La bolsa no se fue…

Por Matty Gonzalez F

Entre lo ‘eco’ y lo cotidiano, el hábito persiste y va dejando huellas en el paisaje que el viento empuja hacia el mar.

En La Guajira, el viento es sistema. No solo mueve la arena: ordena el territorio, desplaza lo que encuentra, lo levanta y lo deja en otro lugar. Así, fragmentos de la vida cotidiana cruzan calles, se enredan en cercas, quedan atrapados en lotes y riberas, hasta terminar, casi siempre, en el mar Caribe.

Durante años, muchas de esas huellas han sido bolsas plásticas.

Hoy, Colombia intenta cambiar esa historia. El impuesto a las bolsas, vigente desde 2017, y la Ley 2232 de 2022, en implementación desde el 7 de julio de 2024, marcaron una ruta: reducir la circulación de plásticos de un solo uso, muchos de ellos entregados en los puntos de pago de supermercados y comercios, donde comienza un recorrido que con frecuencia termina en ecosistemas costeros frágiles.

Pero el cambio, en la vida real, no ocurre en línea recta.

—Se me quedó la bolsa.

Dilia lo dice frente a la caja de un supermercado en Riohacha. El cajero le pregunta si necesita bolsa y esboza una sonrisa leve, como si ya conociera la respuesta. Ella duda un segundo. No la trae. Él extiende un saco reutilizable. Tiene costo. Ella paga. Y suma otro más. Luego, casi como una frase que ya no sorprende, admite que en su casa tiene varias, pero se le olvidan.

A unos metros, otro día, en otro almacén, Margarita debate su elección. Observa los sacos reutilizables y luego las bolsas biodegradables que ofrecen.

El cajero espera. Margarita toma la decisión: paga por la bolsa biodegradable. La escena revela dos caminos posibles: reutilizar de manera constante o confiar en la alternativa “verde” de un solo uso. Ambos reflejan la transición que aún no se ha completado en los hábitos de consumo.

En la fila del supermercado, entre productos y decisiones rápidas, conversamos. Compartieron cómo viven en la práctica el uso de bolsas reutilizables en su día a día.

—“Yo sí tengo bolsas en la casa… un poco. Pero siempre se me quedan, uno sale es apurado y ajá… toca comprar otra”, dice Dilia mientras organiza los productos.

Margarita sostiene la bolsa biodegradable, la mira con duda y comenta:

—“Yo trato de no usar tantas, pero cuando no traigo, me toca resolver aquí mismo”.

Hace una pausa breve y añade:

—“Estas por lo menos sirven después pa’ las canecas… uno las vuelve a usar en la basura de la casa. Igual yo también tengo varias guardadas”.

La transición está en marcha, pero no siempre se traduce en cambios sostenidos en la vida diaria.

La escena no es aislada. Es patrón.

La imagen se repite más de lo que parece.

En muchas casas hay una bolsa llena de otras bolsas: sacos reutilizables, bolsas de tela, plásticas, algunas casi nuevas. Se acumulan en cajones, detrás de puertas o en el carro.

La política pública ambiental logró intervenir el objeto, pero en la práctica cotidiana el cambio avanza a otro ritmo. Durante años, la bolsa hizo parte de una rutina automática que no exigía decisiones. Hoy, en cambio, aparece como una elección constante, y en ese gesto —recordar llevarla o no— se empieza a medir el alcance real de la transformación.

Pero no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que el consumo no dejaba rastro inmediato. Antes de los años 80, las compras en plazas de mercados de La Guajira y el Caribe funcionaban distinto. Canastos tradicionales, bolsas tejidas en fibra de fique, totumas grandes y bolsas de tela cosidas a mano acompañaban las compras. Cada objeto tenía una vida útil prolongada y una lógica clara: lo que se llevaba debía volver a usarse.

