A María Inés Brugés Henríquez.
7/03/1938 – 20/04/2020.

Por Marga Lucena Palacio Brugés.

Un año sin ti, mami. Y aún falta fundirme en un abrazo con mis hermanas para saber que, como piezas de rompecabezas, volveremos a sentirte cuando nuestros tres corazones finalmente se junten… Porque eso somos, un pedacito de ti, basta mirarnos a los ojos para encontrar rezagos de tu vida en la vida nuestra: tus gestos, tus dichos, tus movimientos… Tantas pequeñas cosas que antes no parecían importante, hoy te regresan hasta aquí y te recordamos, ¡siempre!

Sabes madre, le temía tanto a tu partida que mis ruegos a Dios siempre fueron incesantes e insistentes; pidiendo largura de días y una vida digna para ti, postergando el momento del adiós y disfrutando al máximo de tu presencia.

Hoy entiendo que tu enfermedad, esa espada de Damocles que pendía sobre ti, fue una gran bendición para mí como hija. Sí, porque me permitió a no obviar tu existencia y vivir esos momentos junto a ti como si fuera la última vez y así, poquito a poquito, te fui despidiendo en cada despedida de mis viajes de regreso a casa desde hace ya más de 20 años, cuando abandoné tu nido y me fui de mi amada tierra.

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Esa última vez, hoy hace un año, en la que Dios me regaló la certeza de tu inminente partida, me dediqué a hacer todo lo que pudiera hacerte feliz, sabiendo que no te volvería a ver. Así pasé 50 mágicos días construyendo momentos de recordar, pues sabía que de ahí se nutriría esa serenidad que necesitaríamos cuando llegara el momento del último adiós.

Dicho y hecho: te fuiste y nos envolvió un aura serena de paz, de amor y de unión, y las lágrimas derramadas nunca fueron dolorosas, más bien melancólicas, al recordar lo bonito que fue nuestra vida a tu lado.

Me faltó la fanfarria y el escándalo con que te honré en vida y que seguramente hubiese empleado al despedirte, pero por fortuna Dios nos regaló el discernimiento para entender que esa sutileza perfecta con la que apagó tu vida, como una candelita que se consumaba lentamente en una madrugada misericordiosa, que esa fanfarria que había planeado, de un gran funeral ¡sobraba! Porque tu despedida, que fue celestial y otro regalo más del creador, estuvo llena de amor, al lado de tu princesa mayor y de intensa oración de parte de todo el que te amaba, justo al cúlmine del día de la misericordia: Una despedida sencilla, íntima y llena de Dios y de un reconocimiento tan bonito de parte de nuestros familiares y amigos al distinguir a tus tres pelás con el título más bello y honroso, con el que junto a mis hermanas nos esforzamos siempre por conquistar: unas buenas hijas.

Nada me faltó mamá, porque es en vida que se honra y las flores, poesías, cantos, atenciones y pechiches, fueron el pan cotidiano de tu vida y tu cuerpo frágil y cansado recibió hasta la saciedad y con la delicadeza de un amor inmenso, nuestros cuidados.

Lo hicimos siempre con el único deseo de agradarte, sin tener en cuenta que al hacerlo agradábamos a Dios y tal vez por ello, Él nos regaló tu buen morir y te honró al convertirte en una excepción, pues al hablar de tu final, podemos afirmar, con conocimiento de causa, que “sí puede haber belleza en la muerte”, cuando ella te toca con delicadeza, guiada por las oraciones de tus hijas, quienes movidas por ese grande amor, te despedimos, te llenamos de valor y te soltamos la mano en el umbral del tunes, cuando emprendiste tu vuelo, con la confianza adquirida en la fe que ocurría en el tiempo perfecto, bueno y agradable de Dios.

Así fue: partiste tranquila, arrullada con la canción precisa para abandonar esta tierra y presentarte confesada, comulgada y ungida en tu nueva morada: cansada del camino y sedienta de Él, con tu armadura desgastada y la lucha ganada te presentaste ante Él, a las tres de la madrugada de un triste abril 20/2020; evitándote las dificultades de estos difíciles, caóticos pandemiosos días y con un suspiro delicado e imperceptible que ni siquiera los monitores pudieron registrar, te llegó ese soplo celestial que apagó la última llamita del cabito de vela de tu esplendorosa vida.

Tu hija mayor nos cuenta de la serenidad, la belleza y la paz que emanaba tu rostro.

Y aquí, a 10.000 kilómetros de distancia, con tu fotografía entre mis manos, agregué la ultima estrofa a la poesía que tantas veces en tu cumpleaños recité:

Gracias mamá:
“Porque en tu cenit acompañamos tu ocaso
y hasta al cansancio tus canas pude mil veces besar,
porque nuestras oraciones encaminaron tus pasos
cuando te marchaste al padre celestial».

Diana, Marga y Tatiana: un solo corazón en 3 hermanas.