Por Angel Roys Mejía

Esta relación estrecha de pertenencia, subordinación y apego está pasándose de la raya. La generación animalista, que cada día es más vegana, que ha humanizado su relación con las mascotas y el medio ambiente; es la misma que se metamorfosea en su vehículo.  El carro en su materialidad y precio sustituye títulos, estrato y dignidades. Subvierte el valor de lo social en una comunidad que le cuesta sanar endemias como las dejadas por sus bonanzas.

Hemos construido una relación con el vehículo preñada de estatus, comodidad y ostentación que nos hace suponer que el carro es una extensión de nuestra propia existencia, con determinación para interrumpir el derecho a la movilidad y los afanes de otro, cuando compramos, saludamos, o subimos el volumen para que los demás sepan que además, mi carro canta. La molestia del que viene detrás la superará con seguridad y si no, «¡Que pase por arriba!».

En una oportunidad le escuche un comentario a un observador de las tradiciones regionales, sobre la particular manera de bajar la velocidad de los vehículos y entablar conversación con el de al lado, su tesis apócrifa es que eso provenía de los ancestros que andaban en “bestias” (burros, caballos o mulas) por los caminos de herradura. Cabalgamos y hablamos en las bestias metálicas como propietarios individuales del camino, de la vida, del tiempo.

Las grandes urbes libran una batalla por disminuir los parques automotores por su impacto en el tráfico diseñando medidas restrictivas como el pico y placa que terminó incentivando la compra de vehículos, en la lógica de propietarios por disponer de una identificación alterna que les posibilitará circular sólo cambiando de carro según el día. Fracasaron también los sistemas de transporte masivo en correspondencia con ciudades que sólo planearon para lidiar el tránsito con automóviles.

Los vehículos sustituidos por antigüedad, por obsolescencia, por cilindrajes poco económicos y por otras tantas diversas razones se convirtieron en oportunidad para compradores de ciudades pequeñas. Riohacha está plagada de vehículos con placas de muchas partes y existe una compleja red de vendedores que inclusive pagando lo convenido ubican el automotor en la ciudad a pedido del cliente. Antes este sistema funcionaba con los llamados “carita e nene” de origen venezolano. Una muestra más de como el poder adquisitivo se reinventa.

He leído una anécdota de Franklin Gómez de su texto inédito que refiere una disparidad de percepciones. Hasta hace poco circulaban por la ciudad los legendarios Ford Zefhir cuyos conductores tenían que bajarse a abrir las puertas condenadas desde adentro y los turistas agradecían la amabilidad del servicio pensando que era una muestra de cortesía.  Es tendencia entre varones que prefieren prestar la mujer y no su auto, porque por lo menos de su pareja sabe por dónde recibirá el maltrato, elevando a proverbio popular este pensamiento desdeñador que niega todo vestigio de civilización porque es más fácil acusar a un sexo que excusar al otro como afirma Montaigne.

Urbanísticamente la ciudad ha achicado sus andenes arrinconando a los peatones para anchar sus calles; en el centro el vehículo ha colonizado en movimiento y en reposo la locomoción y mientras el número de vehículos por habitantes se dispara, las nuevas vías y las calles en buen estado se estancan o se deterioran.   Es tan notoria la preponderancia del automóvil que poco ha sentido la transición del combustible más barato de antes al precio más alto de toda la región ahora. Dentro de mi carro con el aire al máximo, el oscuro polarizado, un ambientador, un refresco y la música a todo timbal; ni los huecos, la ciudad estrecha, el clima, o la humanidad tiene sentido. Solo soy mi carro y yo.