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Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

La migración es uno de los grandes epifenómenos de la actualidad. Muchas veces forzada por una gran amenaza: las guerras en países árabes, la hambruna en Somalia o Etiopía, la falta de oportunidades en Marruecos, el hambre, la hiperinflación y el desempleo en Venezuela, la violencia e inequidad en Colombia. Pero, en estos días, hemos sido testigos de una de las más grandes migraciones de la historia: la de cibernautas que huyen despavoridos de la amenaza del gigante Mark Zuckerberg a través de su robusta red social WhatsApp.

Se trata del polémico anuncio que, a partir del 8 de febrero, todo usuario que quiera seguir disfrutando de sus servicios gratuitos de mensajería instantánea, debe autorizar expresamente que sus datos como localización, número de teléfono, información de modalidades de interacción, preferencias, puedan ser compartidos con la otra marca de la empresa: Facebook. Como toda migración, las víctimas corren desesperadas a refugiarse al primer espacio vecino que los acoja, y es entonces que surgen Telegram, Signal y Skipe como redentora acogida a esa diáspora virtual. También, como todo desplazamiento, la gente acude a la fe, esta vez representada en cadenas virtuales de oraciones en las que se reza al omnipresente Zuckerberg “No autorizo, ni autorizo, no autorizo”, con la creencia ciega que esta irrompible cadena de súplicas, hará el milagro y su comunidad de origen, WhatsApp, los seguirá acogiendo sin que eso implique compartir sus datos. ¡Qué ilusos!, pero así es la fe, la ilusión que algo pase sin tener la certeza.

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En pocos días, Telegram recibió la inusitada friolera de 5.6 millones de usuarios según Apptopia, mientras a Signal llegaron pidiendo ser admitidos como “refugiados” 7.5 millones de migrantes virtuales. Estas aplicaciones hoy seducen migrantes con oferta de “visa” y promesas poco fiables de protección de datos. Una romería gigantesca de la que se aprovechan los creadores de fake news, en ese infame principio de “al caído, caerle”, diseminando alertas que ahora tanto WhatsApp como Facebook desencriptarán el cifrado extremo de nuestras conversaciones y podrán leer todo lo que escribimos, también las autoridades y eso “podrá ser usado en juicios en contra nuestra”, acceder a fotos, audios y toda información confidencial. Ante esto, en bola de fuego se ha visto la más grande comunidad virtual. Nada más vilipendiado, odiado y visto como abusivo en su posición dominante que las empresas del geniecito Zuckerberg.

Esta oleada, sospecho que será ocasional y es muy probable que, desinflada la burbuja de indignación, retornen los migrantes a manos de Zuckerberg. Entre otras cosas porque las olas son pasajeras, porque los datos de esos millones de cibernautas se capitalizan y se venden, y no estoy muy seguro que los dueños de Signal o Telegram tengan más piedad y ética que el Niño “Zuck”. Al fin y al cabo, la gran mayoría de empresas lo hace. Por ejemplo, las financieras, si no, cómo es posible que a los docentes de nombramiento en propiedad les llegue a diario llamadas y mensajes de empresas de crédito, seguros y otros servicios que uno no sabe cómo obtuvieron su contacto, cómo saben dónde tiene uno cuentas, a qué entidad le debe, qué tarjeta de crédito tiene. Lo hacen las empresas de telefonía, si no, ¿cómo Uribe Vélez obtuvo los contactos de usuarios de Comcel (hoy Claro) para enviarles mensajes de voz pidiendo votos para su re elección? Lo hace Gmail, Yahoo y Hotmail, note los mensajes que llegan a su correo sin que usted haya dado su contacto a esas empresas remitentes. Así que, no nos extrañemos que, por debajo o por arriba de la mesa, los nuevos espacios de refugiados, terminen haciendo lo mismo que el hoy desacreditado WhatsApp y nos venda al mejor postor. Así que a estos migrantes, les puede pasar como a los venezolanos que llegaron a Colombia buscando redención y encontraron decepción.

Yo entiendo así el problema que tanto asusta. Yo conozco dos hermanas, a una de ellas le di mi correo. A la otra mi número de contacto y ubicación de donde vivo. Una de ellas, me pide, que la autorice que la otra le pase los datos míos que tiene. Amigos, si yo no le doy el permiso, ¡igual los va a obtener!, son hermanas. Diversas fuentes han divulgado que ya desde hace varios años, Facebook tiene la información de los usuarios de WhatsApp, de allí que en la Comunidad Europea haya sido objeto de duras sanciones económicas. Lo que están haciendo ahora con ese consentimiento, es “legalizar” lo que ya vienen haciendo para evitar sanciones futuras. Como dice Diomedes, “Ya eso es clavo pasao”.

También, esta migración masiva desnuda el gran temor de la posmodernidad: ser vigilado; y que cada día se cumple en el mundo digital la profecía literaria del Gran Hermano de George Orwell. Vivimos en un mundo panóptico, siempre hay una garita que nos vigila como presos; hay ojos que siguen nuestros movimientos como si estuviéramos en un acuario. Sea en Face, WhatsApp, Telegram, Signal o Skype, nos monitorean, están “bien dateados” sobre nosotros y comparten y venden esa información como se ha evidenciado en procesos electorales, de inteligencia y comerciales.

Así que, migrantes de redes, ¡No huyan! ¡Están vigilados! ¡No hay escapatoria! No hay el tal refugio seguro, el Gran Hermano es ineludible a no ser que usted no tenga vida digital. Ah, y los amigos que quieran seguir chateando conmigo, no insistan en que migre. Ya me resigné, ya estamos jodidos.

medinaabelantonio@gmail.com