No existía un discurso ambiental como el de hoy, pero sí hábitos cotidianos que formaban parte de una manera de vivir. Se consumía con mayor medida, los objetos tenían una vida más larga y muchos empaques se reutilizaban antes de convertirse en residuos. Eran prácticas sencillas, casi naturales, que hacían parte de la vida diaria y que, sin proponérselo, contribuían a generar menos basura y a contaminar menos.

En las tiendas de barrio, la venta era a granel. El tendero pesaba el arroz, el azúcar o los granos y los envolvía en papel de estraza —ese papel marrón, resistente, sin blanquear, que muchas veces provenía de sacos reutilizados de harina o azúcar—. Con él formaba cucuruchos para semillas, dulces o pequeñas compras, doblándolo con precisión hasta convertirlo en un envase improvisado pero eficaz. Incluso, en algunas regiones, la carne llegaba envuelta en estraza o en papel de periódico.

Nada se concebía como desechable desde el inicio. Los mismos sacos que traían los productos se cortaban y volvían a circular convertidos en nuevas envolturas.

Quienes crecieron en esos mercados lo recuerdan con precisión. No era solo la compra, era el gesto. El doblado del papel, preciso, con la punta levantada, cerrando el paquete sin cinta ni plástico. Un pequeño arte que no todos lograban imitar.

Todo estaba dispuesto en muebles de madera que guardaban un olor particular, mezcla de granos, harina y tiempo. Era una experiencia sensorial que hoy sobrevive más en la memoria que en la práctica.

La llegada de la bolsa plástica cambió esa lógica. Ligera, barata y masiva, transformó la relación con el consumo y normalizó lo desechable.

Con ese cambio, el impacto empezó a hacerse visible, primero en el consumo y luego en el ambiente.

A nivel de consumo, el problema también es masivo: en el mundo se utilizan alrededor de 5 billones de bolsas plásticas al año, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la mayoría con un tiempo de uso de apenas minutos. En Colombia, antes de la implementación del impuesto, se consumían cerca de 24.000 millones de bolsas anuales, una cifra que muestra la magnitud del hábito que hoy se intenta transformar.

De acuerdo con estudios ambientales internacionales, cada año, millones de bolsas plásticas terminan en los océanos como parte de las cerca de 11 millones de toneladas de plástico que ingresan a estos ecosistemas. El PNUMA advierte que, aunque son livianas, las bolsas están entre los residuos más frecuentes en limpiezas costeras a nivel global y pueden recorrer largas distancias impulsadas por el viento, lo que facilita su llegada a playas, manglares y mar abierto.

Grupo de niños voluntarios participa en una jornada de limpieza de manglares en Riohacha, La Guajira, recolectando residuos plásticos como parte de acciones de cuidado y protección ambiental

Se estima que más de 800 especies marinas se han visto afectadas por la contaminación plástica, principalmente por la ingestión o el enredo con bolsas y otros plásticos flexibles. En el caso de las bolsas plásticas, su proceso de degradación puede tardar entre 10 y 20 años en empezar a fragmentarse, dando lugar a microplásticos que permanecen durante décadas en el agua y en los sedimentos marinos

Desde una mirada científica, en conversación con este medio, Camila Andrea Pichón González, microbióloga y magíster en Gestión Integral de Áreas Costeras, explicó el comportamiento de los residuos plásticos en ecosistemas marino-costeros, abordando tanto su transformación a nivel microscópico como su impacto en la dinámica de estos sistemas.

“La mayoría de las personas piensan en la bolsa como un residuo visible, pero el problema más complejo empieza cuando deja de verse. En los ecosistemas marino-costeros, estos materiales no desaparecen: se fragmentan en microplásticos que terminan en el agua, en los sedimentos y en los organismos marinos. Se ha evidenciado que estas partículas no solo están presentes, sino que pueden actuar como vectores de bacterias, patógenos y contaminantes químicos, alterando procesos ecológicos fundamentales”.

En ese mismo contexto, menciona que la presencia de estos fragmentos en arenas de playa constituye una preocupación creciente a escala global, debido a su amplia distribución y a la diversidad de formas, tamaños y composiciones, lo que dificulta su identificación, monitoreo y gestión. Su impacto no se limita a esa interacción microscópica, sino que también se extiende al funcionamiento de los ecosistemas, al amplificar los riesgos ecológicos y sanitarios en sistemas costeros altamente sensibles.

