«Crónicas de Viernes Cultural» forma parte de un proyecto periodístico del comunicador social, gestor cultural y artista plástico Miller Sierra Robles.

Por Miller Sierra Robles.

Para Kandinsky el color naranja transmite una buena energía, determinación y alegría; es un tono que suscita sentimientos de triunfo, fuerza y ambición; quizás por ello nos atrae tanto, porque genera una sensación de calor que es, al tiempo, apacible. Esa gama cálida es la que se manifiesta en la obra pictórica de Elio Peñalver, un artista wayuu del clan Uriana, que ha logrado conocer el mundo desde los senderos del arte y la cultura.

Sobre sus primeras vivencias, Elio nos cuenta “Me acuerdo que en mi niñez era muy creativo, me ganaba la merienda haciéndole el trabajo de arte a los compañeros del colegio. Tiempo después empecé a hacer figuras en madera suave, hacía figuras humanas, unos wayucitos, a los que le colocaba sirra y les hacía su tamborcito. Hasta ese momento desconocía totalmente lo que era la pintura y, bueno, elaboraba artesanías”.

Así, su infancia, y toda su vida, han transcurrido en Santa Rita, comunidad indígena cercana a Riohacha. Allí, entre los cardones y trupillos que pueblan la estepa desértica guajira, cazaba torcazas, jugaba con arcilla y dejaba volar su imaginación, mientras se deleitaba observando los atardeceres que teñían de azafrán los 180 grados de cielo sobre su cabeza y escuchando el armónico canto del isho o cardenal guajiro.

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Se convirtió en un autodidacta que, sin saberlo, fue construyendo una propuesta indigenista con elementos nativos de gran fuerza espiritual y cultural para la nación wayuu, partiendo de un talento innato que, con los años, fue puliendo, gracias a la lectura y el aprendizaje, ya que durante su infancia y adolescencia, Elio ignoraba la existencia y las enormes proporciones del arte en la historia humana. El tiempo le daría la oportunidad de conocer la obra de muchos artistas nacionales y de algunos de los grandes maestros del arte.

Antes que artista, Peñalver fue artesano, en esas andaba cuando se presentó en una feria cultural organizada en la comunidad indígena de Macú; era el lugar de encuentro de los artesanos guajiros. Allí recibió una gran sorpresa, su trabajo fue seleccionado para ser expuesto a nivel nacional. Una experiencia que describe con emoción: “Yo hice mi trabajo con amor, con esa alegría y esas ganas de superarme; y entonces logré algo muy bonito. Cuando me dijeron que yo había sido seleccionado para ir a Bogotá y montar en avión por primera vez, entonces más ánimo me dio”.

La capital del país significó el inicio de un mundo de oportunidades para Elio, fue el lugar donde se encontró con todo un universo artístico que, hasta entonces, desconocía; pero eso, en vez de abrumarlo, le dio valentía; pensó que si su trabajo, aun siendo básico, lo había llevado al centro del país, una vez que lo puliera y aprendiera nuevas técnicas, sería mucho más apetecido. “En Bogotá empecé a mirar cuadros, cantidad de obras, la belleza de trabajos que hacían los compañeros y, bueno, ahí, en ese encuentro, fue cuando despertaron en mí las ganas de pintar”.

Así nació Uriana, el que firma sus obras con rojo, como buen wayuu. Se presentó en el emblemático Festival de la Cultura Wayuu de Uribia con unos lienzos pequeños en los que había trabajado con esmero. Llegó al centro cultural desbordante de motivación y se presentó como artista; dijo “soy pintor y quiero participar en la exposición”; sin embargo, se asombró cuando le dijeron que sí, y casi desmaya cuando vio las obras que competían. Entendió que ese año no iba a ganar, pero aun así se sentía grande.

“Cuando yo entré al salón de exposición donde estaban los cuadros, parece que hubiese chocado con la pared porque esa calidad, ese realismo en las obras de los compañeros pintores, me parecía asombroso. Oiga, yo miraba y parecían fotos, miraba y mis trabajos parecían los trapos donde ellos limpiaban el pincel, pero no me desanimé. Al contrario, cuando colocaron mis cuadritos y me dieron mi escarapela que decía pintor, eso para mí era la legitimación, o sea, ya era pintor”.

Al año siguiente, Elio se propuso mejorar su obra y pintar con óleo para asistir, por segunda vez, al Festival de la Cultura Wayuu. Pintó tres cuadros grandes para exponerlos; estos fueron los primeros que vendió en su carrera artística. Nos cuenta que, estando en la exposición, llegó un señor elegantemente vestido preguntando por Uriana, ya que así estaban firmados. Elio recuerda el suceso entre risas y nos cuenta:

“El señor pregunta cuánto vale uno de los cuadros y yo me quedo pensando ¿cuánto le pido? ¡Imagínese! yo acostumbrado a vender casitas a cinco mil pesos y liencitos a diez mil, pensé en un precio que creía elevado y, por poner un precio rápido, le dije que cien mil pesos. Y entonces el señor me pregunta, ¿hijo, cuánto gastaste en óleo y cuánto en lienzo? ¿Cuánto tiempo duraste pintando ese cuadro? Yo respondí que un mes y el señor me dice, bueno, ¿entonces tu tiempo vale eso? Y me dice el señor, no hijo, tu tiempo vale más”.

Esa fue su primera obra vendida. El señor elegante le entregó al artista ochocientos mil pesos, una suma que este nunca antes había tenido en sus manos; fue un gran logro que le estimuló y le llenó de orgullo.

“Oiga, para mí eso fue muy grande. Me llenó de más ánimo y empecé a valorarme y valorar mis trabajos; yo siempre tenía en mente que había que vender barato para salir de eso, pero resulta que, para otras personas, lo que uno hace tiene mucho más valor”.

Desde entonces, la obra de Uriana se ha seguido mostrando en exposiciones y ferias en La Guajira y fuera de ella; Elio ha logrado dar madurez a su trazo, consolidando una propuesta de arte indigenista llena de primitivismo y cargada de un gran simbolismo wayuu. También ha tenido la versatilidad de imprimir con su estilo retratos de personajes y creaciones en materiales no convencionales.

“Yo pinté el presidente Chávez y ese cuadro me lo compraron para regalárselo a él. En ese tiempo ya había participado aquí, a nivel local, mostrando mi trabajo en Barranquilla y Santa Marta. Mi primera exposición internacional fue en Cuba y ya después he viajado a Europa y Asia”.

Los viajes al exterior seguramente le dan mayor vuelo a la obra de Elio, pero no han podido cambiar su mirada humilde y su conexión con la tierra; Bombay, París o La Coruña, han sido algunos de sus destinos, pero Santa Rita siempre ha sido y será su único hogar. Hoy, mientras pasa la pandemia, Elio se ha dedicado a su comunidad, a la que defiende de la colonización de los alijuna que llegan a comprar sus predios para construir quioscos y casa fincas en las que la música estridente amenaza romper la tranquilidad que por siglos ha caracterizado a este lugar. Sueña con que su comunidad sea como la de antes, como la que ha retratado en sus obras; en las que brotan silvestres las iguarayas de las tunas y cardones, pasan niños pastoreando los chivos y reposan a la sobra de un dividivi y le sacan sonidos a un sawawa para imitar el canto de las palguaratas.