Por Joaquín Mattos Omar*

En una entrevista que le concedió a Gonzalo Arango para la revista Cromos a finales de la década de 1960, Héctor Rojas Herazo declaró que escribía y pintaba porque estaba convencido de que si no lo hiciera le ocurriría «algo terrible»: «Hacer política o meterme a actor o libretista o intentar la fundación de una empresa relacionada con la explotación del turismo o fundar una secta religiosa basada en conseguir nuestra purificación a través del delito».

Esta afirmación reflejaba la personalidad irónica e irreverente de una de las figuras clave de no sólo de la cultura del Caribe colombiano, sino también de la de Colombia durante la segunda mitad del siglo XX. Fue un creador orquesta, “un palacio de bellas artes”, como lo llamó también el fundador del nadaísmo: dibujante, pintor, periodista, poeta, novelista y ensayista, para decirlo según el “orden de aparición” de esas disciplinas en su vida.

Nació el 12 de agosto de 1921 en un hermoso pueblecito situado a orillas del golfo de Morrosquillo, entonces perteneciente al departamento de Bolívar y, desde 1966, al departamento de Sucre: Santiago de Tolú, o simplemente Tolú. La fortuna y los vaivenes de su realización como ser humano lo llevaron a residir en Cartagena, Barranquilla, Bogotá, Honda (Tolima) y Cali; luego de nuevo en Bogotá, Barranquilla y Cartagena, donde escribió la columna “Telón de fondo” para el diario El Universal, en el famoso período de 1948-1949 en que compartió amistad y tareas periodísticas y literarias con García Márquez y Gustavo Ibarra Merlano. En los años 1950, volvió a Bogotá, donde permaneció hasta su traslado a Madrid, capital en la que vivió entre 1979 y 1989. Entonces regresó a Colombia: se instaló una vez más en Bogotá, y allí transcurrió la última etapa de su vida hasta su muerte el 11 de abril de 2002. Tenía 81 años.

No obstante todo ese trasiego de un lugar a otro, se sabe que Rojas Herazo siempre afirmó que nunca salió del patio trasero de la casa de su abuela materna, Amalia González Herazo, mamá Buena, en Tolú. Y es que para Rojas Herazo la infancia es el período en que se adquieren todas las experiencias, habilidades y visiones que nos marcan para toda la vida. Decía que crecer es una ilusión y que de adultos no somos sino “infancia apelmazada”. Particularmente, él, durante su infancia en el patio de la casa de mamá Buena, aprendió a captar los estímulos físicos del mundo y conoció emociones e impresiones cruciales, tal como puede apreciarse en su estupendo poema “La casa entre los robles”.

Justamente, y dado que de todas sus facetas creadoras es la de poeta la que más nos seduce, dedicaremos este artículo a examinar el mencionado poema, que hace parte del primer libro que publicó en su vida: Rostro en la soledad, que fue editado en Bogotá en abril de 1952 por Editorial Antares. Gabriel García Márquez, que varios años atrás había sido también su alumno en la materia de Dibujo en el colegio San José de Barranquilla, reseñó el libro en su habitual columna de El Heraldo, “La jirafa”, en junio de 1952. Allí, entre otras atinadas observaciones, escribió lo siguiente: «No habría tregua en este libro. No habría reposo si en medio de esa barahúnda del hombre defendiendo su sitio central en la naturaleza, no surgiera de pronto, como algo extraño, pero también como el remanso que era preciso presentir, uno de los poemas más gloriosos que se han escrito entre nosotros: “La casa entre los robles”».

Como Álvaro Mutis, como Fernando Charry Lara, Eduardo Cote Lamus, Rogelio Echavarría y Meira Delmar, Héctor Rojas Herazo es situado en la historia de la lírica colombiana en la llamada generación de Mito, que debe su nombre a la gran revista literaria que se publicó en Colombia entre 1955 y 1962 bajo la dirección del poeta Jorge Gaitán Durán y del ensayista y crítico Hernando Valencia Goelkel.

