda la huerta en esta semana –contestó Rogelio.
–Ja, no me hagas reír, muchacho; ¿no te das cuenta que es más de una hectárea de hierba de engorde y que se necesitarían, mínimo, tres trabajadores para hacer ese trabajo? –exclamó don Argemiro soltando una bocanada de humo.
–Le prometo que yo le hago ese trabajo en una semana.
–Si haces el trabajo, así como me lo estás diciendo, te daré 30 pesos, pero si demoras más de una semana solo te daré 15 y sin derecho a discutir.
A Rogelio se le querían salir los ojos de sus órbitas, pues nunca había oído hablar de tanto dinero. Haciendo un esfuerzo para disimular solo respondió:
–Trato hecho.
Rogelio sabía que con ese dinero podía hacer muchas cosas, pero organizó sus ideas y comenzó a pensar. Se le ocurrió que, si tenía un medio de transporte entre el Coley y Corozal, y si ingresaba al Liceo Carmelo Percy, no habría problemas con su padre para continuar los estudios. Entonces, pensó en adquirir una bicicleta para que las distancias se acortaran y poder asistir a las dos jornadas académicas del bachillerato, las cuales consistían en clases mañana y tarde. De esa manera podría tener movilidad permanente, aunque la distancia no era tan corta: aproximadamente ocho kilómetros. Ese camino lo conocía bastante bien, pues siempre acompañó a su padre al mercado de Corozal para vender las hortalizas que sembraban. Recordaba que desde que tenía ocho años iba solo en las madrugadas, en burro, a veces somnoliento. Se colocaba un saco de fique en la cabeza cubriéndose por completo y protegiéndose del frío. El burro sabía el camino de memoria y llegaba sin ayuda alguna al mercado. Como si tuviese piloto automático.
Rogelio se levantó muy temprano, más que de costumbre, se tomó un tinto con un pedazo de yuca asada con crema de ajonjolí para tener energía suficiente y enfrentar lo que le esperaba. En su casa dijo que toda la semana tendría que ir a Corozal a realizar los trámites para ver si podía ingresar al Liceo. El dinero era escaso y sabía muy bien que si sus padres se enteraban de que estaba trabajando y de la cantidad que ganaría, no vacilarían en tomar ese dinero para los gastos de la casa. Entonces salió, tomó la ropa de trabajo que la noche anterior había escondido en los arbustos cerca de su casa y se dirigió a la finca de Don Argemiro, quien ya estaba levantado, siempre con su tabaco haciendo sus acostumbradas bocanadas de humo.
–Llegaste temprano, Rogelio, –exclamó con una amplia sonrisa–. Por lo menos iniciaste bien.
–Buenos días, Don Argemiro. Aquí vengo dispuesto a trabajar.
–Ya desayunaste?
–Algo comí en casa –replicó Rogelio, haciendo un ademán de resignación.
–Pasa a la cocina y que te sirvan algo, pero eso sí, no te vayas a llenar porque apenas termines espero que comiences el trabajo.
Don Argemiro dio media vuelta e ingresó a la casa nuevamente dejando en el ambiente un aroma de colonia de Agua de Florida y se perdió en la penumbra de su cuarto. Rogelio aprovechó y desayunó bien con huevos, tajadas de plátano verde, queso y una taza de café con leche. Todo un banquete para empezar el día.
El sol comenzaba a calentar, por lo que Rogelio se puso su sombrero de paja, agarró el machete y comenzó a trabajar. El trabajo era pesado, pero ya estaba acostumbrado a esas labores, pues su padre lo había entrenado desde muy temprana edad. Era muy hábil en el uso del machete y, a pesar de su corta edad, poseía puños y brazos de acero por el trabajo continuo en el campo. En su primer día avanzó bastante.
–Caramba, Rogelio, me parece que te vas a ganar esa plata antes de tiempo –dijo Don Argemiro cuando observó el trabajo hecho.
–Eso espero, Don Argemiro. Si Dios quiere esto se lo termino antes de cinco días.
Los días fueron pasando y no fueron pocos los momentos en que Rogelio se sentía cansado, pero a su pensamiento venía la imagen de la bicicleta que tanto quería y se veía montándola, acompañado de la muchedumbre de niños de la región suplicándole que los llevase a pasear. Hacia el mediodía del quinto día había terminado su trabajo, lucía extenuado y sus manos, aunque acostumbradas a esta labor, mostraban las huellas del duro esfuerzo.
–Bien muchacho, muy bien, has hecho un buen trabajo –exclamó Don Argemiro, quien miraba con asombro la labor terminada.
–Te ganaste ese dinero, bien ganado; ni mis peones lo hubieran hecho mejor. Tu padre debe estar muy orgulloso de ti. Vamos a la casa para entregarte la plata.
Rogelio no podía ocultar la expresión de satisfacción y a la vez de asombro, pues nunca había tenido tanto dinero entre sus manos. Se sentía el hombre más rico del mundo.
–Cuida muy bien esa plata, muchacho. Inviértelo en algo que sirva, no lo vayas a malgastar.
–Pierda cuidado, Don Argemiro, que ya tengo pensado lo que voy a hacer con ella –dijo Rogelio.
–Y ¿qué es lo que tienes pensado hacer, si se puede saber?
–Ya lo verá muy pronto, Don Argemiro, ya lo verá
–De todas formas, cuídese mucho, mijo, y que te vaya muy bien –remató Don Argemiro, extendiéndole la mano.
Rogelio se metió el dinero en los bolsillos y observó que era temprano. Entonces se dirigió hasta Corozal para observar la bicicleta que iría a comprar. Fue directamente al taller de bicicletas de don Pachito Martelo, a quien encontró sentado en el mismo taburete, haciendo la siesta. Estaba dormido con la boca abierta en la que se veían los pocos dientes que le quedaban. Vestía un overol sucio de grasa mezclado con sudor. Su taller lucía desordenado con piezas aquí y allá. Más que taller, parecía un depósito de cosas inservibles.
–Buenas tardes, don Pachito –dijo Rogelio.
Pachito no escuchó el llamado. Rogelio se dispuso a despertarlo sujetándolo del brazo.
–Buenas tardes, don Pachito –volvió a decir Rogelio, esta vez, sacudiéndolo del brazo.
Pacho se levantó con un gran sobresalto y dijo, de mal humor:
–Carajo, qué es lo que pasa; qué quieres, ‘pelao’; para qué me despiertas.
