Por Matty Gonzalez F

En un territorio propicio para las inundaciones se ha convertido el barrio Villa Fátima de Riohacha, donde se conjugan varias problemáticas, para las cuales hasta ahora no se han encontrado solución.

“Sentimos mucho miedo, no sabemos qué hacer cuando llueve”, afirma Alejandro Bouriyu, uno de sus habitantes desde 1977.

El temor que siente es generalizado, ya que este sector del distrito ha sido protagonista de muchas emergencias provocadas por las lluvias y por su cercanía a la desembocadura del río Ranchería, la mayor arteria fluvial que tiene el departamento de La Guajira.

Sentado al frente de su pequeña casa construida con elementos diversos, como zinc, barro y ladrillos, Alejandro recuerda cuando llegó a Villa Fátima.

“Tenía como unos 15 años y llegué con mi paisana, éramos jovencitos, casi ni sabíamos hablar español, solo wayuunaiki”, asegura al tiempo que mira a su alrededor y dice que “esto no era así, antes no había muchas casas y no pasaba lo que pasa ahora”.

Manifiesta que cuando llueve y el barrio se inunda, el agua les llega más arriba de la rodilla. “A veces me toca dormir afuera, para estar pendiente y a los niños los tenemos que llevar a otra casa”, agrega.

Alejandro hace parte del 80% de la población wayuu que habita en este sector ubicado en la parte nororiental de la capital guajira. En total tiene unos 5 mil habitantes, de los cuales el 20% es arijuna (no wayuu).

Alejandro Bouriyu

Alejandro Bouriyu

Literalmente el barrio vive bajo el agua y lo paradójico, es que en el sector no hay servicio de agua. Así es, el barrio Villa Fátima tiene graves problemas de saneamiento básico, no tienen agua potable permanente, no tiene alcantarillado, las aguas residuales afectan a toda la población causando problemas de salud, especialmente en los niños.

La voz de los afectados es Norberto Gámez Martínez, presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio, que está ubicado en la comuna nueve de Riohacha y tiene unos 50 años de creado.

“Este es un problema que lleva muchos años, cuando viene el invierno, el agua hace estragos”, afirma con poco optimismo de que esto se vaya a solucionar.

Dice que el problema se agrava porque al no tener alcantarillado, ni otro sistema para la eliminación de las aguas servidas, hay aguas estancadas, que se convierten en un gran foco de contaminación.

“Hay mosquitos, infecciones en la piel de los niños, también sufren de diarrea y otras enfermedades”, asegura.

Norberto agrega que, incluso, hay enfrentamientos y problemas de convivencia entre los vecinos, que se derivan de esta situación, la que califica como caótica.

“Como no tienen donde echar las aguas servidas, estas las dejan rodar por las calles y si llegan a otra casa, los vecinos comienzan a discutir y hay confrontaciones”, explica.

El líder añade que, aunque no esté lloviendo en Riohacha, el barrio también se inunda cuando abren la represa del río Ranchería, que está ubicada en el sur de La Guajira.

“Es decir, que tenemos miedo cuando es temporada de lluvia y cuando no, también, porque no sabemos cuándo nos vamos a inundar, ni cómo se va a meter el agua”, indica.

Cuando han sufrido la emergencia por las inundaciones, los organismos de socorro y autoridades, acuden para brindar ayuda, sin embargo, dice Norberto, que muchos no permiten que los trasladen a un albergue por temor a que les vayan a robar sus pertenencias.

“Muchas veces los han llevado y los dejan allá sin alimentación y algunos que han dejado sus casas, han sido robados”, anota.

Lamenta que desde que existe este problema, han pasado varios alcaldes y ninguno ha brindado una solución definitiva. “Los tenemos aquí en el patio de nuestro barrio, porque algunos dirigentes viven en Villa del Mar, pero no miran para acá, solo se benefician en época electoral”, sostiene.

Villa del Mar es un elegante conjunto residencial con vista al mar, donde efectivamente residen varios miembros de la dirigencia guajira y que está a unos 200 metros de Villa Fátima.