Asimismo, indicó que, por su tamaño y comportamiento, estos fragmentos se integran fácilmente a los ciclos naturales de los ecosistemas marino-costeros, acumulándose en sedimentos, playas y organismos, lo que incrementa su permanencia y su interacción con la cadena trófica. En territorios como La Guajira, donde la vida cotidiana, la economía local y la seguridad alimentaria dependen directamente de los ecosistemas costeros, este fenómeno trasciende lo ambiental y se convierte en un desafío integral de salud pública, sostenibilidad y gobernanza territorial.

Finalmente, menciona que más que enfocarse únicamente en el tipo de material, el verdadero reto está en reducir la presión acumulada sobre estos ecosistemas, al señalar que “cada bolsa que no llega al ambiente es una carga menos sobre un sistema que ya enfrenta múltiples tensiones ecológicas y sociales”.

Ese comportamiento no se queda en lo invisible. También se manifiesta en las dinámicas cotidianas del territorio.

En zonas como La Guajira, los residuos responden a la conectividad entre los sistemas urbanos y marino-costeros. Una bolsa plástica puede desplazarse por acción del viento, la escorrentía y las corrientes superficiales, transitando desde áreas urbanas hacia ecosistemas costeros donde termina acumulándose en playas, manglares y zonas clave para la pesca artesanal.

En ese contexto, Juan Pablo Álvarez, ingeniero pesquero vinculado al análisis de sistemas marino-costeros, dijo a Revista EntoRnos que el problema no se limita a la presencia del residuo, sino a su interacción directa con los espacios donde se desarrolla la actividad extractiva. Estos materiales alteran el hábitat operativo al modificar las condiciones físicas de trabajo tanto en el mar como en las zonas de desembarco, e inciden en la eficiencia de las artes de pesca, generando pérdidas de tiempo en las maniobras, mayor esfuerzo en la recuperación de redes y un desgaste progresivo del equipo, lo que en términos técnicos se traduce en una reducción de la eficiencia del esfuerzo pesquero, con redes que muchas veces salen con más residuos que captura.

Agrega además que la acumulación de residuos en áreas costeras puede modificar la disponibilidad de zonas tradicionales de pesca, obligando a cambios en los patrones de operación de las comunidades y aumentando la presión sobre otros sectores del ecosistema. Desde una perspectiva más técnica, detalla que este fenómeno introduce distorsiones en la relación entre esfuerzo y captura, afectando la productividad de las faenas y la sostenibilidad económica de la actividad pesquera artesanal.

“Cuando se habla de bolsas plásticas, no se trata únicamente de un tema de consumo, sino de un problema de gestión del territorio y de conectividad ecosistémica, donde lo que ocurre en tierra termina condicionando la eficiencia del esfuerzo pesquero y la sostenibilidad de las actividades productivas del mar”, concluyó.

Pero el impacto no se detiene en el agua. También es climático y está directamente ligado a la huella ambiental de lo que consumimos. Más del 90 % del plástico se produce a partir de combustibles fósiles, y su ciclo de vida genera cerca del 3,4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, de acuerdo con la OCDE. Cada bolsa, entonces, también tiene una huella de carbono.

Desde una mirada ambiental más amplia, Beatriz Ferreira Tilano, gestora ambiental y de sostenibilidad de la Fundación INUBAC, al ser consultada por EntoRnos, planteó que el uso de bolsas plásticas responde a una lógica que ya no es viable. Aunque se ha normalizado, advierte, “representa un costo ambiental que supera con creces su utilidad efímera”, evidenciando que el modelo lineal de “usar y tirar” resulta hoy completamente insostenible para los ecosistemas y exige una transformación urgente en los hábitos cotidianos.