–Mire, don Pachito, vengo aquí para preguntarle si usted tiene una bicicleta que esté a la venta.
Pacho se quedó observando a Rogelio con cierta incredulidad y le preguntó:
–¿Y para quién es la bicicleta?
–Es para mí –respondió Rogelio.
–¿Y con qué plata vas a pagarla?
-Usted muéstremela si la tiene, por la plata no se preocupe –contestó.
Don Pacho entró a su taller y de un pequeño cuarto sacó una bicicleta que no era nueva, pero estaba en buen estado. Era una bicicleta NSU, alemana, grande, negra, muy pesada, sillín con resortes, una amplia parrilla atrás y manubrios tipo “cacho de vaca”, como decía la gente de la región. Tenía una linterna frontal cuyo encendido se producía con un pequeño dínamo que se activaba al girar la llanta delantera, y un timbre campana manual hacia el lado izquierdo del manubrio que hacía su ruido característico para anunciarse o para poner en alerta a algún transeúnte o animal desprevenido en la ruta.
Rogelio la observó minuciosamente y preguntó:
–Cuánto cuesta?
–Treinta pesos –contestó don Pacho, sin vacilar.
–Le doy veinticinco pesos de contado –respondió Rogelio.
–¿Y cuándo me la vas a pagar?
–Ahora mismo, si hacemos el negocio –exclamó.
Don Pacho no pudo disimular el asombro de ver como aquel muchacho sacaba el dinero y se lo colocaba sobre su mesón de trabajo.
-Muy bien, muchacho; llévatela, es tuya.
Rogelio se trepó enseguida y de inmediato recordó lo aprendido en una tarde en la cual un compañero de escuela llevó una bicicleta y le enseñó cómo manejarla. Aunque no la conducía bien en un principio, pudo mantener el equilibrio y, lentamente, ubicó la salida a la carretera y se dirigió a su casa. Por el camino iba pensando la forma de contarle a sus padres la manera como la había obtenido. Inicialmente pensó esconderla, pero el temor a que se la robaran y a perder el esfuerzo que había hecho para conseguirla lo impulsó a enfrentarlos. Su padre lo alcanzó a divisar a lo lejos y colocando sus manos en la cintura lo esperó a que llegara.
–Rogelio, ¿qué haces con esa bicicleta, de quién es? –indagó su padre en tono acusador.
–Papá, esta bicicleta me la prestaron.
–Cómo así que te la prestaron; a mí no me vengas con cuentos. Te pasaste toda la semana entrando y saliendo, supuestamente haciendo averiguaciones para estudiar y te apareces aquí con ese aparato que no es tuyo… Y se nota que es costosa.
–Mire papá, le diré la verdad: yo estuve haciendo algunas averiguaciones, pero la mayor parte de tiempo trabajé en la finca de Don Argemiro, le hice un trabajo para poder comprarme la bicicleta y tener con qué trasladarme a Corozal a estudiar.
–Pero entonces por qué carajos no me dijo la verdad. Usted no tiene edad para estar tomando esas decisiones, ni estar haciendo negocios. A mí me respeta –refunfuñó su padre alzando la voz.
Rogelio bajó la cabeza y no dijo una palabra más.
–Me hace el favor, agarra ese aparato y lo guarda. Se me va a acostar enseguida.
Rogelio dejó la bicicleta a un costado de la sala y se dirigió al cuarto que compartía con sus hermanos. Su padre se quedó observando fijamente la bicicleta. En su cabeza no cabía la idea de que Rogelio había podido comprarla, pero en su interior le gustaba y le llamaba la atención. Miró a su alrededor y al darse cuenta que nadie lo observaba, se montó y se dispuso a manejarla con tan mala suerte que se tropezó con el estante donde estaban los platos de peltre, formando un estruendo que espantó las gallinas que aún estaban dando vueltas por el patio, y asustó a sus hijos que salieron a ver qué pasaba. Rogelio le preguntó:
–¿Papá, se lastimó?
–Carajo –gritó su papá–. Le dije que guardara bien ese aparato, que no lo quería ver por ahí.
Rogelio levantó la bicicleta y la llevó al cuarto. Sabina, su madre, quien también se había asomado para ver qué había ocurrido, sólo miró de reojo a José Gracia y le dijo:
–Levántate y reorganiza lo que hiciste porque nadie te mandó a que te montaras en esa bicicleta y, además, ya no eres ningún muchachito para andar en esas.
Los días fueron pasando y pronto llegó el momento del examen de admisión para ingresar al Liceo. Los cupos eran pocos y la mayoría de las veces quedaban en manos de los hijos de las personas con mayores recursos económicos de la región; pero, Rogelio se preparó bien y se preocupó en presentar un buen examen. La idea de ingresar al Liceo ya se había convertido en una obsesión y a su corta edad sabía que estaba en juego su futuro. Hizo la evaluación con seguridad y entregó el examen. Había contestado todas las preguntas.
Una semana después, el día de la publicación de los resultados, Rogelio se levantó muy temprano. Durmió poco, se bañó y aún sin desayunar tomó su bicicleta y partió raudo hacia Corozal. Al llegar al Liceo observó mucha gente y se quedó un poco atrás, mientras se iba despejando. El rector, el profesor Espinosa, hombre maduro, recto y severo con sus estudiantes, estaba en la puerta viendo a la gente. Observó a Rogelio que estaba vestido con ropa de trabajo y sombrero de paja para cubrirse del sol y le dijo:
–Mira tú, muchacho, ¿qué haces aquí? ¿Tú no ves que este es un colegio para futuros doctores?
–Buenos días, profesor. Puede que sea para doctores, pero yo estoy ahí de segundo en la lista de admitidos –contestó Rogelio, señalando a distancia con el dedo.
El profesor Espinosa no le contestó, bajó sus anteojos a su nariz, lo miró fijamente, se dio media vuelta e ingresó al colegio. Rogelio estaba feliz, dichoso, pero lo que no sabía era que, por su inexperiencia, al inscribirse no adjuntó la solicitud para obtener, no solo el cupo de estudiante, sino la posibilidad de vivir en el colegio como interno. Se dio cuenta cuando observó una lista aparte donde estaban los nuevos internos que vivirían y estudiarían en el colegio con alimentación incluida. Lo que llamaban el grupo élite del colegio. Eso lo preocupó por un instante, pero lo consoló la idea de que había logrado pasar a su primer año de secundaria en el mejor colegio de la región: el colegio donde se formaban para ser “doctores”. Tomó su bicicleta y se sentó en la acera de enfrente. Mientras rascaba su cabeza pensó en lo que haría para estudiar y tomar alimentación, pues el descanso del medio día no le daba suficiente tiempo para ir al Coley, almorzar y regresar nuevamente al Liceo. Al llegar a su casa, se encontró con su papá y le dijo:
–Papá le tengo dos noticias: una buena y otra no tan buena.
