No tocar el acordeón para el Rey Vallenato Náfer Santiago Durán Díaz es morir en vida porque desde los siete años ha estado pegado a su vida, y es el más grande tesoro musical porque le ha regalado paseos, merengues, sones, puyas, cumbias y tamboras.
Aquella mañana estuvo sentado al lado de la cerca del patio de su casa de El Paso, Cesar, notando cómo el sol asumía su rol para dar calor, comenzando a darle rienda suelta a las reminiscencias donde una dinastía regó notas de acordeón por ese amplio territorio, haciendo posible que la música vallenata fuera la encargada de entregar maravillosas historias cantadas.
En ese escenario pueblerino estaba ‘El negro de ébano’. El mismo que, cuando lleva su inseparable acordeón al pecho, le parece un juguete. Ese que hizo su propia presentación en la canción ‘La grabadora’. “Yo soy el negro Durán, al que llaman Naferito, pronto escucharán por disco mi música popular”.
Cuando se le preguntó por el sentimiento que lo embargaba al sumar 93 años y algunos meses más, se quedó pensativo, haciendo el ejercicio de llamar a su memoria imágenes de incontables recuerdos. Entonces, antes de absolver el interrogante, le agradeció a Dios por la largura de años.
“La verdad es que Dios, que todo lo sabe y puede, ha sido maravilloso conmigo. Por eso no me canso de darle las gracias. A esta edad sigo amando a mi familia, a mi pueblo, al folclor vallenato y tocando mi acordeón, mi fiel compañero. Y, dígalo, estoy preparado para cuando Dios me llame a su presencia”, expresó.
El hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal se puso serio y anotó que lo último que jubilaría sería a su acordeón, porque ha hecho posible que su sonido acompañe los latidos de su corazón. Y remató su comentario de la manera más sublime del mundo. “Dejar de tocar mi acordeón es morir en vida”.
Sin lugar a equívocos, acudiendo a la tradición oral, es de los contados acordeoneros que a su edad continúa sacándole notas al instrumento sagrado del folclor vallenato. Efectivamente, de eso ha vivido, siendo la mejor fórmula para sacar adelante a su familia, que ha seguido sus huellas.
La hoja de vida de Náfer Durán señala que ha grabado discos, que se coronó Rey Vallenato en 1976 y, siete años después, al ir en busca de la segunda corona en el Festival de la Leyenda Vallenata, fue declarado fuera de concurso. Además, en ese espacio se destaca el año 1976, cuando grabó el disco Herencia Vallenata con el cantante Diomedes Díaz.

Sin ti, no puedo estar…
Con su corazón abierto y el pensamiento dándole órdenes comenzó a hablar de la canción que le abrió el camino del amor al lado de Rosibel Escorcia Mure. A ella, con el alma atropellada por la ausencia, le compuso ‘Sin ti’, donde, desde un tono menor, le expresaba que vivía triste y loco por tenerla cerquita.
Entonces hizo un repaso al primer verso, donde la nostalgia le llegó plena. “Con mi nota triste vengo a decirle a tu alma lo que está sufriendo mi sincero corazón. Ya no tengo paciencia, ya no tengo calma, solo vivo triste y loco por tu amor”. Estando atrapado en la atarraya del ayer expresó que esa historia es más linda que el propio canto. Sin dar ninguna vuelta habló largo y tendido, cerrando los ojos para que nadie distrajera su pensamiento.
“Rosibel, mi esposa, quien nació en Chiriguaná, contaba con 20 años y comenzamos a vivir. En una ocasión me fui a una larga correduría y no supe de ella porque las comunicaciones eran imposibles, pero antes de regresar le compuse esa canción en el pueblo de Mompóx, Bolívar”. Abrió sus ojos y le estaban brillando porque relataba la epopeya de esos amores legendarios que ni el tiempo ha podido derrotar.
“Al regresar, lo primero que hice fue ir a la ventana de su casa y regalarle la canción. Después de escucharla, abrió la puerta y me sonrió. Enseguida vino la sorpresa, o sea, el premio mayor del amor. Me contó que estaba embarazada”. Enseguida, sin pensarlo, apareció el sentimiento de alegría, donde las lágrimas abonaron ese encuentro.
Continuando con el diálogo, anotó: “Esa canción me la pedía doña Consuelo Araujonoguera, y también le tenía que contar su historia. Siempre lo hacía porque es la mamá de mis canciones, y cuando Dios me llame a su santo reino me la deben cantar”.
Esas fueron las palabras sentidas del hombre que no se embelesó ante los triunfos, reconocimientos y admiración, sino que sigue siendo humilde y atento. El abuelo al que se le hacen agua los ojos cuando habla de sus nietos que andan tras su ruta musical.
Al consultarle a su paisano, el escritor, poeta y gestor cultural Fernando Bordeth Chiquillo, sobre el juglar pasero, soltó una de esas frases que lo pintaron de pies a cabeza. “Naferito es tan grande que exhala un olor a invierno, aun en el más fuerte de los veranos. Es madera fina».
En todo ese amplio recorrido del diálogo sincero, Naferito contó que, en cierta ocasión, ante una necesidad económica, empeñó su acordeón y por esos días estaba incómodo. “Ese fue mucho remordimiento”.

Canción a Dios
El juglar también tuvo tiempo para contar que le había dedicado una canción a Dios. Entonces cantó uno de los versos. “Eres mi Dios bondadoso y alabado, en el mundo no tienes comparación. Mi Dios bendito, no mires mi pecado, para que así me concedas el perdón”.
Al final él volvió a recordar el año 1976, cuando ganó la corona en el Festival de la Leyenda Vallenata con tres canciones de su autoría y una de su hermano Alejo. Paseo, ‘El estanquillo’; merengue, ‘Teresita’; puya, ‘Déjala Vení’, y el son, ‘Altos del Rosario’. A eso le añadió el acompañamiento del cajero Simón Herrera y el guacharaquero Abel Suárez. Gracias, Naferito, por su talento, arte y sentimiento.
@juanrinconv