Norberto Gámez

Norberto Gámez

En el 2015, en plena temporada de campaña electoral, los habitantes del barrio se rebelaron y decidieron no votar el 25 de octubre de ese año, cuando se cumplieron las elecciones regionales, en las que se eligieron nuevos gobernadores y alcaldes.

En ese entonces, uno de los líderes de la iniciativa, Rodolfo Meza, aseguró “estamos cansados de las promesas de los políticos, de las mentiras y, sobre todo, de los problemas que tenemos y no les vemos solución inmediata”.

Lo mismo opinó Luis Alexander Cotes, quien dijo que el sector no tiene alcantarillado ni agua y “los miembros de la junta y los ediles que elegimos no sabemos qué hacen”.

Explicaron que en el sector el protagonista es el trasteo de votos. “El día de las elecciones se ven camionetas y carros que traen gente que no son de por aquí”, aseguraron.

Ellos conformaron el comité denominado ‘Por los servicios públicos de Villa Fátima’, a través del cual esperaban ser escuchados por la Administración distrital, con la que llegaron ese año a un principio de acuerdo para buscar soluciones a sus graves problemas, pero estos siguen ahí como si no hubiera pasado el tiempo.

Villa Fátima era Paraguis o Paraíso

Villa Fátima era una comunidad indígena wayuu, pero por decisión de las autoridades locales se convirtió a finales del siglo pasado en otro barrio de la ciudad de Riohacha, pese a que el sector en ese momento no contaba con servicios públicos domiciliarios.

La medida se consignó en el Plan de Ordenamiento Territorial, expedido por el Gobierno municipal en 2003, y desde entonces el barrio Villa Fátima quedó adscrito a la comuna 9 de la capital guajira. De nada valieron los reclamos de los líderes de la comunidad que, a través de distintos medios, les solicitaron a las autoridades que, en vez de ese estatus urbano, declararan a Villa Fátima resguardo indígena.

El reclamo de los lugareños se apoyaba en la historia de su pequeña comunidad cuyo origen se remonta a los años 60s del siglo XX y fue motivada por la siempre incesante búsqueda de agua dulce por parte del wayuu.

En esa andaban varias familias hasta que dieron con un territorio que reunía todo lo necesario para llevar una vida más tranquila y apacible, lejos de las inclemencias del desierto.

No en vano a Villa Fátima se le conoció inicialmente como Paraíso, pues cuenta con las aguas pródigas del río Ranchería para los cultivos y la cría de animales domésticos, y con los recursos pesqueros del inmenso mar Caribe.

Fue entonces cuando los Larrada, los Cotes, los Deluque, los Sierra y los Bonivento, entre otras familias wayuu, acordaron que hasta allí llegaba su búsqueda, que allí asentarían el pie sin más fatigas, tras dejar atrás los arenales ardientes de la Alta Guajira de donde los sacaron los conflictos interfamiliares y las rudezas de la naturaleza. Pero nada de eso fue tomado en cuenta por el Estado a la hora de decidir que ya no serían más una comunidad indígena, sino que en adelante serían un asentamiento urbano más.

Esta transición forzosa e inconsulta fue motivada por la presión demográfica que empezó a ejercer la sociedad criolla sobre los antiguos territorios indígenas que, en el caso de Villa Fátima, condujo a un asentamiento extendido de familias no wayuu o arijunas en sus predios, lo cual actuaría en el futuro como detonante de múltiples conflictos entre wayuu y arijunas por la tenencia de la tierra y las formas de concebir el territorio.

En esas circunstancias, uno de los últimos bastiones indígenas de la Riohacha antigua, fue absorbido por una ciudad que crecía caótica y desordenadamente. De hecho, varios cementerios indígenas que hasta bien entrado el siglo XX quedaban en la periferia, hoy están cercados por urbanizaciones, centros comerciales o conjuntos residenciales con las consecuentes afectaciones a la tradición cultural de esa comunidad. O la propia Villa Fátima que está ubicada en plena zona turística de Riohacha y rodeada de hoteles, conjuntos residenciales y un moderno centro de convenciones.

