Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

La mirada abarcadora  de los estudios culturales, cada vez pone más el lente en el tema de los “esencialismos estratégicos” como lo denominó Gayatri Spivak. En especial, en la manera cómo, algunas personas se han venido agrupando  y creando una simbología indígena como estrategia para reclamarle y demandar del Estado, mayores posibilidades de acceso a la tierra, la educación, la salud y hasta compensaciones y autonomía. Uno de estos estudios, es el de la argentina Melina Gaona, titulado “Hacerse el indio: Repertorios estratégicos de visibilidad para demandar” que trata sobre colectivos, supuestamente indígenas en Jujuy. La autora, revela cómo personas citadinas, se han organizado y enarbolan banderas y portan vestuarios como pueblos ancestrales en desfiles y protestas como estrategia para reclamar programas sociales del gobierno.

No olvidemos que  en La Guajira, Oneida Pinto y Cielo Redondo, basaron su estrategia de defensa ante la justicia colombiana, impostando una identidad como indígenas wayuu. Pasa, incluso, en movilizaciones que los guajiros organizan o se vinculan en Bogotá: no falta la manta  ni el maquillaje wayuu, pero son  reconocidas personas afros o criollos. Hasta en los concursos musicales, adoptar un vestuario indígena tiene sus réditos. Como el que tramita fraudulentamente  una certificación como indígena y así lograr descuentos en matrículas  universitarias o pasar al régimen subsidiado con sus beneficios en salud.  Todas estas son formas de “hacerse el indio”; son ilustraciones del llamado esencialismo estratégico, identidades que son como una ropa, se quitan y se ponen según la conveniencia.

En Colombia se ha vuelto común que, emerjan colectivos demandantes, los cuales, se autoproclaman como “pueblos originarios o precolombinos”. Algunos de ellos, han contado con la suerte que el Ministerio del Interior, desde su departamento de etnias, les certifique como “minoría étnica”, muy a pesar que se trata de población criolla, urbana, de jeans y zapatillas y que, quizás, lo único que les queda de un pasado muy remoto indígena, es una nostalgia y un apellido- aunque, para dar un ejemplo, tener un apellido español, no me hace español-.   Son personas que han nacido,  crecido y viven como criollos, en un entorno citadino, con valores, usos y costumbres  contemporáneos y posmodernos. ¿Será que por una “sanguaza” ya poco rastreable, se pueden convertir en indígenas de la noche a la mañana?   

De tal manera que, en Bogotá ya hay muchos rolos que por teatralizar algunos antiguos rituales, ya quieren que se les reconozca como muiscas; en Malambo, “bacanes” que han logrado que se les certifique como mokanás, aunque estas etnias, se extinguieron desde hace más de tres siglos. Con esa tendencia, vamos a revivir los cientos de grupos étnicos ya extinguidos y se sumarían a los 87 aún existentes. Se viene la pregunta: ¿se puede revivir una etnia ya extinguida solo porque algunas personas, decidan, con algún interés, volver a  un vestuario étnico y actualizar un viejo ritual?

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Frente a esto, la identidad ya no es lo mismo que se entendía antes, como monolítica; no es una esencia sino una contingencia. Alguien puede tomar la decisión de convertirse en emo, punkero, hippie; también conozco “cachacos” que se internan en la comunidad wayuu o de la sierra nevada y adoptan una identidad indígena. Es decir, a nadie se le puede prohibir adoptar una identidad indígena, es su grupo de adscripción, pero no de parentesco, ni de pasado común. También es común que indígenas urbanizados y occidentalizados, decidan después un proceso de re-indianización, totalmente válido.

Lo que es cuestionable es que, ciertas personas se apropien de imágenes ancestrales, las cuales teatralizan para demandas ante el Estado. Inician con la solicitud de reconocimiento como etnia, después van escalando y reclaman tierras para resguardo, asiento en los entes e instancias de decisión, autonomía en el manejo de los recursos de educación, salud, alimentación escolar, exigen crear sus `propias IPS y EPS; imponen como norma que se debe concertar y compensar toda intervención en sus territorios. Se evidencia entonces, que el ropaje de indígena, solo era una estrategia de conquista ante el Estado.  Se produce la paradoja de un colectivo urbanizado y posmoderno exigiendo demandas rurales, un pueblo emergente que quiere mostrase como “ancestral”.   

Ese proceso de neo-identificación se hace estratégico y funcional, solo con el propósito de construir un sujeto autoafirmativo, la identidad adoptada se convierte en un instrumento político para satisfacer necesidades. Consejo: No te hagas el indio.

*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

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