Frente a las medidas actuales, como los cobros o las restricciones parciales, señaló que si bien son pasos iniciales válidos, resultan insuficientes si no están acompañados de procesos de educación ambiental profunda. “Lo que realmente hace falta es que esta decisión deje de estar motivada por el costo y se convierta en una convicción ciudadana”, afirmó, insistiendo en que el cambio real ocurre cuando el consumidor rechaza la bolsa no por ahorrar unas monedas, sino por responsabilidad y empatía ecológica.

Como ejemplo, destacó iniciativas donde la sostenibilidad se articula con la cultura, como una estrategia de economía circular implementada en el Carnaval de Barranquilla, que permitió recuperar 2.450 metros de material de vallas publicitarias para la elaboración de 1.000 bolsas reutilizables. Esta experiencia, señaló, demuestra que el reciclaje y la preservación del entorno pueden integrarse de forma tangible en la vida cotidiana y en las tradiciones.

Lo que antes fueron lonas y vallas del Carnaval 2025 hoy son bolsos reciclables: una iniciativa que convierte residuos en conciencia ambiental y en un nuevo atractivo turístico.

Pero más allá de estas iniciativas, el desafío sigue siendo estructural. Brigitte Baptiste durante una visita reciente a La Guajira, la bióloga, científica e investigadora colombiana —reconocida por proponer nuevas formas de concebir la relación entre la naturaleza y la cultura— aportó otra capa a esta conversación: la del cambio cultural que aún está pendiente, advirtió que el problema de los plásticos no se resuelve únicamente con regulaciones generales, sino con respuestas construidas desde las realidades locales.

Se refirió a una preocupación visible en el territorio: la contaminación de playas y entornos naturales por residuos, especialmente plásticos.

Durante el diálogo, surgió una pregunta recurrente en la región: si ya existen fechas como el Día Mundial del Medio Ambiente —que buscan generar conciencia, promover cambios de comportamiento y fortalecer el cuidado del entorno—, ¿por qué aún se siguen viendo prácticas como arrojar basura en playas o el manejo inadecuado de residuos?

Frente a esto, Baptiste señaló que, aunque estas fechas buscan generar conciencia, todavía se quedan en lo simbólico. “Deberíamos haber convertido este día casi que en una fiesta nacional, pero de soluciones sostenibles”, afirmó.

Sobre el tema de los residuos, detalló que aún existen muchos retos por delante y que es necesario abordarlos desde lo local, con innovación y creatividad, involucrando a las comunidades y especialmente a los procesos educativos. En ese sentido, mencionó que los proyectos ambientales escolares deben replantearse para responder realmente a las necesidades de cada región.

Al referirse específicamente al plástico, lo describió como un problema generalizado que afecta a distintos territorios, pero que en lugares como La Guajira requiere miradas diferenciadas debido a sus condiciones climáticas y a las formas en que se usa este material.

“La pregunta es qué es lo que realmente necesita una región”, señaló, insistiendo en que las soluciones no pueden ser iguales en todos los contextos.

La paradoja de lo «Eco»

Las cifras muestran avances. En los últimos años, el consumo de bolsas plásticas en Colombia ha disminuido de forma significativa. Este cambio responde tanto a medidas regulatorias como a transformaciones en el comportamiento del consumidor. De acuerdo con cifras del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y datos del Departamento Nacional de Planeación, hoy se estima que un colombiano utiliza entre 15 y 18 bolsas al mes, una reducción frente a las más de 25 o 30 mensuales que se registraban antes de la implementación del impuesto en 2017. Incluso, cerca de 7 de cada 10 colombianos afirma haber reducido su consumo, lo que evidencia una transformación progresiva en los hábitos de consumo, aunque aún marcada por la inconsistencia entre la intención y la práctica.

El mercado tampoco desapareció. Se transformó. El sector plástico en Colombia genera más de 250.000 empleos y cerca del 4,2 % del PIB manufacturero, según cifras del DANE, y migró hacia nuevas alternativas en una lógica de economía circular que busca mantener los materiales en uso el mayor tiempo posible.

