Por Vizo Arcieri.

Hacer entender a la familia y, en especial, a mi esposa, de la delgada línea que hay entre la realidad y la ficción en lo que escribo, no es fácil.

Algunos de mis relatos, cuentos o versos han comprometido, muchas veces, mi seguridad alimentaria y hasta la salud de nuestro matrimonio. He vivido incidentes que han estado a punto de desatar la Tercera Guerra Mundial dentro de nuestras cuatro paredes, como he contado varias veces.

La otra tarde ella llegó furibunda a la casa.

“Mira, qué fue lo que escribiste en Facebook que todos en la oficina me miraron con cara de picardía y me dijeron: “Véla ve, viene contenta””, me reclamó, como con ganas de matarme.

Había escrito unos versos con algo de erotismo a la una y cuarenta de la tarde, haciendo la digestión después de un almuerzo pesado y abundante, sin muchas especialidades, pero que representó un gran trabajo para mi flora intestinal.

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“Debió ser la coliflor asada con pimienta de cayena que inventaron hoy en el almuerzo”, le respondí a sabiendas de lo que se refería y porque consideré la coartada perfecta para garantizar mi inocencia.

Ella, extrañada, me volvió a preguntar: “¿Y qué carajo tiene que ver la coliflor del almuerzo con lo que escribiste?”. Me dio la espalda y me advirtió: “Espero que no hayas escrito nada de nosotros”. Y agregó en voz alta: “Además, no comimos coliflor en el almuerzo, que yo sepa”.

La miré hasta que cruzó por la cocina, pasó la sala y se metió al cuarto a deshacerse de los tacones y la ropa con la que había ido al trabajo. Se tiró en la cama a ver televisión. Solo hasta ese momento me sentí a salvo. Eran las 6:30 de la tarde. Suspiré.

“Fue un poema, mi amor, que escribí”, le dije con cierto susto, después del fallido argumento de la coliflor. Y era verdad. Un poema que describía la sensación de dos amantes que tienen un instante mágico de liberación de sus preocupaciones laborales y familiares. Se quedan semidesnudos obligados por el calor reinante, se meten al cuarto y encienden el aparato del aire refrigerado para ver las noticias como siempre, en silencio, después de almorzar. Sumidos en sus inmensas soledades.

Pero pasa algo que cambió el rumbo de la rutina y fue un roce de piel que los sacudió de pasión. La mujer apagó el televisor con el control desde la cama, justo cuando daban la noticia de un misil lanzado por Corea del Norte para asustar a los gringos. En ese instante acepta la propuesta de amor de su esposo, en medio de la guerra en televisión.

Hacen un amor fogoso, sin antecedentes, a sabiendas de que, en poco tiempo, ambos tenían que salir en voladas a cumplir las obligaciones de sus vidas cotidianas y aburridas.

Ese afán –y el misil de la Corea comunista surcando los cielos– pudo motivar un sexo distinto al de siempre. Fue un momento de gloria en que los esposos, al reincorporarse para ver el final del noticiero, se dan un beso en la boca, se juran amor eterno y se visten de nuevo para regresar a trabajar, como si nada hubiera pasado y, además, con la felicidad de no saber si el misil de Corea del Norte había llegado a su destino y explotado en mil pedazos.

Lo último que vieron fue la cara sonriente del adolescente Kim Jong-un, amo absoluto de la Corea roja, recibiendo la idolatría de su pueblo, en una manifestación prefabricada en que la gente histérica se mataba por tocarlo como si fuera un dios regordete y mal motilado.

Por ventura, mi esposa no volvió a tocar el tema del poema erótico en cuestión. En la noche, acostados, hablamos de lo saludable que era incluir coliflor en la dieta y, sobre todo, de un punto trascendental del que no nos habíamos dado cuenta y que ella recordó: “De ahora en adelante debemos ver menos noticieros al mediodía y quitarnos más la ropa después de almorzar”. Me miró, se sonrió con picardía y dijo: “Te amo”.

Pero no siempre salgo victorioso de todos los episodios que escribo. Como la vez que conté cómo un olor nos puso en ascuas y a punto de llamar a Salud Pública para que lo erradicara. Casi me echan de la casa cuando se enteraron. “Qué va a pensar la gente, que somos desaseados”, dijo mi mujer.

Esa vez me di en mi propio pellejo con mi mismo puñal. Fui quien le empecé a leer el relato, burlándome de lo que a veces se vive en familia, en especial durante esta pandemia. El olor provenía de un agua estancada de un recipiente que tienen, en la parte de atrás, todas las neveras. Aquello fue Troya. Debí suspender la lectura del relato y mi esposa, esa noche, no durmió conmigo. “Yo no me opongo a que escribas, pero esas cosas no se cuentan”, me dijo desde el vano de la habitación con sus dos almohadas apretadas contra su estómago. “Y por acá no vengas, me voy a dormir con mi hija”, dijo.

Nos reconciliamos dos días después. Desde entonces trato de no enterarla mucho de lo que escribo. Las confusiones se prestan para malos entendidos. Y no siempre es mejor que la ficción supere a la realidad.

Ahora que estoy terminando este relato, siento que el problema de la realidad y la ficción me hará pasar otro mal rato. Será más complicado, más aún de lo que a veces es en mi propia casa este tipo de asuntos. Porque será, desde este instante en adelante, muy difícil que pueda convencerlo a usted, que tuvo la paciencia de leer esto, que lo escrito no corresponde a la estricta realidad, que puede ser pura ficción e, incluso, que los personajes que describo no lo son en verdad. Pueden parecerse a las personas a las que me refiero, pero finalmente son otras, que pueden parecerse a la que todos creen que son. Pero no son.

Créanme, no es fácil explicarlo. Y mucho menos para mí, que me juego el pellejo una vez ponga el punto final de este relato y lo publique en las redes para que la gente se ría un poco o nos mande al carajo, si considera que no valió la pena.

Es tanto el enredo de la vida real con la imaginaria o creativa, que no puedo apostar, y esto es serio, que vuelva a escribir algo para compartirlo con quienes tienen la generosidad de leerlo.

Creo que este podría ser, en palabras finales, el último relato que escribo, o el último que publico. Pero sea lo que sea, yo también trataré de salir de mi laberinto para saber si de verdad soy yo quien escribió esto, o fue otro que se apoderó de mí y escribió lo que quizás yo no quería contar. Pero lo cuento… así le caigan truenos y centellas.

De todas maneras, como dice un amigo: “Dios es grande y poderoso (y sabe leer bien, agregó)”.

Cartagena, marzo 24 del 2021.
En los tiempos del fin del mundo.