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Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

La disputa por “cunas” o hitos “precursores” en la música vallenata, se han intensificado en estos días desde las redes sociales y, con ellas, los atrincheramientos regionalistas y localistas ondeando militancias, a veces chauvinistas. Si hay una música disputada es la vallenata. Por años, guajiros, magdalenenses y cesarenses, se han tranzado en debates de reclamo para legitimar algún punto geográfico como “cuna” de esta música.

Repasemos las más conocidas tesis sobre el origen del vallenato. En 1948, el abogado e investigador de Guamal, Gneco Rangel Pava, en su obra “Aires guamalenses”, postula a su pueblo como cuna del vallenato por una supuesta pre- existencia de sus ritmos desde tiempos muy remotos en esa población. Pero, no llega a probar que, en otras poblaciones o subregiones, no existían tales formas previa o simultáneamente que en Guamal. Ciro Quiroz, en su libro “Vallenato, hombre y canto” (1983), sugiere que la cuna del vallenato es su pueblo, El Paso, Cesar. Para ello, reconstruye varias generaciones de músicos vallenatos que nacieron en El Paso, no aporta más pruebas.

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En Ciénaga, han sugerido que la música vallenata nació en épocas en que este municipio, era un epicentro comercial y cultural desde la segunda mitad del siglo XIX. Su reclamo de paternidad se sustenta, por un lado, por el uso de denominaciones como paseo y sones para referirse a componentes de músicas extranjeras como el danzón, muy apropiadas por la élite cienaguera para esa época. Diego Cardona, llega a aventurar la hipótesis que fue el cienaguero Clemente Escalona, padre de Rafael Escalona, quien llevara este ritmo a Valledupar. Este tipo de conjeturas se diluyen ante la evidencia: Clemente Escalona era un militar y no un músico, por otra parte, Escalona nunca reconoció influencia musical de su padre, además, hay sobradas muestras de la existencia de la música vallenata en la región antes de la llegada a Valledupar del padre de Rafael Escalona.

Otro punto que también reclama ser la “cuna del vallenato” es la población cesarense de Atánquez. Sus gestores culturales, en diversos eventos académicos, vienen defendiendo la tesis que el vallenato es una derivación de sus aires tradicionales como la gaita. También se han apoyado, en algunas discretas coincidencias entre los patrones del son vallenato y el chicote. Nadie ha podido demostrar si, los nombres de merengue, son y puya pasaron de la música serrana al vallenato (no hay registros antiguos que den cuenta de estos nombres como vernáculos en estas etnias), o si bien, pasaron del vallenato a sus expresiones sonoras. Tampoco es claro si fue el son el que influyó en el formato actual de chicote actual, o si los vallenatos bebieron de esta expresión serrana. Además, entre los kankuamos no hay tradición de chicote, sino de gaita.

Existe la tesis del origen fonsequero de “Chema” Gómez Daza, explica que, desde Riohacha, se trasladaron hacia Fonseca los comerciantes italianos Donato y Félix Anichiarico, quienes llevaron acordeones los que ya sabían ejecutar. “Chema” Gómez, quien también ancla el origen de la colita en Fonseca, tal vez no tiene en cuenta que los mismos comerciantes ya habían vendido esos mismos acordeones en Riohacha y los tantos que habían sido introducidos a la región desde diferentes puertos como Cartagena, Sabanilla y por Venezuela hasta Cúcuta. También incurre en el sesgo de sugerir que el vallenato nace después de la entrada del acordeón. El número copioso de acordeoneros contemporáneos de Solano, Pinto, Sajaud y Pitre, refrenda la idea que ya el vallenato estaba extendido para la época en que se postula su “invención” en Fonseca.

Por último, la tesis más aceptada por las representaciones sociales de los músicos vallenatos e investigadores, es que tal género pudo tener su punto de origen en la Provincia de Padilla, en el actual departamento de La Guajira que se extendía hasta el norte del Cesar. Algunos lo reducen a los pueblos del sur de Riohacha (en los que está Villa Martín, donde vivió y falleció Francisco El Hombre), pero la mayor apropiación de los pueblos de la media y baja guajira permiten ampliar esta delimitación.

Las pruebas que favorecen esas representaciones de la parte de la Provincia de Padilla, tienen que ver con las crónicas de Candelier y Goenaga quienes son los primeros en describir la existencia hacia 1890 del conjunto de acordeón, caja y guacharaca en cumbiambas de Riohacha, fiestas y parrandas. También por los estudios como los de Viloria y González Zubiría que demuestran que Riohacha fue el primer puerto por donde entraron acordeones importados entre 1856. Si bien, luego entraron más por otros puntos, fue en esta subregión donde se usaron para tocar vallenato.

El relato fundacional de Francisco El Hombre, la cantidad de músicos de esta región que hizo parte de las primeras generaciones de acordeoneros, la primacía de los provincianos como estandartes de las primeras generaciones (Francisco Moscote, Chico Bolaños, Luis Enrique Martínez), la prolija participación de intérpretes guajiros entre las máximas figuras del vallenato y la gran apropiación de este género, demostrable en que toda familia se precia de tener al menos un músico vallenato, hace que la antes llamada Provincia de Padilla, sea para los guajiros, argumentos a favor de ser el probable epicentro germinal de la música vallenata. Ahora bien, en aras de la objetividad, privilegiar a La Guajira como cuna del vallenato es una hipótesis, no hay certeza para darlo como una verdad absoluta. Está más sustentada en fuentes primarias de la tradición oral, muy refrendadas por los músicos de las primeras generaciones.

En suma, se puede concluir sobre el origen geográfico de la música vallenata que, hay evidencias de la existencia del vallenato solo desde bien adentrado el siglo XIX y, para entonces, los lugares donde se ha documentado la presencia del vallenato como el sur de Riohacha, Fonseca, El Paso, Rincón Hondo, Atánquez, El Difícil o Plato, hacían parte del Estado del Magdalena, llamado también Magdalena Grande (Magdalena, La Guajira y Cesar actuales). Por eso, se constituye como territorio donde nació el vallenato. Para esa segunda mitad del siglo XIX, ya la denominación usada en la colonia de Valle de Upar para una parte del Magdalena, se había restringido a la ciudad capital del Cesar. No había otra denominación oficial diferente a Magdalena en la cartografía, es más, Francisco el hombre, Chico Bolaños, Luis Pitre, ni siquiera alcanzaron a recibir el gentilicio de “guajiro” sino “magdalenense”. Por otra parte, el vallenato ya se estaba cocinando antes de la llegada del acordeón, tampoco hay creador o “inventor” de esta música, sino que es un fenómeno de creación colectiva.

Es muy posible que, el vallenato en su origen, haya sido producto de una multi-estructuración que se dio en varios lugares simultáneamente y hay suficiente documentación al respecto. Se ensayaron varios formatos instrumentales, estilos y formas para interpretar los cantos campesino vernáculos, y con la influencia integradora de epicentros de producción como la Zona Bananera, tabacalera, la industria maderera de Riohacha o ganadera en toda la región y, luego con las grabaciones y festivales, se fue posibilitando una modelación hasta llegar a un vallenato bien caracterizado, regional y canónico. Al margen de las disputas de paternidad, es bueno que todos se estén peleando al vallenato, eso demuestra que ya es patrimonio de todos y que le dan valor.

medinaabelantonio@gmail.com