José Gracia se quedó observándolo y, con ojos inquisidores, le expresó:
–Déjese de pendejadas y dígame de una vez qué fue lo que pasó.
–Vea papá, la buena noticia fue que pasé en el Liceo, pero la no tan buena es que no me anoté para quedar interno y no sé cómo haré para tomar el almuerzo porque no me da tiempo para venir a la casa.
José Gracia se quedó pensando y contestó:
–La única solución que se me ocurre es que tomes el almuerzo donde mi prima Alcira en Corozal, tocará pagarle o llevarle algunos productos para no complicarla.
Rogelio hizo una expresión de desagrado que no pudo disimular. Alcira era una mujer entrada en años que había enviudado muy joven y no tuvo hijos. Era dueña de una pequeña tienda y tenía fama de ser una de las mujeres más chismosas de la región; además, con un reconocido mal humor.
José Gracia exclamó:
–No hay otra, si es que quieres estudiar, sino, pues, te tocará trabajar aquí conmigo, porque trabajo es lo que hay, y de sobra.
–Tranquilo Papá –señaló Rogelio–. No hay problema.
Las clases se iniciaron en el mes de febrero y Rogelio comenzó con mucho entusiasmo. Todos los días iba y venía. Almorzaba siempre bajo la mirada implacable de su pariente Alcira, que lo corregía a cada momento: que los cubiertos no se agarran de esa manera, que se sentara con la espalda recta, que no colocara los codos en la mesa, que no hiciera ruidos al masticar, en fin, una especie de tortura. En ese proceso transcurrió el año en el cual Rogelio demostró ser buen estudiante y, sobre todo, un talentoso ciclista que expresaba su habilidad en el manejo de la bicicleta.
Al aproximarse la culminación del año escolar a Rogelio le asaltó una gran preocupación, pues su padre le comentó que no había forma de seguir pagando su almuerzo diario y lo más probable era que debía regresar a trabajar al campo con él. En realidad, la situación económica se hizo más difícil. En esas estaba, sentado en el patio del Liceo, cuando escuchó una gran algarabía y observó que todos sus compañeros de curso se acercaban hasta rodearlo. Uno de ellos, Agustín, el más locuaz, le dijo:
–Rogelio, te tenemos una misión y no nos puedes fallar.
Rogelio, sorprendido, se fijó en los ojos de su amigo y le preguntó:
–¿Y cuál es esa famosa misión?
–Se ha organizado una carrera de ciclismo de carácter departamental y al Liceo le ha llegado la invitación. Nos pusimos a pensar quién podría representarnos y no lo pensamos dos veces: tú fuiste el elegido –agregó Agustín.
Rogelio se quedó un poco incrédulo y sorprendido a la vez, y les preguntó:
–Por qué a mí, si aquí hay otros compañeros muy buenos manejando bicicleta.
Agustín pasándole el brazo por los hombros y con un gesto de sobrador y de confianza le dijo:
–Mira, Rogelio, es muy simple: la carrera es una contrarreloj ida y vuelta de Corozal a Ovejas y tú, más que nadie, conoce ese terreno como la palma de tu mano.
Ovejas es una población ubicada a 25 kilómetros de Corozal, y el Coley es un punto intermedio. Por lo menos, la mitad de la ruta era conocida por Rogelio, quien seguía pensando mientras sus compañeros le gritaban: “Ánimo, Rogelio, nosotros sabemos que tú eres el hombre indicado y nadie te ve una, así que no nos puedes defraudar”.
Rogelio, mirándolos a todos, exclamó:
–Está bien. Pero primero hay que hablar con mi papá, ustedes saben que él es una persona que a veces no entiende de estas cosas. Si todos van, comprenderá que lo haré por el Liceo, y así será más fácil conseguir el permiso.
Todos gritaron: “¡Listo, vamos a hablar con tu papá para que vea que esto es muy importante!”.
Acordaron que irían esa misma tarde a su casa. Rogelio los esperaba con cierto nerviosismo, tanto que no podía ocultarlo ante su padre.
–Rogelio, qué te pasa, has dado más vueltas hoy que gallo en gallinero, ¿hay algún problema? –preguntó José Gracia.
–Ninguno papá –repuso Rogelio–. Sólo estoy preocupado por los exámenes finales, cómo continuar con los estudios, nada más.
De repente se observó a lo lejos a los compañeros de Rogelio que se acercaban a su casa con gran algarabía.
–Buenas tardes, –exclamó Agustín, cabeza del grupo.
–Buenas tardes –dijo José Gracia, quien dejó el azadón a un lado, y miró con recelo–. ¿Qué los trae por acá?
–Mire, Don José, estamos aquí en solicitud de un permiso para que Rogelio represente al Liceo en una carrera de ciclismo contrarreloj Corozal–Ovejas, ida y vuelta, ya que sabemos que Rogelio es el mejor y podría ganar.
José Gracia escuchó atentamente y, limpiándose la frente con las mangas de la camisa, dijo:
–Yo lo dejo participar en esa contrarrel…
–Contrarreloj, –repuso Agustín.
–Contra lo que sea –dijo José Gracia–. Pero, eso sí, como llegue a romper esa bicicleta o se la roben, ¿quién responde?
Era extraño ver a José Gracia poner condiciones con la bicicleta, pero lo hacía, porque había aprendido a manejarla bien y se podría decir que se había convertido en su transporte favorito. Agustín le dijo que no se preocupara, pues él prestaría la suya para que la de Rogelio no se fuera a estropear.
–Bueno; siendo así, no veo ningún problema –expresó Gracia.
Todos gritaron y salieron vitoreando el nombre de Rogelio.
Los días fueron pasando y se aproximaba el día de la carrera. Rogelio comenzó a entrenar solo y poco a poco se fue entusiasmando con la idea de participar en la competencia, sobre todo porque vendrían los mejores ciclistas de la región. Algunos habían competido en carreras nacionales. Al llegar el día de la competencia, José Gracia le dijo:
–Bueno, mijo, que le vaya muy bien y cuídese. Yo lo voy a esperar cuando pase por el Coley y le voy a tener preparada una bebida para que se refresque en lo que queda del camino.