Este proceso, en efecto, ha generado todo tipo de perturbaciones en la vida y la cultura del pueblo wayuu en la medida en que afecta tanto su organización del territorio como su orden económico, que se expresa en una serie de transformaciones simbólicas, económicas y sociopolíticas.

Asimismo, la invasión de sus territorios ha socavado el sentido de pertenencia de la comunidad y ha dado paso a la emergencia de nuevas identidades colectivas, cuya característica principal es la creciente pérdida de la tradición, lo que es particularmente notorio en las nuevas generaciones que, presionadas por la sociedad de consumo, prácticamente dejaron de lado las vestimentas tradicionales y hoy lucen prendas occidentales, por ejemplo.

Pero más grave aún es que el Estado no ha cumplido la promesa de bienestar que le hizo a esta comunidad cuando decidió incorporarla al ordenamiento urbano de Riohacha. Y es que este sector de la ciudad, que ahora es mestizo y multicultural, padece graves problemas con la prestación de los servicios públicos y, como si faltara más, año tras año, sufre por lo que la literatura oficial denomina “emergencia invernal”, que no es otra cosa que la inundación de las casas del sector cada vez que aparecen las lluvias que, en una tierra que no conoce términos medios, suelen ser torrenciales.

Esa recurrencia invernal y los desastres que trae aparejados, no les han encontrado solución en 50 años.

Medios de comunicación han reseñado a lo largo de los años cada calamidad de Villa Fátima.

Según la antropóloga Karen Dayana Nieves Gámez, quien realizó una investigación en el barrio denominada “Villa Fátima barrio de la ciudad de Riohacha: Espacio de conflicto territorial entre wayuu y arijunas”, hacia los años 70s el sector fue visitado por la misión evangelizadora del Sagrado Corazón de Jesús para convertir a las comunidades indígenas a la fe cristiana, lo que llevó a que la mayoría de los indígenas se convirtiesen a la religión católica.

Explica que en esta misión llegó la hermana Carmela Mozzo, llamada cariñosamente “Marciana”, quien inició un proceso de alfabetización con niños y adultos indígenas de la ranchería, y luego comienza la gestión para la creación del Colegio Nuestra Señora de Fátima.

Le propuso al señor Pedro Pushaina (Q.E.P.D) un indígena wayuu quien en esa época era líder de la comunidad, que recibieran la imagen de la virgen Nuestra señora de Fátima y a la vez se iniciase la escuela en su casa. Al aceptar la propuesta, se construyeron los dos primeros salones en 1979.

Un año después la imagen de la virgen que había donado la hermana Mozzo, fue trasladada a otro lugar y se construyó un altar. El barrio, que hasta el momento tenía como nombre Paraguis o Paraíso, comenzó a ser llamado Villa Fátima.

Cuenta la antropóloga, que desde entonces se empezó a celebrar la fiesta patronal cada año, los 13 de mayo para venerar a la Virgen de Fátima.

Uno de los más pobres de Riohacha

A escasos 100 metros del imponente Centro de Convenciones Anas Mai de Riohacha, donde se presentó en el 2019, el estudio ‘La pobreza en Riohacha: diagnóstico, análisis y propuestas’, vive Rosa Epinayu, en una humilde casa de tablas ubicada en Villa Fátima.

Este es uno de los barrios con mayor incidencia de pobreza, según lo determina el documento elaborado por el Banco de la República y Centro de Pensamiento Guajira360.

Rosa Epinayu.

Rosa afirmó que hace 40 años que vive en ese lugar junto a su familia, pero nunca ha tenido agua potable las 24 horas al día, ni alcantarillado, aunque destaca que tienen una institución educativa, un Centro de Desarrollo Infantil y un puesto de salud.

“Todo eso es bueno, pero nuestra vida sería mejor si tuviéramos los servicios y además buenas vías, porque la mayoría no están pavimentadas”, asegura.