Aparecen así bolsas reutilizables y también bolsas “biodegradables».

Estas últimas, aunque se presentan como solución, no siempre lo son. Muchas requieren condiciones específicas para degradarse, condiciones que no necesariamente están disponibles en los sistemas convencionales de gestión de residuos.. En la práctica, pueden terminar comportándose como cualquier otro plástico.

Muchas de estas bolsas requieren condiciones específicas para degradarse adecuadamente, que no necesariamente están disponibles en los sistemas convencionales de gestión de residuos.

A veces, el problema no se elimina. Solo cambia de forma.

Las bolsas o sacos reutilizables, muchas hechas de polipropileno, deben usarse entre 10 y 50 veces para compensar su impacto ambiental, según estudios de ciclo de vida. Su sostenibilidad depende del uso prolongado y de su huella ambiental total.

En medio de esa transición, apareció otra protagonista.

Las bolsas de tela tipo tote bag —abiertas, con asas largas, casi siempre de algodón o lona— dejaron de ser solo una alternativa funcional y se convirtieron en un símbolo de un consumo aparentemente más consciente. Se ven en supermercados, universidades y playas. Llevan frases, ilustraciones, marcas.

Son prácticas.
Y también son tendencia.

Aunque a primera vista parecen una opción más sostenible, su impacto no es tan simple. La producción de algodón —material predominante en estas bolsas— demanda grandes cantidades de agua, tierra y energía. Por eso, estudios de ciclo de vida advierten que deben usarse decenas o incluso cientos de veces para compensar su huella ambiental frente a una bolsa plástica.

En algunos almacenes y comercios, más allá de las grandes superficies, esta transición ya empieza a tomar forma. Aparecen bolsas de tela tipo quirúrgica —livianas, fáciles de doblar y transportar, consideradas “ecológicas” por ser reutilizables y reciclables, pero no biodegradables ni compostables— junto a bolsas biodegradables, ofrecidas como alternativas inmediatas al olvido del consumidor. Son prácticas, accesibles y responden a una lógica de sustitución del plástico de un solo uso.

Sin embargo, su impacto no depende solo del material. Como ocurre con otras opciones, su verdadero aporte ambiental está ligado al uso repetido. De lo contrario, pueden convertirse en una nueva forma de consumo rápido que, aunque distinta en apariencia, mantiene la misma lógica de usar y reemplazar.

Mientras tanto, algunos establecimientos ofrecen cajas de cartón para quienes olvidan la bolsa o no quieren comprar otra. No es una innovación. Es memoria.

Pero fuera de esos espacios formales, la realidad toma otro camino. En plazas de mercado y negocios informales persisten las bolsas plásticas de un solo uso, que no son biodegradables y pueden tardar cientos de años en desaparecer. Aun así, siguen circulando en la cotidianidad de los consumidores.

En esa conducta, casi sin proponérselo, se instala una pregunta de fondo:

¿Qué pesa más, el material o la forma en que lo usamos?

En Reddit, un foro digital donde usuarios de distintos países comparten experiencias y opiniones, es común encontrar conversaciones en las que se habla de una misma rutina: olvidar la bolsa, comprar otra y acumularlas en casa. Lo cuentan con humor, pero también con una conciencia incipiente de contradicción.

A continuación, algunas de esas conversaciones reflejan cómo este hábito se repite en distintos contextos, evidenciando que no se trata de un caso aislado, sino de una costumbre global que persiste incluso en sociedades con mayor conciencia ambiental.

El patrón es global y persistente. Conversaciones en Reddit revelan una rutina que se repite en distintos países.

Pero, en medio de esa rutina de olvido y acumulación, también aparecen escenas que muestran una relación distinta con el consumo.

En un aeropuerto en Colombia, un turista fue visto abordando su vuelo con una bolsa de supermercado colgada del hombro, usándola como maleta de mano. La escena, grabada por locales, se hizo viral.

Para muchos fue curiosa.
Para otros, reveladora.

Porque evidenciaba una práctica simple: usar lo que ya se tiene.