–Tranquilo, papá, ya verá que me irá bien y pasaré primero por el Coley.
Cuando Rogelio llegó a Corozal y entró a la plaza principal se asustó un poco porque todo era ambiente festivo, con adornos y guirnaldas coloridas por todas partes; además, porque hacía mucho tiempo no veía tanta gente reunida; incluso, más que en la procesión de las fiestas de la Virgen de la Inmaculada Concepción, patrona del pueblo. En el fondo de la plaza se observaba una gran tarima con parlantes, un locutor animando a los 60 participantes, y una pancarta en la calle principal frente a la iglesia que decía Salida, por un lado, y Meta, en la parte de atrás.
Rogelio se vio inmerso en esa cantidad de personas. A lo lejos divisó a Agustín y a varios de sus compañeros que se acercaron y lo animaron diciéndole que iba a ganar. Le entregaron el número 56 y le ayudaron a colocárselo en la espalda.
–Ya te traigo mi bicicleta –le dijo Agustín, quien desapareció entre la multitud.
Apareció luego con una bicicleta casi nueva, muy parecida a la de Rogelio, pero sin la parrilla en la parte de atrás. “Ánimo, que ya pronto va a empezar la competencia”, le gritaron en medio del ruido ensordecedor del parlante y la voz del animador que hacía propaganda de los patrocinadores. Nadie le había explicado a Rogelio qué era una competencia contrarreloj en el ciclismo. Él estaba impaciente en la línea de partida y veía cómo iban saliendo uno a uno los corredores con diferencia de 5 minutos cada uno. El desespero y la impaciencia lo estaban atormentando y preguntaba a sus amigos qué estaba pasando, pero ellos solo le decían: “Tú, dale duro y no pares hasta el final”.
De 62 competidores, él partía de 61, así que cuando llegó su turno cerró los ojos e inició un pedaleo con todas sus fuerzas. Iba tan rápido que sobrepasaba corredores que habían salido mucho tiempo antes. Cuando pasó por el Coley divisó a su padre, pero no quiso parar. A lo lejos escuchó el grito de José Gracia: “¡Pedazo de flojo… vas con los últimos!”. Si Rogelio no sabía lo que era una contrarreloj, mucho menos su padre, quien se había acercado a la orilla de la polvorienta carretera con un frasco lleno de jugo de naranja, el cual bebió al ver que Rogelio no pasaba. Rogelio iba tan rápido que cuando llegó a Ovejas, luego de una subida peligrosa, dio la vuelta al parque principal y siguió sobrepasando corredores en su regreso.
Cuando pasó por el Coley nuevamente, detrás de Rogelio venía una camioneta Chevrolet que lo acompañaba con comitiva de estudiantes del Liceo que le seguían avivando: “¡Dale duro, Rogelio, que vas ganando!”. Al divisar a José Gracia le gritaron: “¡Venga viejo, que Rogelio va ganando!”, al tiempo que lo subieron detrás de la camioneta. Entonces salieron a toda marcha detrás de Rogelio, quien lucía cansado, pero decidido a todo. Cerca de la meta estuvo a punto de sobrepasar al primer corredor que había salido en la contrarreloj. El tiempo de Rogelio fue asombroso y, obviamente, ganó el primer lugar. Sus compañeros lo cargaron mientras gritaban:
–¡Viva el Liceo Carmelo Percy!
–¡Que viva!, –coreaban todos.
–¡Viva Rogelio! ¡Que viva!, –respondían todos.
Lo llevaron hasta el Liceo y siguieron celebrando. Le dijeron a José Gracia: “Rogelio se queda esta noche para la ceremonia de premiación que será en el cine Imperial de Corozal”.
José Gracia preguntó:
–¿Y dónde se va a quedar a dormir?
–Esta noche se queda en el Liceo con nosotros, en el cuarto de internos, –dijo Agustín, exaltado.
José Gracia, contento, accedió a que se quedara esa noche en el internado del Liceo. A Rogelio se le permitió bañarse y cambiarse de ropa. Él veía esa gran habitación con camas a lado y lado, en fila, donde se quedaban los internos; luego pasó al comedor. Mientras comía, pensaba que esa era la solución para continuar sus estudios: si lograba pasar como estudiante del internado no tendría que ir y venir del Coley sino que tendría alimentación y un techo para dormir y estudiar.
Hacia las 6 de la tarde se dirigieron hasta la plaza central de Corozal, donde estaba la tarima de premiación. Había mucho público y ventas ambulantes por doquier. En el ambiente se respiraba aromas de algodón de azúcar, chorizos asados, mazorcas y fritos recién hechos. Luego de los discursos del alcalde y de algunos patrocinadores, se prosiguió a la premiación. Pero ocurrió algo que no se había visto antes en el pueblo: la primera protesta estudiantil. Sucedió que el participante que quedó en segundo puesto era el ciclista que representaba a uno de los patrocinadores principales del evento y cuyo trofeo era una copa más grande que la de Rogelio, ganador de la carrera. Enseguida saltaron los estudiantes a la tarima y uno de ellos, de noveno grado, tomó el micrófono y comenzó a hablar de injusticia y de abuso, le quitó el trofeo a Rogelio y lo estrelló contra el piso, haciéndolo pedazos. Rogelio estaba sorprendido, pero también con un nudo en la garganta porque le había prometido el trofeo a su padre. Todavía con el micrófono en la mano, el estudiante dijo:
–No te preocupes, Rogelio; mañana te hacemos una colecta en el Liceo y ese será tu premio como reconocimiento a tu esfuerzo y por ser el ganador.
Y se despidió pateando uno de los parlantes que estaba a un lado de la tarima. Todos los estudiantes tomaron a Rogelio en hombros y gritaban:
“¡Arriba el Liceo Carmelo Percy, abajo la alcaldía y los organizadores tramposos!”.
Así, hasta llegar al Liceo donde Rogelio se acostó en una de las camas de la habitación de los internos. Quedó rendido. Al día siguiente, luego de un baño, le brindaron desayuno en el comedor y le dijeron que esperara en la habitación. Hacia las 10 de la mañana se asomó Agustín y le dijo:
–Te hicimos una colecta y te recogimos 50 pesos.
