Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural

Este 29 de noviembre, con un coro de fuelles que entonaban quejumbrosos “El indio sinuano”, fue sepultado en Montería, Máximo Jiménez Hernández, quien grabó en 1975 este himno de la sabaneridad compuesto por David Sánchez Juliao. Jiménez fue un acordeonero de voz rebelde, ese mismo que dio sobradas muestras de ser un activo militante de la lucha campesina por la justa tierra, un cantor que, en lugar de escoger la vía armada, tomó el de la música vallenata como territorio de denuncia y protesta para así, no alzarse en armas, sino en verso y notas.

 

Para las nuevas generaciones su nombre no tendrá muchos referentes, es más, no es fácil conseguir su música y quizás, nunca suene en la radio. Solo en una galería callejera de CDs piratas de Barranquilla, pude alguna vez encontrar una compilación de sus escasos álbumes grabados. Pero, si en el vallenato y la música de acordeón del Caribe, alguien ha alzado su voz en grado “máximo”, ese ha sido Jiménez.

Su nombre comenzó a dimensionarse cuando en 1974 se presentó por primera vez en el Festival de la leyenda vallenata en la categoría aficionado. Como ha pasado en otras ocasiones y acordeoneros, no fue rey vallenato, pero sí supremo ganador del mandato legitimador del aplauso y de un público que, desde entonces, aupaba sus participaciones como en 1977 y 1983 ya como profesional. Es que era toda una osadía y novedad que, un participante, en lugar de cantar loas a los terratenientes de la región, les enrostrara su descontento y rebeldía con canciones como “Confesión de un terrateniente”, “El burro leñero”, “Productores de algodón” o “El boche”, ésta última la épica de un jornalero que se alzó en machete contra un hacendado que abusaba de las mujeres e hijas de los peones.  Una voz atrevida en la fiesta y en una de las ciudades donde se concentran los que más se han apoderado de las mejores tierras.

En otra de sus presentaciones, en lugar de exaltar con vivas o pelear un lugar en las parrandas que en el festival se le organizan a los presidentes, fue capaz de hacer sentir su grito descontento desde la tarima Francisco el hombre para decir: “Usted, señor presidente, ¿Si está de acuerdo/ Que acaben los campesinos de su nación?/Si sabe que es un esfuerzo que están haciendo/Para  no morir de hambre con su opresión/ Y manda su gente armada sin corazón/ Pa´ que vean correr la sangre de un hombre bueno”. (“Usted, señor presidente”).

Jiménez no fue de esos músicos que gastaron sus dedos y garganta animando parrandas de políticos y gamonales tradicionales. Había nacido un primero de abril de 1949 en el corregimiento de Santa Isabel, municipio de Montería, hijo de campesinos cuyos nombres ya preludiaban un hijo rebelde: José y María. Aprendió con un viejo acordeón que su padre había dejado al olvido por no tener cómo repararlo. Fue campesino, tractorista, cucuriaco de los saberes homeopáticos, pero, ante todo, un aguerrido y contestatario activista de la Asociación nacional de usuarios campesinos (ANUC) que, en el Caribe colombiano, tuvo un rol protagónico en la movilización social de los años 70.    

Su activismo fue tanto en la ANUC como en sus canciones, unas propias y otras de Andrés Beleño o de Luis Felipe Negrete, en las que alzó la voz contra el latifundismo y el despojo de tierras, la inequidad social, el clientelismo, la compra de votos, la explotación y opresión del campesinado, la impunidad para los corruptos y hasta contra el aborto. Todo esto llevó a que lo estigmatizaran como guerrillero, perdió la cuenta de las veces que lo llevaron preso sin proceso, unas cuatro veces se salvó de atentados, suerte que no corrió su hermano, José Ángel, también autor de canciones del mismo espíritu.

Nunca hubo evidencias de su militancia en la insurgencia armada, sí hizo parte de la Unión Patriótica, partido al que acompañaba poniendo acordeón a sus proclamas, así como hizo canciones de solidaridad para el sandinismo y para la bandera roja del chavismo. En 1989, fue forzado al exilio, vivió en Suecia y Austria, refugiado por partidos socialistas y a solicitud de Amnistía Internacional, desde donde hizo llegar algunas grabaciones que, como las anteriores, no pudieron romper el veto implícito de las casas disqueras y los medios, pero que, entre sus seguidores, pudo circular y mantener su nombradía.

Regresó a Colombia 23 años después del exilio. Entre notas y la práctica de la homeopatía vivía un tiempo de sosiego hasta que vino su última batalla, un accidente cerebro vascular que fue minando su energía y reduciéndolo a una silla de ruedas y que, terminó, este 27 de noviembre, llevándose al rebelde, no del acordeón, sino del canto desgarrado campesino. Se fue el cantor contestatario sin poder realizar el sueño del “Burro leñero”: “Algún día tendré pasto/dónde comer por montón/Así dice mi dueño en una organización/Adelante, compañeros, viva la revolución/Ni hippie, ni nada de eso/Yo soy un burro leñero que a veces me ponen preso/o me botan de un potrero”.   

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