La bolsa no se fue…

Por Matty Gonzalez F

Entre lo ‘eco’ y lo cotidiano, el hábito persiste y va dejando huellas en el paisaje que el viento empuja hacia el mar.

En La Guajira, el viento es sistema. No solo mueve la arena: ordena el territorio, desplaza lo que encuentra, lo levanta y lo deja en otro lugar. Así, fragmentos de la vida cotidiana cruzan calles, se enredan en cercas, quedan atrapados en lotes y riberas, hasta terminar, casi siempre, en el mar Caribe.

Durante años, muchas de esas huellas han sido bolsas plásticas.

Hoy, Colombia intenta cambiar esa historia. El impuesto a las bolsas, vigente desde 2017, y la Ley 2232 de 2022, en implementación desde el 7 de julio de 2024, marcaron una ruta: reducir la circulación de plásticos de un solo uso, muchos de ellos entregados en los puntos de pago de comercios, donde comienza un recorrido que con frecuencia termina en ecosistemas costeros frágiles.

Pero el cambio, en la vida real, no ocurre en línea recta.

—Se me quedó la bolsa.

Dilia lo dice frente a la caja de un supermercado en Riohacha. El cajero le pregunta si necesita bolsa y esboza una sonrisa leve, como si ya conociera la respuesta. Ella duda un segundo. No la trae. Él extiende un saco reutilizable. Tiene costo. Ella paga. Y suma otro más.

A unos metros, otro día, en otro almacén, Margarita debate su elección. Observa los sacos reutilizables y luego las bolsas biodegradables que ofrecen.

El cajero espera. Margarita toma la decisión: paga por la bolsa biodegradable. La escena revela dos caminos posibles: reutilizar de manera constante o confiar en la alternativa “verde” de un solo uso. Ambos reflejan la transición que aún no se ha completado en los hábitos de consumo.

En la fila del supermercado, entre productos y decisiones rápidas, conversamos. Compartieron cómo viven en la práctica el uso de bolsas reutilizables en su día a día.

—“Yo sí tengo bolsas en la casa… un poco. Pero siempre se me quedan, uno sale es apurado y ajá… toca comprar otra”, dice Dilia mientras organiza los productos.

Margarita sostiene la bolsa biodegradable, la mira con duda y comenta:

—“Yo trato de no usar tantas, pero cuando no traigo, me toca resolver aquí mismo”.

La escena no es aislada. Es patrón.

En muchas casas hay una bolsa llena de otras bolsas: sacos reutilizables, bolsas de tela, plásticas, algunas casi nuevas. Se acumulan en cajones, detrás de puertas o en el carro.

La política pública ambiental logró intervenir el objeto, pero en la práctica cotidiana el cambio avanza a otro ritmo. Durante años, la bolsa hizo parte de una rutina automática que no exigía decisiones. Hoy, en cambio, aparece como una elección constante, y en ese gesto —recordar llevarla o no— se empieza a medir el alcance real de la transformación.

Pero no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que el consumo no dejaba rastro inmediato. Antes de los años 80, las compras en plazas de mercados de La Guajira y el Caribe funcionaban distinto. Canastos tradicionales, bolsas tejidas en fibra de fique, totumas grandes y bolsas de tela cosidas a mano acompañaban las compras.

No existía un discurso ambiental como el de hoy, pero sí hábitos cotidianos que formaban parte de una manera de vivir. Eran prácticas sencillas, casi naturales, que, sin proponérselo, contribuían a generar menos basura y a contaminar menos.

En las tiendas de barrio, la venta era a granel. El tendero pesaba el arroz, el azúcar o los granos y los envolvía en papel de estraza —ese papel marrón, resistente, que muchas veces provenía de sacos reutilizados de harina o azúcar—. Con él formaba cucuruchos doblándolo con precisión hasta convertirlo en un envase improvisado pero eficaz. Incluso, en algunas regiones, la carne llegaba envuelta en estraza o en papel de periódico.