Rogelio no se lo creía, pero estaba feliz. Le estrechó la mano a Agustín y contestó:
–Gracias, amigo. Les agradezco de verdad por todo lo que hicieron.
–No, gracias a ti, dejaste al Liceo en una alta posición y le callamos la boca a más de uno que no confiaba en tus capacidades.
Rogelio se fue directo a la plaza de Corozal y llegó al almacén del “Turco” Chadid, quien vendía los mejores linos de la región. Se gastó 45 pesos en cuatro cortes para hacer el mismo número de pantalones de lino puro. Los dejó pagos para reclamarlos a la siguiente semana. Cuando llegó nuevamente a su casa, José Gracia, que estaba almorzando, le pregunto:
–¿Cómo te terminó de ir? ¿No iban a darte un trofeo?
–No, papá, –respondió Rogelio–. Me van a regalar unos pantalones que me entregan en una semana.
–Bueno, mejor –dijo Gracia–. Porque ese trofeo terminará archivado en algún rincón de la casa, pero los pantalones te van a servir y le pueden servir a tus hermanos cuando ya no te queden.
Una semana después estaban abiertas las inscripciones para realizar exámenes nuevamente para ingreso al Liceo y a los que aspiraban a ser alumnos del Internado. Rogelio estaba temeroso y se detuvo en la entrada de la rectoría, donde el profesor Carlos Espinosa analizaba a cada uno de los aspirantes a Internos. Cuando vio a Rogelio en la entrada de la rectoría le dijo:
–Ah, pero, ¿qué dice el campeón?
Lo observó con los anteojos redondos posados en la punta de la nariz. El profesor Espinosa no sonreía muy a menudo, pero no podía ocultar su satisfacción al ver a Rogelio, que había puesto en boca de todos, el nombre del Liceo.
–Señor Rector, buenos días, vengo a inscribirme para concursar por un cupo al Internado.
–Como no –le dijo el Rector Espinosa–. Tus calificaciones son excelentes y no creo que tengas problema alguno para ganarte uno de esos cupos.
Rogelio asintió con la cabeza, firmó la solicitud y se fue a su casa. Siguió estudiando y a la semana presentó el examen sin ninguna dificultad. Dos días más tarde aparecieron las listas. Con nerviosismo se acercó a verlas y comprobó que estaba en el primer puesto. Rogelio consiguió lo que más quería: ingresar al internado donde podría estudiar hasta noveno grado. Los que aprobaban continuarían sus dos últimos años de estudios para terminar su bachillerato y prepararse para ser “doctores” en el Liceo Bolívar, en Cartagena de Indias.
II. El internado
Entrado febrero, cuando llegan las brisas frescas que acompañan el verano en esta región, se hacían las fiestas al santo patrono del municipio de Morroa, San Blas, el día tres. Esta población dista un par de kilómetros de Corozal. Está tan cerca que los habitantes de Corozal dicen que Morroa es un barrio de Corozal, lo cual desata la furia de los habitantes de esa localidad cada vez que escuchan el comentario. Morroa es un municipio pequeño, con muchos artesanos que aprendieron el arte de los hilos. Es famoso por hacer una de las mejoras hamacas de Colombia.
Las fiestas se caracterizan por atraer gente de todas partes de la Costa Atlántica que buscan alivio para los males de la garganta por medio de la invocación al santo obispo mártir San Blas. Rogelio no faltaba a dichas fiestas, pues la familia iba al pueblo a distraerse, asistía a la misa solemne, a la procesión y a la quema del castillo, una especie de andamio hecho de madera de caña brava con mucha pólvora que al final estalla y deja caer un velo con la imagen del santo patrono, mientras los habitantes y visitantes gritan jubilosos. En Morroa había parientes de sus padres que aprovechaban la ocasión para saludarlos y ponerse al día con las ultimas noticias familiares.
Dos días después, Rogelio hacía su ingreso al Internado del Colegio Carmelo Percy. El área estaba al lado de los salones de clase, constaba de una sola habitación con 20 camas de spring sin colchón, techo de láminas de zinc con paredes de bloques de cemento y calados en la parte superior que servían de ventilación.
Le dijeron a Rogelio que dejara sus cosas organizadas en uno de los escaparates, donde también guardaban sus cosas algunos de sus compañeros. En el internado hizo sus primeros amigos: el “Ñole” Otero de San Marcos, algo introvertido, pero de buen humor; Marcos Barreto, de San Marcos, de buena familia, siempre con ropa de marca, inteligente pero muy desordenado; los hermanos Jairo y Juan Ramon Mercado, buenos estudiantes y amantes de la escritura, sobre todo, Juan Ramón que, además de buen narrador de historias, era un gran ciclista. El único que daba la talla para competir. También tuvo una gran amistad con Julio César Mogollón, perteneciente a una de las familias más adineradas de Corozal, buen amigo que lo apreciaba mucho, pues admiraba su capacidad de superación. Era buen estudiante y su rival en los estudios.
Rogelio estaba feliz porque ya no tendría que hacer el esfuerzo de ir y venir en bicicleta dos veces al día del Coley a Corozal, sino que se quedaría a dormir y, de paso, recibiría alimentación diaria con las tres comidas del día y, en algunas ocasiones, merienda. Las clases eran intensas: empezaban a las siete de la mañana, luego de que los internos, después de levantarse con el sonido de la campana que marcaba los tiempos, tomaban el baño, desayuno y posteriormente se dirigían a los salones de clase. Daban todas las materias y a las diez de la mañana se hacía un recreo en el patio del colegio sembrado con árboles que suministraban abundantes frutas que servían de merienda; después del almuerzo había espacio para una pequeña siesta que aliviaba el sopor del calor del mediodía en la habitación de los internos. La campana sonaba nuevamente, y a las dos de la tarde se reanudaban las clases, hasta las cuatro. Luego pasaban al comedor que servía de sitio de estudio para las tareas.
Los fines de semana los internos se anotaban en una famosa lista en la que quedaban escritos los permisos para poder visitar a los familiares en sus casas, o para ir los sábados en la noche al cine Imperial y ver las películas mexicanas del momento protagonizadas por Cantinflas, Jorge Negrete, Pedro infante o Libertad Lamarque, los actores más famosos de la época de oro del cine de aquel país. Rogelio, casi siempre, se quedaba en el Liceo para estudiar y aprovechar la alimentación. Salía los sábados en la tarde al parque de Corozal con algunos amigos y pocas veces iba a cine porque las entradas no eran tan baratas.