Su vecino Alejandro Bouriyu dice que por allí solo van los políticos cuando están en campaña y después no se aparecen por el sector.

“Estamos aburridos de esta situación, por más que hagamos gestiones, no nos dan solución a los problemas que tenemos”, dice con rabia.

Alejandro Bouriyu

Alejandro Bouriyu

Según los investigadores que participaron en este estudio, hasta ahora no ha habido uno similar que haya abordado el tema de la pobreza en Riohacha y en particular, ninguno presenta el análisis espacial que se propone en este caso, en el cual es posible identificar y cuantificar las necesidades a través de cada uno de los barrios y corregimientos de la ciudad.

Lo primero que destacan en el mismo, es que Riohacha va en contravía de los índices de todo el país, porque mientras Colombia ha realizado avances en esta línea y las cifras muestran que entre 2010 y 2017 la pobreza monetaria se redujo al pasar del 37,2% al 26,9%, esta capital mantuvo constante su incidencia en 46,9% para este periodo de tiempo, lo que significa casi la mitad de la población que llega a 287.009, según información del Dane.

Explican que Riohacha ocupó el segundo lugar con mayor pobreza solo después de Quibdó, en donde la pobreza resultó de 47,9%. Por otro lado, en cuanto a pobreza extrema, la incidencia en Riohacha fue de 15,1%, por encima del promedio de las ciudades y la segunda con mayor pobreza extrema después de Quibdó (17,7%).

Los principales indicadores revelan que el empleo informal, el bajo logro educativo y la falta de acceso a servicios básicos son las privaciones con mayor frecuencia en los hogares. Además, estas se concentran en la periferia y la zona rural dispersa, en donde coinciden con un alto porcentaje de población indígena.

En cuanto a Villa Fátima, también explican que en el sector se presenta un fuerte conflicto originado por la creciente urbanización de los territorios ancestrales. “Este barrio era un territorio inicialmente habitado por indígenas wayuu, pero a donde también han llegado  arijunas, quienes difieren enormemente con los primeros en su forma de habitar, apropiar y significar el espacio. Las diferencias en cultura y prácticas entre estos dos grupos, ha llevado a un constante enfrentamiento por el territorio”, se lee en el estudio.

“Villa Fátima debería ser reubicado”: meteorólogo

Los desastres naturales y fenómenos climatológicos, son situaciones que, a lo largo de la historia, entorpecen la calidad de vida y el bienestar de las personas. Lo que se deriva de esto, son crisis sociales que se van agudizando cada día más, sobre todo por la falta de una oportuna intervención institucional.

Según el documento, “Análisis de la gestión del riesgo de desastres para Colombia: un aporte para la construcción de políticas públicas”, resultado de un trabajo del Banco Mundial iniciado en marzo de 2011 por solicitud del Gobierno nacional, Colombia está constituida por una amplia diversidad geológica, geomorfológica, hidrológica y climática, la cual se expresa en un conjunto de fenómenos que representan una potencial amenaza para el desarrollo social y económico del país.

En este se explica que “las amenazas de origen geológico, como los sismos y las erupciones volcánicas, pueden considerarse como invariantes en el tiempo, mientras que la susceptibilidad a inundaciones, deslizamientos y avenidas torrenciales en amplias zonas del país ha crecido, debido a la intervención humana sobre el territorio y al consecuente deterioro ambiental”.

Agregan que estas condiciones de riesgo se encuentran estrechamente ligadas con las condiciones de pobreza.

“En Colombia, la presencia de llanuras bajas y valles aluviales, aunada a las condiciones de precipitación facilitan la ocurrencia de inundaciones, algunas de manera lenta, que afectan grandes extensiones de terreno, y otras más rápidas asociadas a lluvias intensas en la parte alta de las cuencas con fuertes pendientes”, indican los autores.