Cuando García Márquez sostiene en su reseña que “La casa entre los robles” constituye una “tregua”, un “reposo (…) en medio de esa barahúnda del hombre defendiendo su sitio central en la naturaleza”, se refiere a que lo predominante en el libro es la visión de la condición humana como sudor diario del alma, como dicha y angustia, amor y soledad, al igual que como corporeidad, fisiología, órganos y glándulas que hay que empujar con esfuerzo. En ese recio contexto de imágenes enérgicas, terribles, pues, el poema “La casa entre los robles” viene a ser un “remanso”.

El tema del poema, como en “Morada al sur”, de Aurelio Arturo, publicado apenas siete años antes, es la casa familiar, la casa paterna, la casa de la infancia reconstruida con los materiales de la memoria. Así que resulta pertinente y quizá fecundo hacer una lectura comparativa que ponga de relieve ese diálogo entre los dos textos.

Aurelio Arturo es considerado uno de los poetas más importantes de Colombia.

En “Morada al sur” –publicado en Bogotá en 1945, en la revista trimestral de cultura de la Universidad Nacional de Colombia–, la composición va de afuera hacia adentro, es decir, comienza con una visión panorámica del entorno de la casa y poco a poco se aproxima a su umbral hasta ingresar en su interior; en “La casa entre los robles”, en cambio, el procedimiento es inverso: el poema empieza por los lugares más íntimos de la casa, por los armarios, por los rincones de las alcobas, y es más adelante cuando se asoma al exterior, a los elementos del casco cercano de la población y del paisaje natural que rodea la vivienda:

Más allá las campanas, el humo de los cerros
y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,
el pájaro y el agua levemente cantando.

A continuación, como el de Arturo, el poema de Rojas Herazo sigue entretejiendo imágenes que pertenecen ya al interior de la casa, ya a su entorno inmediato o mediato.

Hay algunas semejanzas específicas, como la descripción de la llegada del día. “Morada al sur” empieza hablando de la noche y, acto seguido, en la segunda estrofa, dice:

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.

Por su parte, “La casa entre los robles” dice:

Era entonces el día de hojas, de potente zumbido…

Igualmente, el viento es un elemento común en los dos poemas, y en ambos se halla personificado, es decir, tratado como si fuera una criatura viva, un ser humano. Al respecto, Morada al sur” dice:

El viento viene, viene vestido de follajes,
y se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas a las salas, a los patios, las trojes.
Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

A su turno, «La casa entre los robles»  dice:

Como un hombre que anhelara su parte,

su sitio en nuestra mesa,


el viento dulcemente flotaba en los manteles.

Otro rasgo que comparten los dos poemas –además de un mismo lenguaje ambiguo, alusivo y elusivo– es la atmósfera de misterio de que dotan cada casa. “Morada al sur” habla de los “ángeles de sombra y de secreto” que había en sus “rincones” y señala que “la noche de las fábulas” ponía entre las manos del niño “sus lunas más hermosas” cuando las sombras poblaban las cámaras de la gran vivienda. A su vez, el poema de Rojas Herazo nos habla de la existencia de ruidos vagos y de sorpresas en los armarios; de algo o de alguien que cruzaba las alcobas “encendiendo su lumbre furtiva en los rincones”.

Ahora bien, aunque el escenario en que está ubicada la casa en los dos poemas es similar, esto es, un escenario rural, un escenario campesino, el de “Morada al sur” es más silvestre y montaraz, más extenso, más vasto; la presencia de la naturaleza en él es mucho mayor, abarca llanuras, bosques, montañas, manantiales, un río profundo y una represa. En “La casa entre los robles”, en cambio, esa naturaleza densa y desbordada no existe, pues, como ya señalamos, se insinúa la presencia próxima de una población, si bien se habla también de la dedicación de la vivienda a las actividades agrícolas.

Sin embargo, hay que destacar que el poema de Arturo es mucho más largo que el de Rojas Herazo, de modo que su recreación de la casa familiar es más detallada y minuciosa, lo que le permite ocuparse con igual amplitud tanto de sus alrededores como de su interior. “La casa entre los robles”, por el contrario, al ser más conciso y compacto, sólo se refiere con muy escasas pinceladas al exterior y se concentra más bien en la vida interior de la morada.