Los años fueron pasando y Rogelio crecía. Estaba más preparado académicamente. Cuando menos lo pensaba se encontraba ya al final del noveno grado, momento en el que había que tomar la decisión más importante: terminar los dos últimos años del bachillerato en el Liceo Bolívar en la ciudad de Cartagena.
En noviembre, la mayoría de los internos se acercó a la Secretaría de Salud para realizar los trámites de la beca y continuar los estudios. No todos lo hacían, porque algunos decidían trabajar, pues en esa época un estudiante de bachillerato que llegaba a noveno grado se le consideraba trabajador calificado: sabía leer, escribir, conocía las matemáticas, la contabilidad, y se podía desempeñar en cualquier oficio.
Una vez, José Gracia le preguntó:
–Rogelio, ¿y tú si quieres irte a estudiar a Cartagena? ¿Si te acostumbrarás a vivir en esa ciudad? Porque ya eres casi un hombre y me ayudarías mucho en las labores de la finca, a comercializar mejor los productos que sembramos.
Rogelio le respondió:
–Papá, yo lo que quiero es ayudarlos a todos y sé que si me preparo profesionalmente lo podré hacer, ayudarlo a usted, a mi mamá y a mis hermanos menores.
José Gracia se quedó observándolo y vio a un hijo más maduro y decidido. Le dijo:
–Bueno, mijo, siga adelante entonces. Acá nos las arreglamos.
Una vez terminado los trámites en la Secretaría de Educación departamental, se dejó claro que debían estar en Cartagena para el 20 de enero, fecha en la que entregarían la documentación. Era la etapa previa para empezar los estudios. A principios de enero, 15 internos entre ellos, Rogelio, se reunieron y se pusieron de acuerdo en viajar juntos en el bus de las diez de la mañana. Los buses para Cartagena, que distaba de Corozal 150 kilómetros, salían desde Sincelejo y Montería, y tomaban la ruta por Corozal. La carretera era destapada, con mucho polvo en época de verano, y barro en época de lluvias. El trayecto lo hacían en cinco horas, sobre todo, porque al llegar a Gambote, a orillas del Canal del Dique, debían tomar un Ferry que los pasara al otro lado del camino una vez hubiera suficientes vehículos para llenarlo. Ese era el negocio. Los buses a Cartagena que transportaban pasajeros eran tres con horarios de 8 y 10 de la mañana, y 2 de la tarde.
Rogelio estaba tan emocionado y asustado que la noche anterior no durmió nada. Se acostó tarde arreglando la maleta: un baúl pesado de madera al que llamaban “El macabro”, por lo voluminoso que era. Tales baúles eran los preferidos para viajar, pues cabía de todo y se podía llevar sin problemas lo que se necesitaba: ropa, calzado, libros y ¡hasta comida! Lo que Rogelio no sabía era que los compañeros que vivían en Corozal acordaron viajar más temprano, en el bus que pasaba a las ocho de la mañana, con el propósito de llegar temprano y hacer tramites en Cartagena ese mismo día. No pudieron avisarle porque Rogelio vivía sobre la ruta.
Rogelio se acercó a la carretera que quedaba aproximadamente a un kilómetro de la finquita. Lo acompañaba su padre José Gracia, quien lo quería despedir. Llevaron a “El macabro” a lomo de burro y se sentaron a esperar el bus bajo un árbol para protegerse del sol. Cuando el bus pasó a las 10 de la mañana, Rogelio lo detuvo, pero al subirse no vio a ninguno de sus compañeros. Su papá le preguntó: “¿Y qué pasó con tus amigos? ¿Será que se arrepintieron de estudiar?”. Rogelio le respondió: “No, Papá, no lo creo, pero de todas formas yo me voy en este bus”. José Gracia replicó: “¡Cómo te vas a ir solo, si tú no conoces esa ciudad ni sabes adónde vas a llegar!”. Pero Rogelio, con determinación y con el apoyo del ayudante del bus subió a “El macabro” en la parrilla superior. Dijo: “mire, papá, no se preocupe que yo allá los encuentro”. Así, subió al bus con la ilusión de empezar una nueva vida llena de sorpresas en el “Corralito de Piedra”: Cartagena de Indias.
III. Cartagena
La tarde comenzaba a caer. Luego de un viaje de seis horas, se comenzó a divisar la ciudad de Cartagena desde el inicio de la bajada del municipio de Turbaco. Las luces se observaban al fondo y Rogelio recordó que lo más lejano que había ido era a la ciudad de Sincelejo, a escasos ocho kilómetros de Corozal. Conocía el mar, porque en su bicicleta había llegado hasta Tolú, a 45 kilómetros de Sincelejo; pero, el mar de Cartagena se veía distinto, dorado por los rayos del sol del atardecer. Entonces, abrió más los ojos para no perderse ningún detalle de la nueva ciudad donde seguiría sus estudios. El bus se detuvo en la calle de la Media Luna, adonde llegaban los buses interdepartamentales. Vio y escuchó de todo: el bullicio de la gente, el vaivén de las personas que llegaban a la ciudad, la venta de productos para comer o apagar la sed, pero, sobre todo, el lenguaje de las personas de la ciudad que tenía un acento especial; si bien eran costeños, tenían una tonalidad muy diferente a la que escuchaba en las sabanas de Sucre y Córdoba. Tenía hambre, pero no se atrevía a sacar los pocos pesos que guardaba en sus bolsillos por temor a perderlos o a que se los robaran.
“Bueno, muchacho, aquí está tu baúl”, le dijo el ayudante del bus que, con esfuerzo, había bajado toda clase de bultos y animales de la parte superior de la carrocería. Le puso a “El macabro” a sus pies. Por primera vez se sintió solo y desamparado. La noche caía y no sabía adónde ir. A lo lejos, divisó un aviso que decía: “Pensión Sincelejo”. Pensó quedarse allí, pues asoció aquel nombre con la ciudad cercana a su pueblo natal. En esas estaba cuando escuchó una voz que nunca olvidaría y que sintió como un verdadero alivio: “Oye, muchacho, ¿tú no eres el hijo de José Gracia, de Corozal?” “Sí señor, yo soy”, respondió. Era la voz de don Carlos Otero, comerciante de Cartagena, que viajaba por todos los pueblos de la sabana y quien tenía un pequeño hotel en Corozal, donde José Gracia vendía productos de su cosecha. Rogelio lo había acompañado varias veces, pero no lo recordaba, tal vez por ver a esa persona en una ciudad desconocida para él en ese momento.
