Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural*.

El tema del proceso de paz y su implementación ha sido quizás, lo que más ha dividido al país en las últimas décadas. Las posiciones radicalizadas descubren intereses y sesgos ideológicos en los ciudadanos, quienes expresan su apoyo o rechazo a un Estado conciliador, por un lado, y a uno represor y severo, por el otro. Esto ha sido aprovechado por los líderes y partidos políticos para reclutar adeptos a sus ideas, seguidores a ultranza y defensores incondicionales.

Desde el tira y afloja entre gobierno y negociadores de la guerrilla, se han ido visibilizando en Colombia los más acérrimos críticos al proceso de paz y los que pujan por una salida pacífica al conflicto. Pero, esas trincheras no se quedaron en el plebiscito ni en las batallas electorales entre un Centro Democrático que ha capitalizado el país que prefiere plomo y mano dura, y unos partidos de centro derecha y centro izquierda que le caminaron al SI y defienden la implementación de los acuerdos.

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Ahora, estas dos fuerzas bien consolidadas, se vuelven a encontrar en el campo de batalla que ha resultado el reciente e histórico paro del 21 de noviembre y sus secuelas aún en tensión. Me ha llamado poderosamente la atención, cómo emerge un patrón de opinión en algunas mujeres, que parecen seguir el modelo de un personaje de ingrata recordación para la política en Colombia: la congresista María Fernanda Cabal. La mujer suele ser víctima más fácil de la moda, y pareciera serlo, para algunas, adoptar desde sus tribunas de opinión y redes sociales, posturas altamente guerreristas, sesgadas hacia la extrema derecha, negacionistas y que incitan a todo lo contrario al diálogo fecundo.

Bien conocemos el tono petulante de la Cabal, famosa por sus “embarradas”, aquella que prefiere a un ejército como fuerza letal (es decir, matando), a uno convertido en fuerza de paz. Fue la única colombiana que se alegró de la muerte de García Márquez. La misma que, junto a su esposo, José Félix Lafaurie, llamaban al país a levantarse contra Juan Manuel Santos, pero ahora llama terroristas, castro chavista y vándalo a todo el que alza su voz contra el actual gobierno. Enemiga frontal de la salida negociada, dura en sus críticas a la guerrilla, pero muda ante el horror paramilitar y la masacre de los indígenas en su propio departamento (Cauca).

Pero Cabal no está sola. Desde los medios hegemónicos han surgido las figuras de Vicky Dávila y Claudia Gurisatti, cuyos trinos sobre el paro las deja otra vez perfiladas como unas de las más parcializadas y guerreristas periodistas del país. Ellas tienen a Uribe como mesías, a Ardila Lule como al patrón cuyos intereses deben defender sin ética profesional ni vergüenza. Dávila descalifica las motivaciones del paro, criminaliza la protesta, la ve innecesaria y oportunista. Gurisatti pide al presidente desoír el clamor nacional y hacer lo contrario a Piñera, es decir, hacer uso de la represión, pues, según ella, todo el que apoyó el paro es “vándalo”.

Pero no solo a nivel nacional cobran relevancias las Cabal y sus emuladoras como Paloma Valencia y las periodistas de marras. Me sorprendió una amiga que fue alcaldesa de Riohacha, cuando en estos días me envía un meme en el que justifican la muerte de los líderes indígenas del Cauca, masacrados recientemente. Se les señala de narcos por movilizarse en un carro de alta gama. Como si los únicos que tienen derecho a hacerlo son los blancos y criollos. Si un wayuu se moviliza en una burbuja, eso no lo hace delincuente ni justifica que lo asesinen. Por otra parte, una diputada divulga un video poniendo como ejemplo la brutal represión de la policía a una manifestación ciudadana en Europa como lo que debiera replicar el Esmad en Colombia.

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La mujer, dadora y sustentadora de vida ha tenido el rol apaciguador, conciliador. La mujer sabe más lo que duele perder un hijo, ahí está el ejemplo de las madres de la plaza de mayo en Buenos Aires, o las de la plaza Candelaria en Medellín, estandartes de los colectivos de víctimas, pregoneras de paz. Si las mujeres comienzan a construir un discurso de guerra, el país está condenado a caminar hacia una cultura de muerte sin fin.

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