Por Vizo Arcieri.

A Yasvely.

Después del café cerrero de las 4 y 30 de la mañana que siempre toma de pie en el vano de la cocina mirando la salud de los nísperos escondidos entre las ramas, se fue a su habitación y saco del closet su ropa, la metió en una bolsa plástica negra, en forma desordenada, con algo de ansiedad, y llegó en vilo a la sala. “Me voy”, pensó.

Vio a la joven del servicio doméstico que revisaba somnolienta el celular y le dijo: “Ahora sí me voy para mi casa. Ya está bueno”. La muchacha lo miró con compasión, como siempre, y le respondió lo que desde hace dos semanas le viene repitiendo: “Don Vincenzo, hace más de 50 años esta es su propia casa”. Él la miro como si no le entendiera y le dijo, con algo de malhumor: “Aun así, me voy”. La mujer, sin despegar los ojos del celular, le siguió la corriente: “Bueno, entonces, báñese que yo lo acompaño para llevarlo a dónde siempre ha estado, su casa”. Él la miró sin ninguna alteración de su ánimo y se fue a buscar la toalla. Ahora iba contento como un niño.

Contenido sugerido:

A la salida del baño, con la misma ropa que tenía puesta antes de ducharse, el cabello blanco mojado, pero en orden, y una barba de tres días que no quiso rasurarse, vio a la joven tranquila en la mecedora, con el celular en su regazo y mirando por la ventana, como pensando en su Venezuela del alma, donde dejó a su madre y a su hijo y con quienes se escribe, a cada instante, por las redes electrónicas del teléfono: “En qué horas andamos -le preguntó don Vincenzo, sin disgusto- que ni en la propia casa de uno le brindan almuerzo a la hora que Dios manda”. La mujer sonrió y le respondió, con alivio y en voz baja: “Qué bueno, vamos mejorando. Ya no queremos irnos de donde nunca nos hemos ido. Solo que le tengo malas noticias: apenas vamos por el desayuno”. Él se volvió a alegrar y se fue al dormitorio a cambiarse con ropas limpias que no encontró en su sitio. Se asustó.

Al revisar el closet se dio cuenta de que las divisiones y los ganchos estaban vacíos. Alarmado le pregunto a la mujer por sus prendas. Esta, sin molestarse, le llevo la bolsa y volvió a organizar los pantalones y las camisas en su lugar. Él la vio realizar la labor con paciencia y esperó, en silencio, que terminara. “Gracias, mija –le dijo con tono paternal-, pensé que se habían metido los ladrones”. Después de cambiarse, se calzó las sandalias que le había mandado Chacho de Estados Unidos, que iban para su cuarto año de uso y que no dejaba que sus hijos se las cambiaran por unas nuevas por nada del mundo, aunque estaban en buen estado. Chacho le decían a Aldo, su hermano menor, y todo cuanto le regalaba se convertía para él en piezas sagradas de un museo intocable a las que cuidaba con gran celo y de las que sabía, sin fallarle la memoria, el mes, el día y la hora en que se las había obsequiado. Hasta detalles sobre si había sido un día de luna de cuarto menguante o una tarde con amagos de lluvia.

Cambiado, con prendas de vestir limpias, entró a la habitación de su esposa, con la que lleva 60 años de casado y con la que no dejó de dormir en la misma cama hasta cuándo ella perdió la memoria y quedó al cuidado de la mujer de Venezuela. Le dio un beso en la frente. “Cuco, ya es hora de tomar un poquito de sol”, le dijo con ternura. Ella lo miro con los ojos pesados y sin saber, a ciencia cierta, quién le hablaba, y mucho menos lo que le pedía, y volvió a cerrarlos como si no le importara lo que le decía su esposo. Los volvió a abrir cuando él le puso la palma caliente de su mano derecha en el brazo y la acarició con cariño. Ella tuvo un instante de lucidez y le dijo sin equivocarse: “Ya voy Vincenzo, pero déjame dormir otro ratico”.

Antes de darle otro beso de aceptación de su pedido, recibió el llamado a la mesa de parte de la muchacha que le tenía el tazón de café con leche y media docena de pan de almohadilla, a la que nadie ni nada en el mundo había podido separar de su dieta matutina porque entraba en cólera y respondía que dejaran de molestar porque de algo se tenía que morir en este mundo. En camino a la mesa dijo, alegre, la frase que siempre expresaba cuando lo convocaban a comer: “Eso sí tenía Susana…”.

