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Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

Cada vez que se enciende el debate sobre si una canción o formato es o, no vallenato, surge la palabra “esencia” como tema ineludible. Los melómanos o actores de la vallenatía, sacan a relucir esta palabra para dar a entender que existe un punto de referencia, una raíz o polo de base y que la cercanía o distancia con relación a éste, es lo que define si una canción es no vallenata. “Es que el Binomio de Oro, innovó pero mantuvo la esencia”, “es que esa canción no tiene la esencia vallenata”, “es que la nueva ola perdió la esencia”, son frases que resultan de este tipo de coloquios informales.

Se apela tanto a este argumento que, muchos, entre los que me incluyo, se han preguntado – ¿Y cuál es esa tan cacareada esencia? Pero, ninguno de los “esencialistas”, suele explicar esto, parece ser que la vaguedad fuera el principal atributo de esa esencia. Tanto así que, algunos ya han llegado a sostener que no existe, porque nadie la conoce. Es natural que, si ni siquiera los expertos son capaces de reconocerla, los que no tienen ese saber situado lleguen a pensar que se trata de un mito.

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El músico y docente Roger Bermúdez, en uno de los coloquios de cátedra compartida en vallenatología del programa de licenciatura en música de la Universidad de La Guajira, nos entusiasmó mucho pues tomó el toro por los cachos y anunció que va a demostrar musicológicamente, cuál es esa esencia. Desde ya, me declaro a la expectativa y ojalá sea pronto.

Mientras tanto, vayamos aportando al debate. En algunos géneros musicales, en los cuales solo hay una forma, como el bolero o merengue dominicano, es más fácil identificar esa esencia en el patrón rítmico. Pero, en el caso del vallenato, existen cuatro formas festivaleras o tradicionales y muchas más emergentes. Así que, si para algunos, esa permanencia rítmica del paseo, son, merengue y puya es la esencia, qué pasa cuando emergen nuevas formas, que aunque no la acepten en los festivales no es que dejen de ser vallenatas. Allí ya no se puede aplicar esos patrones rítmicos como esencia.

Por otra parte, si para algunos, la esencia es una manera de tocar el acordeón, sería bueno acudir a la tesis de Roger Bermúdez según la cual, “el vallenato no es un formato organológico, sino un lenguaje”. Y le concedo toda la razón, porque hemos escuchado tantas veces el género interpretado por guitarras, arpas, dulzainas y hasta con chiflidos como nos recuerda el coleccionista Álvaro Ibarra. Así que la esencia tampoco está en el acordeón, la caja y la guacharaca (Luis Enrique grabó varias producciones sin caja). Se podría pensar que es una manera de cantar, pero es mucho lo que ha cambiado del canto recio de los primeros juglares, al estilo afinado y colorido de la generación de Oñate, Orozco, Diomedes o Zuleta, pasando por las voces almibaradas de Nelson Velásquez, Amín Martínez o Alex Manga hasta llegar al fraseo urbano de un Kaleth Morales. Si ponemos el foco en la estructura de la canción, encontramos que hay muchas rupturas entres las canciones de cuatro versos simétricos y octosílabos del periodo campesino, luego a las quintillas y sextillas con versos de arte mayor, asimétricos y con estribillos de Escalona y Don Toba; luego pasa el lirismo trovadoresco y de intimismo subjetivo de Gustavo Gutiérrez o Rosendo Romero; un periodo sensiblero hasta llegar a una nueva ola con canciones jergales, con exacerbado machismo y letras ligeras. Es decir, no es claro qué ha permanecido en lo organológico, el canto ni la composición, no asoman tan claras las esencias, son más las contingencias.

Leyendo en estos días, encontré una respuesta de la cantante Aida Villa, hija de Abel Antonio, la cual coincide con la que le escuché a mi contertulio Luis Eduardo Acosta Medina en el programa radial La polémica, en el que también discutimos este tema: la esencia es el sentimiento que subyace en cada canción (como lo expresa Sergio Moya: “el sentimiento de vuelve canción”). Frente a esto, surgen interrogantes: qué pasa cuando la canción es meramente narrativa, no nace de ningún estado de ánimo. Tampoco hay sentimiento, sino interés en una canción que “fabrica” un autor porque se la encarga un intérprete o la crea solo para participar en un festival y ganarse unos pesos. Hay canciones con historias ficticias, autores que cuentan lo que le ocurrió a otra persona, así que no siempre habrá sentimiento ni siempre la esencia será que cantan emociones o vivencias reales del autor.

Se ha demostrado ya que la mayoría de canciones vallenatas no son narrativas, así que esa forma expresiva tampoco es la esencia; que no todo vallenato nació en los campos y potreros, luego no depende de dónde se hace y que, si algunos creen que la poesía es su principal polo, no sé qué tiene de poesía canciones vallenatas como “La puerca”, “La perra”, “La yuca y la tajá”, “La espelucá” o “Me tiene pechichón” (más conocido como “El hombre es como el perro”).

Nos toca esperar que, desde la musicología nos den las respuestas que hasta ahora nadie tiene. Lo que sí he notado es que, los melómanos desde su habituación y su experiencia sonora, toman posiciones y aceptan como vallenatas algunas ofertas, otras no tanto, lo que quiere decir que sí tienen una línea divisoria, imprecisa, pero existente. Por ejemplo, si se trata de una nueva forma, al menos debe permanecer la instrumentación. Si el paseaito lo graban sin acordeón, caja y guacharaca, ya borra todo nexo. Y si cambia totalmente la instrumentación, los patrones rítmicos o las formas ya legitimadas deben permanecer. Es decir, para que sea aceptado como vallenato, algún rudimento debe mantenerse, como dice Zuleta “El maco se suelta de las patas cuando está agarra`o de la cola”, una forma provinciana de parafrasear la tesis de Schenker de la conciencia permanente en la música, que puede explicar que en el vallenato no hay una esencia única e inamovible, sino contingente.

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