–¿Y tú que haces por acá en esta ciudad, solo y a esta hora?
–acabo de llegar porque voy a estudiar mis dos últimos años de secundaria como interno en el Liceo Bolívar, –respondió Rogelio–. Pero mis compañeros se vinieron antes y no tengo la dirección en la que los pueda encontrar.
–¿O sea, que no tienes dónde quedarte?
–No señor.
–Bueno, entonces usted se viene para mi casa. Yo tengo un pequeño hotel cerca del parque Fernández Madrid, así que se va conmigo.
Don Carlos, con autoridad de mando, se acercó a uno de los que usualmente ayudaban a los viajeros a transportar los equipajes y le dijo: “Hey, tú, negro, agarra ese baúl y síguenos”. Un corpulento mulato se llevó a “El macabro” en hombros y a grandes pasos siguió de cerca a don Carlos. Atravesaron la Torre del Reloj, siguieron por la Calle Primera de Badillo y en pocos minutos llegaron a un hotel pequeño que quedaba en la esquina de dicho parque. Rogelio leyó mentalmente el letrero: “Residencias Cicará”. Entraron y, al fondo de la entrada de la cocina, estaba la señora Concepción Palacios, su esposa, a quien le dijo: “Mija, mira a quien me encontré aquí en la estación de buses, el hijo de José Gracia, el señor que nos vende las verduras y hortalizas en Corozal”.
–Hola, muchacho –expresó doña Conchita–. ¿Tú qué haces por acá?
–Vine a estudiar interno en el Liceo Bolívar –respondió Rogelio–. A realizar mis últimos dos años de Bachillerato.
–Ah, pero qué bien, debes ser un buen estudiante porque ese colegio es bastante exigente y sólo los buenos estudiantes ingresan a estudiar allí. ¿Tienes hambre?
–Sí –dijo.
–Ven, siéntate en el comedor y te sirvo algo para que comas, debes estar hambriento.
Le sirvieron un plato de lentejas, arroz blanco y tajadas de plátano maduro que le supieron a gloria. Don Carlos le preguntó:
–¿Cuánto vas pagar en el lugar donde están tus compañeros por alimentación y dormida?
–Ochenta pesos, –respondió.
–Bueno, no se diga más –dijo Don Carlos. Usted no se va a quedar con ellos, se queda viviendo aquí por la misma cantidad, tendrás tu cuarto solo, las tres comidas y lavado y planchado de ropa. Tu cuarto estará en el segundo piso.
Seguidamente, le hizo señas a uno de sus empleados para que subiera el baúl a un cuarto del segundo piso. El cuarto era grande, de techo alto y tenía una cama cómoda con colchón de algodón prensado, una pequeña mesa y un armario para guardar la ropa. El baño quedaba afuera y era para todos los huéspedes. Rogelio pensó que estaba bien, y que ese cuarto era más grande que en el que dormía con sus hermanos en el Coley.
Esa noche cayó rendido y durmió hasta que una voz de ultratumba lo despertó a las seis de la mañana. La voz venía de la calle y decía: “Platanitos, patilla, mangos, níspero, aguacateeee…”. Eran las palenqueras que, desde muy temprano, vendían sus productos en toda la ciudad, algunas veces frutas o dulces como panelitas. Y “alegrías”, bolas de millo acarameladas con panela, muy apetecidas en la ciudad. Luego se bañó y se alistó. Al bajar le sirvieron un desayuno con pan, café con leche y queso. Le preguntó a la señora Conchita si sabía dónde quedaba el Liceo Bolívar y ella le respondió:
–Está cerca, en la Calle del Cuartel, justamente detrás de la Universidad de Cartagena, sigues derecho por aquí y la encontrarás a unas pocas cuadras.
Rogelio salió y por primera vez vio a Cartagena de día, sus calles angostas, sus casas coloniales y las personas que vestían de lino blanco y sombreros panameños. Divisó a lo lejos la torre de la universidad y llegó a la Calle del Cuartel, se dirigió al Liceo Bolívar ,que aún no tenía estudiantes en la entrada, y se encontró con Julio Mogollón, quien se alegró al verlo:
–Rogelio, ¿dónde estabas? Pensábamos que no habías viajado, ¿dónde te quedaste?
–En un pequeño hotel de un amigo de mi papá –contestó, luego de saludarlo.
–Bueno, ven, acompáñame y vamos donde estamos ubicados. Después traes tus cosas y te quedes con nosotros.
Julio lo llevó dos cuadras más adelante, a una vieja casona, y le mostró un cuarto grande con varias camas, muy parecido al internado del Corozal. Todos se acercaron a saludarlo y se alegraron de verlo. Rogelio, al ver el cuarto en desorden, pensó: “yo estoy mucho mejor, para acá no me vengo”. Entonces les dijo que no iba a vivir allí porque ya había quedado con el amigo de su papá que se quedaría en su casa.
Rogelio esperó a que se terminaran de vestir, regresaron al Liceo Bolívar y se presentaron ante la secretaria que los miró de arriba abajo en forma despectiva: “¿ustedes son los estudiantes que vienen de Corozal?” “Sí señora”, respondieron todos. “Esperen un momento aquí”, les dijo. De una oficina salió el rector que expresó: “Muchachos, ustedes saben que nosotros no recibimos a todo el mundo y el hecho que hayan aprobado hasta noveno grado no les da el derecho de estudiar aquí de manera automática; así que les vamos a hacer un examen dentro de dos días. Los que lo aprueben continúan con nosotros, quienes no, pues se regresan a su pueblo, porque acá solo estudian los mejores”.
El Liceo Bolívar, en efecto, era uno de los mejores colegios de la región, junto al Liceo Pinillos de Santa Marta y el colegio La Esperanza, que era privado. Era muy exigente, pues los cinco mejores bachilleres podían ingresar a la carrera que quisieran en la Universidad de Cartagena, la única, en ese entonces, en el Caribe colombiano, y una de las mejores del país. Los muchachos se concentraron y repasaron durante esos dos días para enfrentarse al examen. A los dos días se presentaron e hicieron el examen en el aula magna del Liceo, separados dos metros cada uno, y bajo la mirada vigilante de varios profesores. Todos entregaron el examen y se los calificaron inmediatamente, todos aprobaron y el profesor llamó aparte a Rogelio y a Julio: “Bienvenidos, sobre todo a ustedes dos que hicieron los mejores exámenes, no fallaron ninguna pregunta”.