Lo que para algunos resultó extraño, en otros contextos hace parte de hábitos más consolidados. En varios países, reutilizar bolsas o evitar nuevos empaques no es excepción, sino parte de una cultura asociada a la sostenibilidad.

Desde una mirada más cercana a los comportamientos cotidianos, Sara Samaniego, conocida en redes como Marce la Recicladora, planteó en diálogo con Entornos que el debate no se limita a las bolsas en sí mismas, sino a la relación que las personas tienen con su consumo responsable. Para ella, este proceso deja una brecha entre la intención y la práctica.

“Más que un tema de la ley, siento que esto refleja algo más de fondo: puedes cambiar las reglas, pero si no cambia la conciencia ni los hábitos de las personas, el impacto se queda corto”,destaca. En ese sentido, advierte que, en el caso de las bolsas reutilizables, el problema no siempre es el material, sino la forma en que se usan: “En teoría son una mejor alternativa, pero en la práctica muchas veces se están usando como reemplazo inmediato del plástico, no como un cambio real de comportamiento. Entonces se olvidan en la casa, se compran nuevas y terminan acumulándose”.

Desde su perspectiva, el cambio ocurre cuando estos comportamientos se integran a la rutina diaria y dejan de ser una decisión ocasional. “Que llevar la bolsa propia sea casi automático, como salir con el celular o las llaves”, señaló. También insiste en que la responsabilidad no recae únicamente en los consumidores, sino que involucra a marcas y comercios en la construcción de alternativas que faciliten prácticas más sostenibles. “Al final, más que sustituir materiales, el reto es transformar hábitos”, concluye.

Pero en La Guajira, ese reto no ocurre en abstracto. Se enfrenta a dinámicas territoriales, económicas y culturales que complejizan la transición y condicionan la forma en que estas medidas son percibidas en la vida cotidiana.

En ese contexto, persiste una percepción recurrente: para muchas personas, el cobro de la bolsa se entiende más como una forma de recaudo que como una medida ambiental. Y ahí es donde la medida pierde sentido para muchos y deja ver la necesidad de fortalecer la pedagogía en torno a estas políticas, de modo que no se queden en la transacción económica, sino que logren conectar con el propósito de reducir el impacto de estos residuos en el entorno.

No todas las bolsas desaparecieron. En los hogares siguen siendo necesarias para la gestión de residuos sólidos y otros usos específicos. La regulación lo reconoce: más que una eliminación total, se trata de una transición.

Algo similar ocurre con las bolsas para desechos de mascotas. Aunque ya existen alternativas biodegradables, su reemplazo total aún es limitado.

Ese uso, además, abre otra conversación pendiente sobre la separación en la fuente y el manejo de otras bolsas y residuos —como las de los mecatos y las compras en plataformas digitales— que también terminan alimentando la misma problemática y merecen otro espacio de análisis.

En La Guajira, el impacto no es solo técnico. Se ve.

Desde la institucionalidad, el director de Corpoguajira, el ingeniero Samuel Lanao Robles, plantea que la reducción en el uso de bolsas plásticas empieza a notarse, especialmente en grandes superficies, donde han sido reemplazadas por opciones reutilizables. Sin embargo, advierte que ese avance no es uniforme en todo el territorio, ya que en el comercio local e informal el uso de bolsas plásticas tradicionales sigue siendo frecuente.

Según explica, esta realidad también se refleja en los ecosistemas. A pesar de las jornadas de limpieza que la Corporación ha implementado en ríos, playas y manglares, los residuos plásticos continúan apareciendo, lo que evidencia que la problemática sigue siendo visible, aunque en algunas comunidades se perciba un mayor nivel de conciencia.

Con base en reportes de campo, señala que la tendencia es clara: avances en el sector formal, pero rezagos en el informal. En ese contexto, indica que el principal desafío sigue estando en el comportamiento ciudadano y en el control, por lo que la entidad ha fortalecido campañas de educación ambiental orientadas a promover el uso responsable de los plásticos y la adopción de alternativas sostenibles.