La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres – UNGRD, explica que cada año las inundaciones producen mayores desastres porque el hombre deteriora progresivamente las cuencas y cauces de los ríos y quebradas, deposita en ellos basura, tapona drenajes naturales limitando las ciénagas, aumenta la erosión con talas y quemas, y habitan u ocupan lugares propensos a inundaciones. La cantidad de agua que llueve cada año en el país es aproximadamente igual, pero por las razones antes expuestas los daños que producen son cada vez mayores.

“La suma de los perjuicios causados anualmente por las inundaciones, la convierten en una de las calamidades que producen más pérdidas y deterioro social”, afirma el organismo.

Igualmente, clasifica las inundaciones en varios tipos:

  • Las repentinas, que son las que se producen por la presencia de grandes cantidades de agua en muy corto tiempo. Son frecuentes en ríos de zonas montañosas con bastante pendiente, y muchas veces se producen a causa de los fuertes aguaceros sobre los terrenos débiles o sin vegetación que aceleran la formación de deslizamientos en las montañas cercanas al cauce de los ríos y quebradas.
  • Al igual que, por las rocas, vegetación, y demás materiales que han caído sobre el río formando un represamiento natural de las aguas. Pero también por la gran fuerza que ejerce el agua sobre el represamiento hasta que lo rompe arrastrándolo consigo.
  • También están las inundaciones lentas o en la llanura, que se producen sobre terrenos planos que desaguan muy lentamente, cercanos a las riberas de los ríos o donde las lluvias son frecuentes o torrenciales. Muchas de ellas son producto del comportamiento normal de los ríos, es decir, de su régimen de aguas, ya que es habitual que en invierno aumente la cantidad de agua inundando los terrenos cercanos como playones o llanuras.

La UNGRD indica que las inundaciones en las ciudades se dan porque las poblaciones no cuentan con efectivos sistemas de alcantarillado o canales de desagües y en aquellas zonas cuya superficie es plana o algo cóncava (como un valle) pueden sufrir inundaciones como efecto directo de las lluvias, independientemente de las inundaciones producidas por desbordamiento de ríos y quebradas.

El meteorólogo y excoordinador del Sistema de Alertas Tempranas de La Guajira, José Radith Zúñiga, explica que en este departamento hay un sistema bimodal anual. Es decir, cada año hay dos temporadas secas y dos de lluvias.

Precisa que la primera sequía inicia en enero hasta mediados de abril, cuando llegan las lluvias que van hasta la mitad de junio. Luego hasta septiembre va la segunda temporada seca. “Esta se ve influenciada por la temporada de huracanes que cada año es diferente y se presentan ondas tropicales que pueden provocar lluvias de variada intensidad, que van de moderadas a fuertes”, agrega.

La última temporada de lluvias va desde finales de septiembre hasta el mes de diciembre. “Esta es la más intensa, para Colombia y el Caribe. Es cuando se presentan los mayores volúmenes de lluvia”, anota.

Tal cual sucede en Riohacha, sin embargo, Zúñiga asegura que en esta ciudad, el día que más llovió, fue el 18 de septiembre de 2011, cuando cayeron 233.2 milímetros de precipitaciones. “En un mes, normalmente caen entre 80 y 90 milímetros, es decir, en tres horas cayó lo que normalmente debería caer en 30 días”, indica.

Ese día se inundó el 50% de la ciudad, incluyendo el barrio Villa Fátima, dejando cientos de damnificados.

Según su concepto, lo que hace falta es planificación, ya que las autoridades conocen cuáles son las zonas susceptibles de inundación. “No se han hecho los trabajos para evacuar las aguas residuales y tampoco hay una cultura de gestión del riesgo por parte de la comunidad, porque muchos de los sitios por donde debe salir el agua, están taponados con basuras y desechos”, asegura.

Escuche la entrevista completa aquí:

 

Audio 1 José Radith Zúñiga – Meteorólogo y excoordinador del Sistema de Alertas Tempranas de La Guajira

Añade que, Villa Fátima está situado a la margen derecha del río Ranchería, en una zona lagunosa e inundable. “Esto significa que esto que ha ocurrido, seguirá pasando, porque una de las soluciones que se podría implementar, es la reubicación de estas familias y que, en la zona, no hubiera más asentamientos urbanos”, se atrevió a predecir.