Las clases comenzaron el primero de febrero y allí se encontraron con el resto de estudiantes del curso décimo de bachillerato. Eran mirados como bichos raros. Las clases se desarrollaban en una sola jornada, hasta la una de la tarde, cuando salían a sus casas en medio del sol abrasador de la Cartagena de esa hora. En las tardes, Rogelio se iba a estudiar al claustro San Agustín de la universidad y allí veía con admiración a los universitarios del momento. Soñaba con ser uno de ellos, más adelante.
Rogelio hizo nuevos amigos, pero también había uno que otro que no le gustaba que hubieran venido de un pueblo a estudiar en la ciudad. En un recreo alguien de aquel grupo lo molestó con insultos: “¡Partida de corronchos!, ¿qué hacen aquí? Regresen al pueblucho de donde vinieron”. Rogelio, que no respondía a ninguno de los agravios, al sentir el manoteo en la cara, se envalentonó y lo invitó a que se vieran a la salida. Se fueron a la playa al sector de Las Tenazas. Rodeado de varios estudiantes y de sus compañeros de internado empezó el enfrentamiento. A Rogelio, que tenía puños de acero, pues estaba acostumbrado a las labores del campo, sólo le bastó un puñetazo para que aquel estudiante quedara con la nariz ensangrentada. Después de ese episodio, nunca más los volvieron a molestar. Fueron aceptados como iguales.
Los días pasaban y Rogelio se adaptaba a la ciudad y a su nuevo colegio alcanzando nuevos conocimientos. A veces, los domingos iba al Hotel Caribe, en ese entonces el más lujoso y solitario de Cartagena, ubicado al final del barrio Bocagrande. Allí ganaba algunas monedas ayudando a cargar las maletas y baúles de los turistas que llegaban a la ciudad. Claro: cuando los mulatos del sector lo permitían, pues ellos eran poco gustosos de que apareciera competencia a dañarles el negocio.
En una de las fiestas de la independencia de Cartagena, en noviembre, cuando se desarrollaba el reinado nacional de la belleza que elegía a la señorita Colombia, representante en Miss Universo, Rogelio fue testigo de una de las protestas civiles más grandes de ese entonces: Luz Marina Zuluaga, del departamento de Caldas, era la favorita del pueblo cartagenero, pero al final los jurados dieron como ganadora a la señorita Antioquia, Doris Gil Santamaria, lo cual desató la furia del pueblo que se agolpó a las puertas del teatro Cartagena, donde se hacia el evento, y esperó a que Luz Marina Zuluaga saliera a saludar. Entonces, le colocaron una corona hecha de ramas de árboles y, vitoreándola, fue coronada como la reina de Colombia. Al final, el tiempo y la decisión popular le daría la razón porque esa candidata representó a nuestro país en miss Universo ya que la reina Gil Santamaría tomó la decisión de casarse antes del certamen. Así, Luz Marina Zuluaga fue coronada como la primera Miss Universo de Colombia.
En esas fiestas de noviembre, el hijo de Don Carlos, Hans, que estaba prestando el servicio militar, se hizo amigo de Rogelio y, cuando tenía salida, llegaba al hotel a quedarse el fin de semana. Una vez invitó a Rogelio a tomarse un par de cervezas a un estadero del barrio Chambacú, donde ponían música tropical en grandes pick ups y la gente se divertía a placer. Rogelio no tomaba alcohol, pero aceptó la invitación. Cuando llevaban tres cervezas cada uno, le dijo a Rogelio:
–Bueno Rogelio, yo no tengo plata así que a mi señal nos vamos corriendo sin pagar.
Rogelio palideció porque no sabía que se iba a enfrentar a esa situación, y era consciente de que se lo llevarían a la estación de policía del lugar. Así que le dijo: “bueno Hans, pero déjame a mi tomar ventaja y después te vas tú”. Rogelio salió del establecimiento y corrió lo más rápido que pudo, pero Hans lo alcanzó en el camino hasta llegar a casa. Hans estaba muerto de risa por la travesura y por la cara de susto de su amigo. Al día siguiente, el dueño del estadero golpeaba la puerta del hotel donde Don Carlos terminaría pagando las cervezas. Ya estaba acostumbrado a que su hijo hiciera esas travesuras. Tenía el dinero, pero no pagaba solo por sentir la adrenalina del momento de la huida sin pagar.
Al llegar al último año de bachillerato, Rogelio, de 20 años, se había ganado la fama de ser uno de los mejores estudiantes del Liceo Bolívar. La sorpresa fue mayúscula cuando al finalizar el curso le informaron que había obtenido el segundo lugar entre los bachilleres de ese año, y que tenía la posibilidad de estudiar una de las carreras de la Universidad de Cartagena sin necesidad de hacer examen de admisión, el cual era muy difícil, pues venían los mejores bachilleres de la zona norte de Colombia, de los Santanderes, y del departamento de Antioquia. Rogelio le dijo al rector que lo dejara pensar y que le daría la respuesta después del grado. El grado se realizó después de las festividades de la ciudad. Rogelio se alegró al ver que sus padres, José Gracia y Sabina, le sorprendieron con su llegada para asistir a la ceremonia. Habían sido invitados por don Carlos, quien les ofreció quedarse en el hotel.
Rogelio estaba feliz. Cuando lo anunciaron en la ceremonia de grado sus compañeros lo aplaudieron por varios minutos. La celebración se hizo en las instalaciones del club La Popa, ubicado en el barrio Pie de la Popa y fue amenizada por una orquesta de la ciudad. Rogelio bailó y se disfrutó la fiesta hasta al amanecer. Al día siguiente, se dirigió a la rectoría y habló con el rector. Le dijo: “ya decidí profesor, voy a estudiar medicina”. El rector respondió: “pero, qué bien, buena elección, estoy seguro de que te va a ir muy bien”. En ese momento recordó las palabras del rector Espinosa cuando le dijo que el Liceo Carmel Percy era donde se estudiaba para ser doctor y él le respondió que podía ser para doctores, pero que él estaba allí en la lista de admitidos. El rector Espinosa no se equivocó y Rogelio, pese a todas sus dificultades, entraría a la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena para ser uno de los nuevos doctores de la región.