Estudios realizados en la Universidad de La Guajira han permitido ampliar la comprensión del problema de los residuos sólidos en ecosistemas costeros, evidenciando que no se trata únicamente de acumulación visible en playas, sino de un fenómeno asociado a la dinámica de manejo, disposición y arrastre de materiales en el territorio.

Los estudios señalan que la interacción entre zonas urbanas, sistemas de drenaje y áreas costeras favorece la dispersión de residuos hacia distintos puntos del litoral, generando acumulaciones persistentes en espacios de uso ambiental, turístico y comunitario.

Estos resultados coinciden en algo clave: es necesario fortalecer los sistemas de gestión de residuos y la educación ambiental en el territorio, como parte de una respuesta estructural que permita reducir la presión sobre los ecosistemas costeros y mejorar la relación entre las comunidades y su entorno.

En La Guajira, donde la relación con el mar es parte de la vida diaria, este tipo de análisis cobra especial relevancia para la toma de decisiones en planificación ambiental y gestión territorial.

En medio de ese panorama, también persisten tensiones en el territorio. En varias comunidades de la Alta Guajira, donde incluso han surgido iniciativas como Kattoui, que transforma residuos en mochilas y bolsas bajo una lógica de economía circular, la bolsa plástica sigue siendo parte del paisaje cotidiano: se queda en los caminos, se enreda en árboles y matorrales y reaparece con el viento. Con el tiempo, esa acumulación ha dado lugar a lo que algunos ya describen como “bosques de bolsas”, puntos donde el residuo deja de ser disperso y se integra al paisaje.

Olimpia Palmar, indígena wayuu y comunicadora social, nos lo cuenta desde su experiencia: “aunque hay esfuerzos por reutilizar y generar conciencia, en el comercio local aún se siguen entregando bolsas que no se degradan fácilmente. Así, el cambio cultural avanza más lento que la oferta del mercado, y lo que se intenta transformar desde la conciencia sigue siendo reforzado, en la práctica, por lo que se distribuye todos los días”.

En su territorio, las bolsas no son un concepto. Son paisaje.

La transición no es inmediata, pero sí inevitable. Reducir, reutilizar y replantear el consumo no es solo una respuesta a la regulación, sino una necesidad frente a la presión creciente sobre los ecosistemas y al desafío global del cambio climático.

Entre el olvido de Dilia y la duda de Margarita se dibuja el verdadero desafío: no reemplazar la bolsa, sino transformar el hábito que la sostiene.

Porque, aunque el viento seguirá soplando en La Guajira, lo que encuentra en su camino sí puede cambiar.

Hoy, materiales como el papel de estraza —simple, resistente, 100 % reciclable— y de degradación más rápida vuelven a aparecer no como nostalgia, sino como alternativa.

Lo que ya no se puede ignorar
Tortugas enredadas en bolsas, aves marinas que las confunden con alimento o peces con fragmentos en su interior son señales de un impacto que se acumula con el tiempo

En las orillas, no es raro encontrar bolsas atrapadas entre la arena o enredadas en arbustos y matorrales, no solo en la zona costera, sino también en sectores de tierra adentro. Algunas llegan intactas. Otras ya fragmentadas. Pero ninguna desaparece del todo.

El plástico no desaparece.
Se transforma.
Y entra, silenciosamente, en la cadena de vida.

Por eso, más que eliminar un objeto, el objetivo empieza a ser otro: reducir lo desechable, cambiar la forma en que consumimos y avanzar hacia un modelo donde lo que usamos no termine convertido en residuo.

Un modelo más coherente con la economía circular, con la reducción de la huella ambiental, y sobre todo, con la forma en que decidimos habitar y cuidar el territorio.

Al final, la bolsa no se fue.

Porque el problema nunca fue solo la bolsa.
Es el hábito que la sigue sosteniendo.

Créditos fotográficos: Fotografías suministradas por las fuentes entrevistadas y otras obtenidas de redes sociales y plataformas digitales abiertas