Quien llega al espacio abierto frente al Museo Arqueológico de Aruba se sorprende al encontrar una canoa azul y blanca, decorada con antiguos grafismos indĆgenas. Tiene una vela que se hincha ante los vientos del Caribe y posee remos para que los niƱos de la isla puedan subirse en ella con la ilusión de navegar. ĀæCómo llegó esa canoa wayuu a una de las históricas Islas de los Gigantes?
Todo comenzó una tarde de 2012, cuando el entonces primer ministro Mike Eman visitó La Guajira y se reunió con gremios, autoridades y lĆderes indĆgenas. En Camarones, el primer ministro se impresionó al ver una pequeƱa canoa wayuu junto al mar. Siempre se habĆa preguntado en quĆ© tipo de troncos los pueblos prehispĆ”nicos surcaron el Caribe y poblaron sus islas. Ante un grupo de pescadores wayuu, pidió que se obsequiara una embarcación a los niƱos de la isla, para que pudieran verla, palparla y subirse en ella, y no tuvieran que imaginarla, como le ocurrió a Ć©l de niƱo, cuando su profesora hablaba del poblamiento amerindio.
En pocos meses, la hermosa canoa āpintada y decorada con la delicadeza con que una mujer se maquilla el rostro, dotada de sus aditamentos tradicionalesā fue desembarcada en Aruba. El primer ministro la recibió en el puerto, y fue descubierta solemnemente ante la población de la isla.


Ese acto me recordó los centenarios nexos entre Aruba y la penĆnsula de La Guajira. RecordĆ© que los caquetĆos ālos indĆgenas que poblaron Aruba, Bonaire y Curazaoā y los wayuu hablaron lenguas de filiación arawak. Que MarĆa de AmpiĆ©s, quien habĆa heredado de su padre la administración de las Islas de los Gigantes, fue agasajada con varios dĆas de fiesta en 1544, con corridas de toros y juegos de sortijas, cuando llegó al Cabo de la Vela, donde tenĆa intereses perleros.
Recuerdo el sabor de los quesos holandeses, los encurtidos, las latas de petit pois, el bacalao seco, las mantequillas saladas. Curazao y Aruba fueron durante siglos nuestra ventana al mundo. Una ventana que quienes ejercen el poder desde las montaƱas de Colombia han querido cerrar para siempre con clavos de hierro.
Hoy esa canoa envejece, curtida por el viento, el sol y la arena. Sus colores se apagan con los aƱos, como se apagan las certezas que nadie alimenta. DeberĆamos enviarle una hermana: otra embarcación cargada de grafismos e historia, ahora que Mike Eman ha vuelto al cargo y podrĆamos reafirmar ese vĆnculo con un gobernante amigo.
Renovemos entonces la canoa, para que siga sorprendiendo a los ciudadanos de distintos paĆses que visitan la isla, para que los niƱos de Aruba continĆŗen jugando a navegar en ella sin saber que llevan un fragmento de nuestra memoria. Porque, como enseñó Marcel Mauss hace tiempo, en todo don va algo de quien lo entrega: un alma que viaja con el objeto y nunca lo abandona del todo. Esa canoa āvieja, curtida, sustituible en lo material, pero insustituible en el ideal que representaā seguirĆ” siendo entonces un regalo guajiro a los habitantes de Aruba, y en cada niƱo que se suba a ella, y en cada ola que la mueva, seguirĆ”n zarpando juntos, hermanados por el mismo mar, dos pueblos.