Desayunó sin sobresaltos y, obediente, llevó los trastos a la cocina. No los lavó como otras veces y se dirigió al jardín de la calle para hacer la digestión con calma, espantando a las ardillas y los loros que llegaban hambrientos en las mañanas a comerse los mejores nísperos del árbol que sembró antes de que todos sus hijos y su hija consentida, Isabel Cristina del Perpetuo Socorro, se fueran de la casa, estudiados y casados.

En la noche le volvería a decir a la muchacha de las labores que le diera las llaves del portón de afuera porque ahora sí iba a regresar a su casa, que le hacía falta. La mujer, sin dejar de escribir con la punta de sus dedos en el celular, le dijo: “Ahora no se va poder porque nos cogió la oscuridad, mañana con la luz del sol, y después de que se bañe, lo acompaño”. Él aceptó con docilidad y se fue a dormir.

Tuvo un sueño intermitente y ligero. Se levantó cinco veces en la madrugada para orinar y, de regreso del baño, en la cuarta ocasión, se le extravió el dormitorio. Caminó a tientas hacia ninguna parte y dio vueltas sin encontrar la brújula que lo condujera con éxito a su destino. La muchacha del servicio lo sintió tropezándose con todo. Se levantó y lo encontró en la penumbra del salón de atrás, en calzoncillos de relojera y una franela agujereada por las cucarachas que se la habían echado a la basura seis veces y la había rescatado igual número de veces, montando en cólera y amenazando con mandar al carajo al que se atreviera de nuevo a hacer semejante afrenta. Don Vincenzo estaba enceguecido por la oscuridad de la casa, tratando de abrir la puerta que da al patio, que estaba cerrada con un candado. La joven lo tomó del brazo, dormida en pie, y lo llevó hasta su cama. Él volvió a decirle: “Gracias, mija”. Ella no le respondió. Regresó a su cuarto y se tumbó sobre la cama. Pudo dormir de nuevo, profundamente.

A las 4 y 30 de la mañana, cuando iba para la cocina a tomarse el café cerrero, don Vincenzo se asomó a uno de los dormitorios y se llevó una gran impresión: vio a una mujer dormida boca arriba, inmóvil, arropada hasta las rodillas. La miró detenidamente desde el marco de la puerta abierta, pero como era una extraña, no se atrevió a acercársele para identificarla. Al lado dormía, en otra cama, la joven venezolana. A ella sí la despertó: “Mira, mija, ¿y esa señora qué hace en esta casa?, ¿cuándo la trajeron?”. La muchacha suspiró y le dijo, lacónica: “Es el amor de su vida. Su novia eterna”. Él miró a la venezolana, después a la mujer dormida boca arriba, y sonrió. Se fue a ver los nísperos después de hacerse él mismo el café cerrero.

A las 8 y 45 de la mañana, cuando la mujer trajo a la esposa de don Vincenzo a la sala, ya bañada y perfumada, éste se levantó de la mecedora, la miró y le dio un “buenos días” cantadito y sostenido, como siempre. “¿Cómo amaneciste, mi amor?”, le preguntó. Ella lo miró y, tras un largo silencio, le respondio: “Bien”. La besó en la frente. Y la vio desayunar de la mano de la joven venezolana que la animaba a apresurar los alimentos a la boca diciéndole: “Vamos, Raquel Teresa, que tu tortolito te espera para tomar el sol y espantar a los loros de los nísperos”.

Media hora estuvieron los tres sentados en el jardín de la puerta de la calle, en silencio, mirando a la gente que pasaba y los saludaba efusivamente sin que don Vincenzo y su amada Raquel Teresa supieran quiénes eran, pero que, en ninguna ocasión, dejaron de corresponder a la cortesía de los extraños.

Cuando el sol envolvió en brasas a la mañana, se entraron a la casa.

Don Vincenzo, en las tres semanas siguientes, no volvió a pedir a la joven venezolana que lo dejara irse para su casa. Aunque esta, para lograr que se bañara temprano, le prometía que lo iba a llevar a la casa de la que tanto hablaba, en El Paraíso, a sabiendas de que, después de ducharse, iba a olvidarlo y, en cambio, pediría el almuerzo justo en la hora del desayuno.

Enero 18 del 2021
En los tiempos del fin del mundo.