Quienes crecieron en esos mercados lo recuerdan con precisión. No era solo la compra, era el gesto. El doblado del papel, preciso, con la punta levantada, cerrando el paquete sin cinta ni plástico. Un pequeño arte que no todos lograban imitar.

Todo estaba dispuesto en muebles de madera que guardaban un olor particular, mezcla de granos, harina y tiempo. Era una experiencia sensorial que hoy sobrevive más en la memoria que en la práctica.

La llegada de la bolsa plástica cambió esa lógica. Ligera, barata y masiva, transformó la relación con el consumo y normalizó lo desechable.

Con ese cambio, el impacto empezó a hacerse visible, primero en el consumo y luego en el ambiente.

Según el PNUMA, millones de bolsas plásticas terminan cada año en los océanos dentro de los 11 millones de toneladas de plástico que entran al mar.

Grupo de niños voluntarios participa en una jornada de limpieza de manglares en Riohacha, La Guajira, recolectando residuos plásticos como parte de acciones de cuidado y protección ambiental

Se estima que más de 800 especies marinas se han visto afectadas por la contaminación plástica, principalmente por la ingestión o el enredo con bolsas y otros plásticos flexibles.

Desde una mirada científica, en conversación con este medio, Camila Andrea Pichón González, microbióloga y magíster en Gestión Integral de Áreas Costeras, explicó el comportamiento de los residuos plásticos en ecosistemas marino-costeros, abordando tanto su transformación a nivel microscópico como su impacto en la dinámica de estos sistemas.

“La mayoría de las personas piensan en la bolsa como un residuo visible, pero el problema más complejo empieza cuando deja de verse. En los ecosistemas marino-costeros, estos materiales no desaparecen: se fragmentan en microplásticos que terminan en el agua, en los sedimentos y en los organismos marinos. Se ha evidenciado que estas partículas no solo están presentes, sino que pueden actuar como vectores de bacterias, patógenos y contaminantes químicos, alterando procesos ecológicos fundamentales”.

Ese comportamiento no se queda en lo invisible. También se manifiesta en las dinámicas cotidianas del territorio.

En zonas como La Guajira, los residuos responden a la conectividad entre los sistemas urbanos y marino-costeros. Una bolsa plástica puede desplazarse por acción del viento a zonas clave para la pesca artesanal.

En ese contexto, Juan Pablo Álvarez, ingeniero pesquero vinculado al análisis de sistemas marino-costeros, dijo a Revista EntoRnos que el problema no se limita a la presencia del residuo, sino a su interacción directa con los espacios donde se desarrolla la actividad extractiva. Estos materiales alteran el hábitat operativo al modificar las condiciones físicas de trabajo tanto en el mar como en las zonas de desembarco, e inciden en la eficiencia de las artes de pesca, generando pérdidas de tiempo en las maniobras, mayor esfuerzo en la recuperación de redes y un desgaste progresivo del equipo.

Pero el impacto no se detiene en el agua. También es climático y está directamente ligado a la huella ambiental de lo que consumimos. Más del 90 % del plástico se produce a partir de combustibles fósiles, y su ciclo de vida genera cerca del 3,4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, de acuerdo con la OCDE.

Desde una mirada ambiental más amplia, Beatriz Ferreira Tilano, gestora ambiental y de sostenibilidad de la Fundación INUBAC, al ser consultada por EntoRnos, planteó que el uso de bolsas plásticas responde a una lógica que ya no es viable. Aunque se ha normalizado, advierte, “representa un costo ambiental que supera con creces su utilidad efímera”, evidenciando que el modelo lineal de “usar y tirar” resulta hoy completamente insostenible para los ecosistemas y exige una transformación urgente en los hábitos cotidianos.

