Por Weildler Guerra Curvelo*. 

La actitud de los distintos gobiernos sudamericanos frente a las marchas y protestas que hoy convulsionan nuestro continente nos llevan a evocar la llamada Guerra de Canudos sucedida en el nordeste de Brasil en 1897. La figura principal de este movimiento fue Antonio Maciel, conocido como el Conselheiro, un ser único con escasa formación educativa y limitado a unas pocas lecturas religiosas pero dotado del carisma propio de los alucinados. Los hechos que ocurren hoy en todo el continente nos muestran que aún no hemos aprendido las dolorosas lecciones de Canudos.

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El no haber identificado un espectro ideológico en donde situar a Maciel y a sus seguidores y el no tener claridad sobre lo que buscaba este movimiento milenarista llevó al gobierno brasilero de entonces a elaborar una serie de teorías conspirativas para justificar una represión brutal. Las objeciones de Maciel a la instauración del matrimonio civil y a la expulsión de Brasil de la familia real que había firmado la liberación de los esclavos fue suficiente para culparlos de encabezar una conspiración restauradora de la monarquía con ramificaciones nacionales e internacionales, una especie de foro de Sao Paulo de la época.

Los heterogéneos seguidores de Antonio Conselheiro fueron vistos como seres irracionales y antipatriotas opuestos al avance del progreso y la modernidad, dotados de un fanatismo cegador que actuaba contra los ideales y las normas de la república. Ello expresaba también el desconocimiento en el centro mismo del régimen republicano de las diversas trayectorias históricas y culturales que dieron lugar a las gentes del sertón. De esta manera el termino yagunzo que usualmente significaba guardaespaldas a sueldo, pero también bandido, sirvió para incluirá a todos los habitantes de Canudos en una misma categoría condenatoria. Todo ello justificó una represalia desproporcionada de las autoridades brasileras y una masacre inhumana que está registrada en la emblemática obra Los sertones del periodista Euclides Dacuña que inspiró muchas décadas después la novela de Vargas Llosa La guerra del fin del mundo.

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El exterminio de las gentes de Canudos no hubiera sido posible sin el apoyo encubridor de la prensa. Desde los medios vinculados a grandes intereses políticos y económicos se elaboró un estereotipo sobre los partidarios de Maciel que los presentaba como herejes, monárquicos y bandidos que servían a ideologías exóticas. En octubre de 1897, luego de superar la resistencia de sus pobladores ante tres poderosas expediciones militares Canudos cayó ante el avance devastador de las tropas oficiales. Ello implicó la muerte de miles de mujeres y niños y el degüello de los prisioneros.

Hoy no es posible siquiera ver sus ruinas pues la construcción de una represa anegó el lugar en donde Antonio Conselheiro tuvo su lugar de predicas como para borrar cualquier vestigio de su memoria perturbadora. Desde allí el anunció el fin del mundo y se pronunció contra la república, el censo y el sistema métrico decimal. No habrá democracias plenas en Sudamérica si nuestros gobiernos ven en cada estudiante a un yagunzo, en cada dirigente opositor a un Conselheiro y en cada país a un Canudos.

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