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Audio  2 José Radith Zúñiga

Sin embargo, también se pueden construir viviendas palafíticas, para que cuando el nivel del río crezca, no se inunden. Adicional a esto, dice que se debería declarar la zona como de alto riesgo para que no se siga construyendo.

“Teniendo en cuenta la amenaza y la vulnerabilidad de la zona, habría que estar monitoreando para emitir una alerta temprana, cuando las condiciones no sean favorables”, indica José Radith Zúñiga.

Opina que este es un tema de voluntad política, porque cada año se ven las inundaciones, se conoce el problema que se evidencia con cada temporada de lluvia y no se realizan las obras o las acciones para minimizar la amenaza.

Lo que mal empieza…

Cada vez que las lluvias irrumpen en la capital guajira, en el barrio Villa Fátima empiezan unas carreras del fin del mundo entre sus habitantes para evitar que las inundaciones acaben con sus enseres o pongan en riesgo sus propias vidas. Es un cuento de nunca acabar que las autoridades no han sabido resolver, pese a que disponen de herramientas legales para actuar frente a eso que en la literatura jurídica se define como “desastres técnicamente previsibles”.

La Política de Gestión del Riesgo, por ejemplo, contempla una serie de acciones que involucran los distintos niveles del Estado, desde lo nacional a lo territorial, y manda que las distintas autoridades realicen las inversiones que sean del caso para enfrentar aquellos eventos naturales o tecnológicos que puedan producir afectaciones a la comunidad.

La Ley 1523 de 2012, en efecto, precisa que la gestión del riesgo de desastres es un proceso social cuya finalidad es “contribuir a la seguridad, el bienestar, la calidad de vida de las personas y al desarrollo sostenible”. Y por tanto debe hacer parte de los planes y proyectos de los gobiernos locales, pues se constituye “en una política de desarrollo indispensable para asegurar la sostenibilidad, la seguridad territorial, los derechos e intereses colectivos, mejorar la calidad de vida de las poblaciones y las comunidades en riesgo”.

Lastimosamente estas disposiciones no han encontrado los espacios institucionales de rigor para corregir la situación de vulnerabilidad que afecta a la comunidad de Villa Fátima.

Exigencia y resistencia

Los habitantes de Villa Fátima han tenido que hacer de tripas corazón para no sucumbir a los embates de una naturaleza desbocada que año tras año se ensaña con ellos y pone a prueba su templanza para sobreponerse a la adversidad. O para decirlo con un concepto que se ha puesto en boga en los últimos años: la resiliencia, es decir, la capacidad de una persona o comunidad de hacerle el quite al infortunio, reinventándose para defender su proyecto de vida y no perecer, por ejemplo, arrasada por la furia de los elementos.

Y eso justamente es lo que han hecho las familias de este histórico sector de la ciudad de Riohacha: sobrevivir con enjundia y decisión, no gracias al gobierno sino pese al gobierno.

En 2020, por ejemplo, los fuertes aguaceros que se precipitaron sobre el distrito capital produjeron inundaciones bíblicas en Villa Fátima por el desbordamiento del río Ranchería y debido al coletazo del huracán Iota.

Las aguas salidas de madre, en efecto, arrasaron con cultivos, animales domésticos, afectando principalmente a indígenas wayuu y a migrantes residenciados en ese barrio. Y nuevamente los sufridos ciudadanos hicieron oír su angustiada voz para solicitarle a las autoridades que además de atender la contingencia, le busquen una solución de fondo a las penurias que los atenazan y afligen.

Esta grave y reiterativa situación se presentó a principios de noviembre del año pasado y generó la solidaridad de muchas personas, incluyendo el influencer riohachero Pebe, quien publicó un video en sus redes sobre lo que estaba pasando en Villa Fátima.

