“…le entregamos al Estado una porción amplia de nuestra esfera privada,
dejando al individuo en indefensión y complacidos con la vigilancia”

 

Por Roger Mario Romero

La división de poderes –sin ahondar mucho en su inspirador- sugiere una distinción importante en la teoría del derecho y de la democracia. Escribía el maestro Luigi Ferrajoli en una de sus obras que la “Esfera de lo indecidible es una noción simétrica y complementaria de la esfera de lo decidible”.

Pues, las dos esferas sirven para identificar, respectivamente, lo discrecional de la política, a pesar de estar inmersos en una era influenciada por la comunicación digital, arraigada en la actualidad post pandemia con mayor ahínco, al punto como lo mencionó Foucault provee “poder o control que suministra el Estado en la vida de las personas”.

La expansión de las tecnologías de la comunicación se abrió un camino  sustentado en la política y la economía, arrastrando consigo una gran responsabilidad que encapsuló dependencia del poder que las autoridades tienen sobre las actividades humanas. En un Estado no por poseer muchas normas, seremos mejores ciudadanos o tendremos la mejor forma de gobierno. La excesiva creación legislativa contrae tantas contradicciones que en muchos casos, no aguantan una revisión constitucional porque atacan cimientos fundamentales entre otros como la dignidad humana. Incluso, insistir en la creación de normas donde sus destinatarios no tienen capacidad de decisión, es un “serio obstáculo para el progreso moral y no se toman en serio los derechos de los individuos” como lo prescribió Dworkin. Cabe preguntarnos entonces ¿Cómo ejercer nuestras libertades individuales sin ningún tipo de interferencia arbitraria por parte del Estado o agentes externos a la autonomía individual?

El derecho debe garantizar la interferencia no dominante para no comprometer la libertad de los ciudadanos, sería una primera reflexión de esta columna o  como lo mencionaría Kant en su momento, se debe interferir sólo para que la libertad “tuya” pueda coexistir con la libertad de los “otros”.

Lo que nos llevaría de alguna manera a ir concluyendo que se ha perdido la función social de la política en circunstancias especiales, y hoy predomina a la velocidad de la luz el comentario a través de las redes sociales y la tecnología sin encontrar los filtros necesarios de veracidad en dicha información. Ello sin darnos cuenta, le entregamos al Estado una porción amplia de nuestra esfera privada, dejando al individuo en indefensión y complacidos con la vigilancia.Sentimos placer entregando a través de los elementos denominados redes sociales, base de datos y las llamadas autopistas informáticas, a las que nuestros cuerpos están conectadas.

Basta con leer el escrito en 2020 La sopa de Wuhan del filósofo alemán ByungChul Han cuando expone claramente cómo, “a través de las tecnologías digitales,los Estados han ampliado su poder de influencia y control en la esfera privada de las personas, con el fin de proteger sus vidas de la covid-19, para ver esta disminución de la libertad”. Y ese mismo poder, se ha incrementado en la post pandemia por la hipercomunicacion como consecuencia de la biopolitica. Y en efecto, hoy vivimos mas y mejor interconectados, pero estamos muy lejos de vivir en comunidad, poniendo las sociedades en riesgo.

Nos encontramos entonces, en un entorno político que se caracteriza por la falta de consenso, no tanto por los beneficios del conglomerado de la sociedad sino por intereses personales marcados. La tarea pendiente para nuestras sociedades modernas debe ser, claramente, la de crear espacios de diálogos que respondan de una manera más acorde a los retos y debates con los que se edifica el desarrollo y la idea de bienestar.

rogermarioromeropinto@hotmail.com