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Por Amylkar D. Acosta M. – Exministro de Minas y Energía y Miembro de número de la ACCE.

Registramos con tristeza y pesadumbre el deceso de nuestro amigo, el profesor Orlando Cuello. Como excepción a la regla, él no falleció por cuenta del temible y temido covid-19, sino por otras patologías que al agravarse lo llevaron a este desenlace fatal.

Riohachero de cepa y habitante del barrio Calancala, vecino de mi amiga Meche Quintero y de mi profesor, el finado Joaquín Curiel Scott, quien junto con el profesor Cuello, el profesor Conrado, el profesor Lucho y Manuel Sierra, el profesor Navarro, Carlos y Agustín Melo, entre otros, con Luis Alejandro López, Papayí, como Prefecto de disciplina, conformaron esa nómina de lujo con la que contamos quienes tuvimos el privilegio de pasar por el emblemático Colegio la Divina Pastora (CODIPAS).

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Con el paso de los años y después de cumplir un largo ciclo como profesor, se ensayó como administrador del almacén Charlot. Pero, definitivamente, lo suyo era el macizo de la Sierra Nevada de Santa Marta. Este y los pueblos indígenas que la habitan y lo protegen desde tiempos milenarios lo atrajeron y lo atraparon. Desde entonces, se convirtió en uno más de sus pobladores, confundiéndose y fundiéndose con ellos.

Siguió siendo el profesor Cuello que conocimos y admiramos, sólo que ahora no se valía de la tiza y la pizarra como enantes, sino que, con su mochila terciada, este trotamundo, se dedicó a hacer pedagogía sobre la importancia del hábitat, del ecosistema, de la ecología, amén de su preservación y conservación.

Y así se convirtió en vigía y guardián de la Madre Tierra y con la humildad de saberse hermano menor de los Arhuacos, los Wiwas, los Kogis y los Kankuamos, el profesor se convirtió en discípulo de ellos y aprendió sus lecciones de vida. Ello le permitió compenetrarse tanto con ellos hasta convertirse en uno más de su etnia. La Sierra amaneció triste y con ella las comunidades ancestrales asentadas en ella, tristeza que compartimos, en primer termino con su esposa Cándida Gómez, sus hijos Orlando, Medardo, Sahi, Elkin, Samira y demás familiares, a quienes les extendemos nuestras condolencias, sus amigos, sus exalumnos y todos cuantos de una u otra manera, en algún momento, interactuaron con el profesor Cuello. ¡Paz en su tumba!

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