“Lo hice porque a veces en medio de nuestros privilegios olvidamos a quienes no gozan de ellos, fue una manera de darle visibilidad a aquellos que olvidamos. Y efectivamente lo logramos, hasta J Balvin publicó el video”, manifestó el joven.

Agrega que se pudo recolectar ayuda para muchas familias del sector que quedaron bajo el agua.

 

¿Habrá solución?

Como lo hemos dicho, la transición de Villa Fátima de comunidad indígena a espacio urbano, no se ha traducido hasta el momento en el mejoramiento de las condiciones de vida de los moradores del nuevo barrio. De hecho, siguen padeciendo por la falta de servicios públicos esenciales y además, están expuestos a las contingencias del tiempo que, por el llamado cambio climático, son cada vez más imprevisibles.

Su esperanza es que el actual alcalde distrital José Ramiro Bermúdez Cotes, cumpla las promesas que les hizo tanto en campaña como después de posesionado en el cargo, las cuales reiteró en un reportaje que circuló en la revista Semana, según el cual “uno de los primeros aciertos de la actual Administración ha sido la aprobación de los recursos del programa Guajira Azul. Con ellos se podrán financiar proyectos como la construcción de la estación de bombeo de aguas residuales de Villa Fátima, unos de los barrios de la ciudad que más se inunda debido a su cercanía con el río Ranchería”.

El secretario de Planeación Fadner Fonseca reconoció la problemática que viven los habitantes de Villa Fátima y manifiesta que la administración distrital, tiene una solución a corto plazo y otra a mediano plazo, que podría resolver de forma definitiva esta situación.

“Hay un  talento humano capacitado y los equipos técnicos necesarios para evacuar las aguas cuando se presente una inundación en el sector. Esto para responder de manera inmediata ante estas emergencias», explicó.

Sin embargo, afirma que ya hay un proyecto estructurado para construir unos jarillones o estructuras hidráulicas que impidan que el río Ranchería inunde este barrio.

Añade que “este es un proyecto de alto impacto que tiene un costo alto, pero se están gestionando los recursos con el gobierno nacional y del departamental, para poder realizarlo”.

Fonseca anota que se trabaja en coordinación con la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo y con Corpoguajira, para que la iniciativa cumpla con los lineamientos técnicos y ambientales.

Como la sedimentación del río Ranchería también afecta a Villa Fátima, se está planeando un dragado y evitar así que se desborde el agua.

“Todo está contemplado en el Plan de Desarrollo que se diseñó y en lo que va de la actualización del Plan de Ordenamiento Territorial de Riohacha”, indicó el funcionario, quien dijo que simultáneamente se trabaja en la solución de los problemas de los servicios públicos, con los que ahora no cuentan los habitantes del barrio.

Escuche la entrevista completa aquí:

Audio Fadner Fonseca Vizcaino – Secretario de Planeación Distrital

Jorge Pacheco Pertuz, director de Medio Ambiente y Vivienda Social del distrito de Riohacha, explicó que todas las soluciones que se plantean, deben trabajarse junto a Corpoguajira, ya que el  delta del río Ranchería hace parte de un área protegida.

Explicó que por este motivo hay que tomar en consideración, que con lo que se implemente, no se atente contra los manglares, la estabilización de los suelos o la biodiversidad, porque las medidas pueden ser rechazadas por la autoridad ambiental.

Adicionalmente, dijo que se debe evitar que más personas sigan ubicándose en las zonas sensibles de este sector de Riohacha.

Escuche la entrevista completa aquí:

Audio Jorge Pacheco Pertuz – Director de Medio Ambiente y Vivienda Social del distrito de Riohacha

La comunidad del bario Villa Fatima pide a la Administración distrital que se logren pronto proyectos que permitan mitigar el riesgo en el que viven, pero mientras se desarrollan estas iniciativas, se trabaje en soluciones rápidas que les permitan contar con instrumentos de atención  humanitaria teniendo en cuenta que la ola invernal ha traído a estas comunidades afectaciones devastadoras.

Fotos: Cortesía.