Como ejemplo, destacó iniciativas donde la sostenibilidad se articula con la cultura, como una estrategia de economía circular implementada en el Carnaval de Barranquilla, que permitió recuperar 2.450 metros de material de vallas publicitarias para la elaboración de 1.000 bolsas reutilizables.

Lo que antes fueron lonas y vallas del Carnaval hoy son bolsos reciclables

Pero más allá de estas iniciativas, el desafío sigue siendo estructural. Brigitte Baptiste durante una visita reciente a La Guajira, la bióloga, científica e investigadora colombiana —reconocida por proponer nuevas formas de concebir la relación entre la naturaleza y la cultura— aportó otra capa a esta conversación: la del cambio cultural que aún está pendiente, advirtió que el problema de los plásticos no se resuelve únicamente con regulaciones generales, sino con respuestas construidas desde las realidades locales.

Se refirió a una preocupación visible en el territorio: la contaminación de playas y entornos naturales por residuos, especialmente plásticos.

Durante el diálogo, surgió una pregunta recurrente en la región: si ya existen fechas como el Día Mundial del Medio Ambiente —que buscan generar conciencia, promover cambios de comportamiento y fortalecer el cuidado del entorno—, ¿por qué aún se siguen viendo prácticas como arrojar basura en playas o el manejo inadecuado de residuos?

Frente a esto, Baptiste señaló que, aunque estas fechas buscan generar conciencia, todavía se quedan en lo simbólico. “Deberíamos haber convertido este día casi que en una fiesta nacional, pero de soluciones sostenibles”, afirmó.

Al referirse específicamente al plástico, lo describió como un problema generalizado que afecta a distintos territorios, pero que en lugares como La Guajira requiere miradas diferenciadas debido a sus condiciones climáticas y a las formas en que se usa este material.

La paradoja de lo «Eco»

De acuerdo con cifras del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y datos del Departamento Nacional de Planeación, hoy se estima que un colombiano utiliza entre 15 y 18 bolsas al mes, una reducción frente a las más de 25 o 30 mensuales que se registraban antes de la implementación del impuesto en 2017, lo que evidencia una transformación progresiva en los hábitos de consumo, aunque aún marcada por la inconsistencia entre la intención y la práctica.

El sector plástico en Colombia genera más de 250.000 empleos y cerca del 4,2 % del PIB manufacturero, según cifras del DANE, y migró hacia nuevas alternativas en una lógica de economía circular que busca mantener los materiales en uso el mayor tiempo posible.

Aparecen así bolsas reutilizables y también bolsas “biodegradables».

Estas últimas, aunque se presentan como solución, no siempre lo son. Muchas requieren condiciones específicas para degradarse, condiciones que no necesariamente están disponibles en los sistemas convencionales de gestión de residuos. En la práctica, pueden terminar comportándose como cualquier otro plástico.

Las bolsas o sacos reutilizables, muchas hechas de polipropileno, deben usarse entre 10 y 50 veces para compensar su impacto ambiental, según estudios de ciclo de vida. Su sostenibilidad depende del uso prolongado.

En medio de esa transición, apareció otra protagonista.

Las bolsas de tela tipo tote bag —abiertas, con asas largas, casi siempre de algodón o lona, se convirtieron en un símbolo de un consumo aparentemente más consciente.

Aunque a primera vista parecen una opción más sostenible, su impacto no es tan simple. La producción de algodón —material predominante en estas bolsas— demanda grandes cantidades de agua, tierra y energía.

En algunos comercios, más allá de las grandes superficies, esta transición ya empieza a tomar forma. Aparecen bolsas de tela tipo quirúrgica —livianas, fáciles de doblar y transportar, consideradas “ecológicas” por ser reutilizables y reciclables, pero no biodegradables ni compostables— junto a bolsas biodegradables, ofrecidas como alternativas inmediatas al olvido del consumidor.

Mientras tanto, algunos establecimientos ofrecen cajas de cartón para quienes olvidan la bolsa o no quieren comprar otra.

