Por Luis Eduardo Acosta Medina
«Al escritor García Márquez hay que hacerle saber bien que uno la tierra donde nace es la que debe querer».
Hemos recordado el aparte que antecede de la canción «Aracataca espera», de Armando Zabaleta, a propósito del Proyecto de Ley que se encuentra en trámite en la Cámara de Representantes, por el cual la Nación se vincula a la celebración del centenario del nacimiento del nobel de Literatura Gabriel García Márquez. Hasta ahí todo me parece perfecto, pero hay un detalle respecto del cual estamos llamando la atención de los parlamentarios guajiros, porque ellos no pueden seguir guardando silencio ante la gran injusticia con La Guajira. Se registró su ponencia positiva el 3 de junio reciente.
Resulta que, al parecer, quienes participaron en la redacción del bien intencionado Proyecto de Ley, que he sabido se encuentra dando vueltas en la Comisión Segunda de la Cámara Baja, no han leído ni Cien años de soledad, ni El amor en los tiempos del cólera, tampoco Vivir para contarla, las obras que más me gustan del póstumo homenajeado.
Al descender en la lectura del precitado Proyecto de Ley no es difícil observar que en su artículo 1 dice que con el acto conmemorativo se busca «reconocer la influencia en su vida y en su formación de escritor de los municipios de Zona Bananera y Ciénaga, Sucre, en el departamento de Sucre, Zipaquirá, en Cundinamarca, Cartagena, Barranquilla y Bogotá». Toca estar ciego o no haber pasado los ojos sobre las obras que he mencionado para no echar de menos a La Guajira allí. Nuestra tierrita fue totalmente ignorada, no sé si por ignorancia o si fue deliberado.
Ningún colombiano podrá decir que es inmerecido, inconveniente o inoportuno que la Nación se vincule a esas efemérides, porque nadie merece por bonito; pero, del mismo modo y con toda energía, La Guajira sí tiene que levantar la voz respecto a la injusticia que se pretende cometer al desconocer la profunda influencia, sanguínea y vivencial de La Guajira y de su madre y abuelos guajiros en la formación y la obra de Gabo.
La huella indeleble de la península en su obra es incontrovertible, a partir de Cien años de soledad, en la cual se hace referencia, inclusive, al inmortal Francisco el Hombre, nacido y criado en Galán y que murió en Machobayo, en La Guajira, y no en Bolívar, ni Sucre, ni en el Atlántico. Al juglar se refiere como un anciano trotamundos de más de 200 años que viajaba tocando acordeón y cantando, llevando noticias y recados; igual hace referencia al contrabandista guajiro José Prudencio Aguilar, a quien había conocido en Villanueva cuando se dedicaba Gabo a la venta de libros. Ingeniosamente relata en la novela su muerte accidental causada por José Arcadio Buendía en una gallera, por un tema de faldas, convirtiéndose el crimen en un fantasma que perseguía a José Arcadio porque el espíritu del muerto se le aparecía.
También en Cien años de soledad recreó Gabito lo que le contaban sus abuelos maternos, que eran guajiros, refiriéndose a Cataure y Visitación, quienes trajeron a Macondo la peste del insomnio y también fueron los responsables de que los niños José Arcadio y Amaranta Buendía aprendieran primero la lengua guajira (wayuunaiki) que el castellano.
Tampoco se dieron cuenta de que lo primero que se le vino a la cabeza a Gabo para escribir y publicar El amor en los tiempos del cólera fue la canción de Leandro Díaz «La Diosa Coronada», de la cual transcribió preliminarmente la parte del relato cuando dice: «En adelanto van estos lugares, ya tienen su Diosa Coronada». El autor nació en la vereda Los Pajales, muy cerca del corregimiento de Hatonuevo, en La Guajira, y no en la región sabanera, ni en la Zona Bananera, ni en Barranquilla.
Del mismo modo encontramos la huella indeleble de La Guajira en su obra cumbre cuando se refiere al tema de la muerte y su importancia en los usos y costumbres de la región más desértica de Colombia, y destaca a Úrsula Iguarán como una auténtica wayuu, que no se asusta ante la presencia silenciosa del yolujá (espíritu), sino que adopta un comportamiento compasivo y generoso, y le brinda sus atenciones con el agua que le coloca en un rincón de la casa.
En su obra Vivir para contarla, que he leído dos veces, deja clara la trascendencia de La Guajira en sus recuerdos más sublimes, su cultura y su familia; por eso recuerda que en la casa de sus abuelos, en Aracataca, la comida se preparaba con los sabores de La Guajira, que la malanga tenía que ser de Riohacha, el maíz para las arepas de Fonseca y los chivos llegaban salados de la Alta Guajira. Igual se refiere a los usos y costumbres de los wayuu, su sistema de justicia; destacó la importancia de «la Ley Guajira», donde las agresiones debían ser resarcidas por la familia del agresor.
Se dice que el 6 de marzo, día del natalicio, sea el «Día Nacional de la Imaginación y la Literatura», pero si no se subsana esa monstruosa omisión del nombre de La Guajira estamos sirviendo el plato en una mesa cuadrada que solo tiene tres patas. Es como si tampoco supieran que Luisa Santiaga, la madre del nobel, hubiera nacido en Barrancas, y tampoco saben que la luna de miel de Gabriel Eligio García y Luisa Márquez fue en Riohacha, en la calle 3 entre carreras 6 y 7, en la casa de sus familiares, la familia Márquez Iguarán.
Si todavía hay dudas de lo que estamos diciendo, un elemental cómputo de los términos, como lo hacían nuestras abuelas, a partir del día de la boda de los padres de Gabo, el 11 de junio de 1926, y el 6 de marzo de 1927, cuando el autor nació, transcurrieron nueve meses exactos. Luego se infiere que su papá embarazó a su mamá en Riohacha, arrullados por las olas del mar que estaban a dos cuadras de allí, y no en el Magdalena, trasnochados por el traqueteo del paso del tren. Si alguien tiene otras cuentas, que sume y reste, que le dará lo mismo; por lo tanto, La Guajira sí fue no solo importante, sino trascendental.
La tapa de la cajeta está en un libro que Amylkar, mi hermano, me regaló: Una vida. El autor es Gerald Martin, un escritor británico. Él, como si hubiera jugado boliche con el nobel de Literatura, narra la biografía de Gabriel García Márquez. Ese señor llama la atención sobre pasajes de las enraizadas costumbres wayuu en la familia de García Márquez. Dice, entre otras cosas, que: «La primera noche que pasó en la nueva casa, García Márquez recuerda tropezar con un saco que contenía los huesos de su abuela, el cual Luisa Santiaga había traído consigo para volverlos a enterrar en su nueva ciudad». ¡Cójanme ese trompo en la uña!
El que quiera más, que vaya a Monguí para que raspemos juntos el caldero donde preparan el dulce de leche; la raspadura es lo más sabroso. Uno va raspando, hablando y comiendo prójimo; se habla de todo el que pase.
