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Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

Uno de los ya cotidianos debates virtuales en la tertulia “Vallenatología” de Facebook, se originó a partir de un conversatorio grabado en el Museo del Acordeón de Beto Murgas en Valledupar hacia el 2015, cuyo productor y moderador fue el periodista Luis Mendoza Sierra. El debate nace a partir de una encendida polémica que sostuve con Julio Oñate Martínez y Tomás Darío Gutiérrez, dos de los contertulios, sobre lo relativo que puede ser la valoración de una canción como vallenata o no. Se enrojeció el rostro de Julio Oñate cuando yo sostuve que para mí, canciones como “Los sabanales” y “Si, si, si” son vallenatas, “¡pa’mi no! repetía enérgico Oñate. Tomás Darío Gutiérrez, decía entonces que, músicos como Calixto, Alfredo Gutiérrez y Juancho Polo Valencia comenzaron “el desorden” del vallenato cuando grabaron este tipo de canciones.

Ese rifirrafe, me sirve hoy como pretexto para ahondar en mi posición al respecto. El hecho que, siendo los tres, analistas e investigadores de la música vallenata, no ha hayamos coincidido, solo demuestra algo de lo cada vez estoy más convencido: valorar o etiquetar una canción como parte del género vallenato, es un asunto de lo que llaman desde los estudios decoloniales “conocimiento situado”, es decir, depende a quién se le haga la pregunta. Todo conocimiento se produce en situaciones históricas y sociales particulares, por mucho que se quiera hacer aparecer otro saber como “verdadero, universal y neutral”.

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Los límites del hasta dónde llega “lo vallenato” y comienza “lo no vallenato”, depende de varios aspectos por parte del músico o melómano: sus categorías y esquemas de recepción y apreciación del género vallenato, su saber situado y habitus, las representaciones sobre esta música, lo ortodoxo o heterodoxo de sus clasificaciones, de si concibe al vallenato como género o como etiqueta de mercado, hasta de su lugar de enunciación, porque muchos lo hacen desde una agenda regionalista y excluyente o como forma de lo que Emmanuel Pichón llama “etnografía militante”.

Es posible que, para un melómano de Valledupar o el sur de La Guajira, zuletero empedernido, que prefiere el periodo de los 70 y 80 del vallenato, si se le pregunta si una canción de los Inquietos, Los Gigantes o Los Chiches es vallenato, dirá que no, que son “baladas” disfrazadas de vallenato, aunque defienda otras canciones “arrancheradas” como algunas de Hernando Marín o Isaac Carrillo. Esa misma pregunta, si se le hace a un zuliano, a alguien del interior del país, del sur del Cesar o en Monterrey, dirán con toda certeza que son vallenatas y hasta las pondrá como ejemplos de “clásicos” o “auténticas”.

Si les pregunta a los chocoanos o urabeños si, las canciones de estilo “afarisao” y lo que llaman “chiquilero” como “La camisa rayá” o “El bolsillo pelao” que han grabado Miguel Durán y su extinto hijo, son vallenatos, dirán que sí. En otras regiones como el Cesar y La Guajira, excluyen ese repertorio de la categoría de “vallenato”. Igual pasa, dependiendo a quien le pregunte usted si canciones del grupo La Provincia de Carlos Vives como “La tierra del olvido”, “Qué diera” o “La cartera” son vallenatas. Si se trata de un melómano de zona urbana andina dará su asentamiento; en otras regiones, encontrará melómanos que negarán cualquier adscripción al género: “eso no es vallenato”. La oferta musical de la llamada nueva ola vallenata, es asumida como vallenata o no, dependiendo a quién le haga la pregunta. El abuelo y el padre pondrán el grito en el cielo, con solo hacer la pregunta se disgustarán. Pero, si es el joven hijo, asiduo visitante de los conciertos, la pondrá como referente de lo que es un “buen” vallenato.

Cabe aquí, hacer algunas precisiones y preguntas. Por una parte, ya desde la musicología, Charles Hamm, considera la idea de flexibilidad entre los géneros y, en este sentido, señala la posibilidad de asignar más de un género a una pieza musical. Según esto, si se acepta que el pasebol y el paseaíto son formas de un conjunto de géneros llamado “músicas sabaneras”, no se descarta, desde esta tesis, que también sean parte del vallenato. Algunas canciones de Carlos Vives bien pueden ser “vallenatas” o entrar en la etiqueta de pop latino, las fusiones de Silvestre o Pipe Peláez bien pueden ser rotuladas como vallenato o como reggaetón o a medio camino entre ambos géneros. Es decir, en las músicas populares, actualmente no se puede hablar de dualismos excluyentes, no cabe el “es negro o es blanco”.

La otra precisión es que, mientras sigamos sesgados en solo valorar como vallenato lo que se toca en los concursos de los festivales (en las galas nocturnas de los eventos sí se escuchan otras formas no tradicionales), no vamos a entender que también es vallenato lo que se hace y se interpreta en las demás performances: casetas, parrandas, conciertos, grabaciones, serenatas. Ni siquiera todo vallenato suele ser usado por un concursante en los festivales: usted no escuchará las canciones de Gustavo Gutiérrez, Rosendo, Calderón o Manjarréz, tampoco los paseos rápidos con tanto virtuosismo de “Juancho Rois”, Israel Romero, Ismael Rudas o “Pangue” Maestre (los primeros solo en el festival cuna de acordeones y ambos solo en el Francisco el hombre como excepción a la norma).

Todo esto hace emerger ciertas preguntas: ¿Existe una “verdad” que sepulta las otras en la valoración de lo que es y no es vallenato? ¿El hecho que el vallenato haya nacido en el Magdalena grande, hace que esos juicios y categorizaciones de otras formas y estilos que se hacen en otros nichos sean espurios? ¿Es un asunto de ignorancia o de conocimiento situado? ¿Si como auténtico se tiene lo que para una persona es verdadero, fiel y que se muestra como es, es menos auténtico el vallenato que prefieren los melómanos de nichos diferentes al antiguo Magdalena grande? Todo apunta a que, lo vallenato no se define por sus “esencias”, si es que las tiene, sino por el contexto en el que se sitúe, dejar de hablar de vallenato “de” para referirse a vallenato “en” nos hará entender mejor porqué lo que es auténtico en unos sujetos, lugar y tiempo, deja de serlo en otros.

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