Pero fuera de esos espacios formales, la realidad toma otro camino. En plazas de mercado y negocios informales persisten las bolsas plásticas de un solo uso.

Pero, en medio de esa rutina de olvido y acumulación, también aparecen escenas que muestran una relación distinta con el consumo.

En un aeropuerto en Colombia, un turista fue visto abordando su vuelo con una bolsa de supermercado colgada del hombro, usándola como maleta de mano. La escena, grabada por locales, se hizo viral.

Para muchos fue curiosa.
Para otros, reveladora.

Porque evidenciaba una práctica simple: usar lo que ya se tiene.

Lo que para algunos resultó extraño, en otros contextos hace parte de hábitos más consolidados. En varios países, reutilizar bolsas o evitar nuevos empaques no es excepción, sino parte de una cultura asociada a la sostenibilidad.

Desde una mirada más cercana a los comportamientos cotidianos, Sara Samaniego, conocida en redes como Marce la Recicladora, planteó en diálogo con Entornos que el debate no se limita a las bolsas en sí mismas, sino a la relación que las personas tienen con su consumo responsable. Para ella, este proceso deja una brecha entre la intención y la práctica.

“Más que un tema de la ley, siento que esto refleja algo más de fondo: puedes cambiar las reglas, pero si no cambia la conciencia ni los hábitos de las personas, el impacto se queda corto”,destaca.

Desde su perspectiva, el cambio ocurre cuando estos comportamientos se integran a la rutina diaria y dejan de ser una decisión ocasional. “Que llevar la bolsa propia sea casi automático, como salir con el celular o las llaves”, señaló. “Al final, más que sustituir materiales, el reto es transformar hábitos”, concluye.

Pero en La Guajira, ese reto no ocurre en abstracto. Se enfrenta a dinámicas territoriales, económicas y culturales que complejizan la transición y condicionan la forma en que estas medidas son percibidas en la vida cotidiana.

Desde la institucionalidad, el director de Corpoguajira, el ingeniero Samuel Lanao Robles, plantea que la reducción en el uso de bolsas plásticas empieza a notarse, especialmente en grandes superficies, donde han sido reemplazadas por opciones reutilizables. Sin embargo, advierte que ese avance no es uniforme en todo el territorio, ya que en el comercio local e informal el uso de bolsas plásticas tradicionales sigue siendo frecuente.

Estudios realizados en la Universidad de La Guajira han permitido ampliar la comprensión del problema de los residuos sólidos en ecosistemas costeros, evidenciando que no se trata únicamente de acumulación visible en playas, sino de un fenómeno asociado a la dinámica de manejo, disposición y arrastre de materiales en el territorio.

A pesar de iniciativas de economía circular como Kattoui en la Alta Guajira, en su territorio, las bolsas no son un concepto. Son paisaje. Al acumularse en matorrales y caminos, ha terminado por crear los llamados “bosques de bolsas”.

Olimpia Palmar, indígena wayuu y comunicadora social, nos lo cuenta desde su experiencia: “aunque hay esfuerzos por reutilizar y generar conciencia, en el comercio local aún se siguen entregando bolsas que no se degradan fácilmente. Así, el cambio cultural avanza más lento que la oferta del mercado, y lo que se intenta transformar desde la conciencia sigue siendo reforzado, en la práctica, por lo que se distribuye todos los días”.

La transición no es inmediata, pero sí inevitable. Reducir, reutilizar y replantear el consumo no es solo una respuesta a la regulación, sino una necesidad frente a la presión creciente sobre los ecosistemas y al desafío global del cambio climático.

Entre el olvido de Dilia y la duda de Margarita se dibuja el verdadero desafío: no reemplazar la bolsa, sino transformar el hábito que la sostiene.

Créditos fotográficos: Fotografías suministradas por las fuentes entrevistadas y otras obtenidas de redes sociales y plataformas digitales abiertas