Esa vida interior involucra desde luego a los miembros de la familia, sus movimientos por las distintas áreas de la casa, sus voces, sus tareas y labores, su reunión alrededor de la mesa para comer; pero también involucra los objetos que hacen parte de la vivienda y los elementos naturales que interactúan con ella y con las personas que la habitan. Estos objetos y elementos naturales reciben en el poema el mismo estatus de las personas: los ruidos secretos, el “dulce rumor” de la vida doméstica, las vigas que sostienen el techo como un hijo bondadoso que se echara la carga de la casa sobre los hombros, el aire que agita ligeramente los lechos, el pan alumbrando la mesa tanto como la iluminan las lámparas, el viento tratando de integrarse como un comensal más, el silencio nocturno poblando las paredes, etc.

“La casa entre los robles” tiene un final cerrado, redondo, un tanto místico: termina cuando, ya a esa hora de la noche en que el silencio es completo –esa hora que se denomina conticinio–, una impalpable presencia como divina penetraba a través de las ventanas y “hacía más honda la casa entre los robles”, hondura que no sólo debe entenderse como una sensación física, sino también como una sensación espiritual. De este modo, creemos, alcanza su punto culminante esta alabanza de la casa, esta oda a la casa, pues con esta estrofa final la casa concluye su proceso de total humanización.

Después de “La casa entre los robles” y de los demás poemas que completan   el libro Rostro en la soledad, Rojas Herazo siguió edificando su magnífica obra poética: Tránsito de Caín (Bogotá, 1953), Desde la luz preguntan por nosotros (Bogotá, 1956), Agresión de las formas contra el ángel (Bogotá, 1961) y,  tras 34 años de silencio lírico, Las úlceras de Adán (1995). Dicha obra lo convirtió en uno de los poetas imprescindibles de Colombia.

La casa entre los robles 

A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios,
la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento
como el susto de un niño.
Por sobre los objetos era un tibio rumor, una espina, una mano,
cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre furtiva en los rincones.
El sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo
y el día con su firme venablo sobre el patio.
Más allá las campanas, el humo de los cerros
y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,
el pájaro y el agua levemente cantando.

Todos allí presentes, hermano con hermana,
mi padre y la cosecha,
el vaho de las bestias y el rumor de los frutos.

Adentro, el sacrificio filial de la madera
sostenía la techumbre.

Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos
de tiempo rumoroso, de fuerza,
de autoridad y límite.

Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras, voces que derramar,
respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros su ceniza dorada.
Era entonces el día de hojas, de potente zumbido,
el día para el cántaro, la miel y la faena.

Como un don de reposo llegaba a nuestro cuerpo
la noche con su carga de remotas espigas.
Nuestro pan de anhelado resplandor,
nuestro asombro
y las lámparas derramando sus ángeles sin prisa en los espejos.

Como un hombre que anhelara su parte,
su sitio en nuestra mesa,
el viento dulcemente flotaba en los manteles.

La quietud de los muebles, las voces, los caminos,
eran todo el silencio de la noche en el mundo.
Llenando de inaudible presencia las paredes,
habitando las venas de pie frente a las cosas.

Buscaban nuestras manos un calor circundante
e indagaban los ojos otra piel impalpable

Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas
algo que hacía más honda la brisa  entre los robles.

Héctor Rojas Herazo

*Noticia del autor del artículo

Joaquín Mattos Omar. Escritor y periodista. Fue columnista de El Heraldo durante más de 10 años. En 2010 obtuvo el Premio Simón Bolívar en la categoría de  “Mejor artículo cultural de prensa”. Ha publicado las colecciones de poemas Noticia de un hombre (1988), De esta vida nuestra (1998) y Los escombros de los sueños (2011). Su último libro es En la madriguera del genio. Crónicas y ensayos sobre García Márquez (2015). Ha sido un asiduo colaborador de ARTE Y PARTE. Actualmente escribe para El Espectador y varios portales culturales y literarios del país.