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Por Alvaro Cuello Blanchar.

A veces sucede que entre los amigos que el destino nos depara, hay algunos que poco a poco se van convirtiendo en algo más, en el familiar que uno si tiene la opción de escoger. Así me ocurrió con Ruth Berardinelli, que de compañera de labores devino en amiga entrañable y luego en la hermana que me regaló la vida.

¡Qué dolor e impotencia tener que rememorar por ella hoy los versos de León De Greiff: “Señora Muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa”!…

Con ella había mantenido desde siempre una amistad formal, propia de escenarios y eventos sociales, sin mayores oportunidades o incentivos para intimar. Pero en 2008, ya en la última versión del Festival y Reinado Nacional del Divi Divi, me invitó a que la ayudara a organizar el acto “Noche de Solemnidades”, un escenario dispuesto para que los compositores consagrados interpretaran sus mejores canciones. A cambio, espontáneamente, se comprometió a ayudarme a organizar el Festival Francisco El Hombre, cuya primera versión se realizaría un año después, en 2009, y que por entonces apenas estábamos perfilando con un grupo de amigos.

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No imaginaba ella, en ese momento, que acababa de sellar un pacto que cumpliría rigurosamente y con creces, un festival tras otro, hasta el último día de su vida y menos aún que lo haría en condición de presidenta y líder emblemática del mismo.

Así llegó Ruth a cumplir su primer compromiso con el Festival.

Los del grupo gestor creíamos que su aporte sería en temas de relaciones públicas, protocolo o etiqueta, por su experiencia y conocimiento de esos asuntos. Pero nada mas alejado de la realidad, era muy diferente lo que ella se traía entre manos.

Lo que llevó a Francisco El Hombre fue un arsenal de relaciones y contactos con ejecutivos de primer nivel, empresarios destacados, personajes de moda y funcionarios del alto gobierno, a los que solía acudir en busca de apoyos para distintas causas, entre los cuales integró un pequeño grupo de fieles patrocinadores del festival que han permanecido desde sus inicios.

Todos sus relacionados, sin excepción, le respondían sus llamadas, hasta los mas importantes y ocupados. Sabía tratarlos de tú a tú, con la mayor naturalidad del mundo, sin parar mientes en rangos, dignidades o investiduras. En más de una ocasión, incluso, la escuché reconvenir en tono de regaño, con gracia y desparpajo, a algún encopetado interlocutor renuente a sus requerimientos. Y como si fuera poco, tenía el don inapelable de decretar, al momento de solicitar algo, las calidades y las cantidades de lo solicitado. Lo hacía con la fuerza ética y altruista de quien nunca pedía para sí misma.

A propósito de contactos, se ufanaba de tener almacenado en su teléfono uno de los directorios mas grandes y completos en La Guajira. Y era cierto. En su vademécum aparecían relacionadas personas de todas las condiciones económicas y sociales, profesiones y oficios, del sector público o del sector privado, provincianas o cosmopolitas, vecinos del pueblo mas humilde o de ciudades capitales. Tan era así, que entre sus amigos más cercanos era fama que si alguien no estaba en el directorio de Ruth, era porque no existía.

Además de la gestión de marca y mercadeo, que hacía con lujo de competencia, llevó al festival sus propias iniciativas. Apartando los concursos, casi todos los demás componentes tienen su impronta, su sello indeleble. De alguna manera son adaptaciones de eventos similares que realizaba en el Festival del Divi Divi. El desfile inaugural, por ejemplo, para darle apertura formal a las fiestas y al que invitaba con gastos pagos a grupos culturales de todo el departamento. En los últimos años lo había enriquecido con Las Mujeres de Francisco el Hombre, un colorido grupo de damas riohacheras de todas las edades, ataviadas con vestidos multicolores, que desfilaban bailando alegremente, emulando a Las Piloneras del Festival Vallenato. Y la pasarela AMA ( Arte, Moda y Acordeón), en la que los diseñadores y artesanos de La Guajira, hombres y mujeres, tenían la oportunidad de exponer sus creaciones y darse a conocer. Era su evento preferido y el que la hacía más feliz.

Lo que no le gustaba del festival era la obligación de tener que hablar en público en ciertos actos protocolarios. Padecía de un miedo escénico insuperable. Por eso jamás se atrevía a improvisar, siempre leía para no cometer errores. Su escritor de discursos de cabecera –su ghost writer, al decir de los gringos– siempre fue Edgar Ferrucho Padilla. Le gustaba su retórica, un tanto chapada a la antigua, y leía con pausado énfasis sus metáforas ampulosas y sus adjetivos culteranos para exaltar la realidad ordinaria. Alguna vez le escribí unas palabras para alguno de esos trances, pero nunca pudo amoldarse a mi estilo, demasiado ejecutivo para su gusto.

Tampoco le faltaba una que otra mortificación por el festival. La principal le venía por el lado de las relaciones institucionales. Nunca pudo entender –y se fue sin entenderlo– por qué los gobernantes de turno, alcaldes y gobernadores, nunca asumieron el festival como un proyecto de ciudad para Riohacha, tal como lo son el Festival Vallenato para Valledupar y el Carnaval para Barranquilla. Y menos aún que, en contraste, el Ministerio de Cultura si lo valorara y le otorgara formalmente la categoría de evento nacional. El único en La Guajira. Por eso consideraba, con un dejo de tristeza, que tener que convencer todos los años al Distrito y a la Gobernación de la conveniencia de apoyar el festival, más que un incordio, era una monumental falta de visión y un ejemplo de desdén por lo propio.

En su faceta más íntima y personal, siempre fue una mujer joven. Mucho más por dentro que por fuera. Su apariencia rozagante, su piel lozana, su mirada brillante, su sonrisa permanente, la hacían lucir como una persona de menor edad de la que en realidad tenía. Pero no porque fuera el resultado milagroso de fórmulas cosméticas, dietas matadoras o entrenamientos físicos extenuantes. No. Su prestancia y su pergenio eran la consecuencia natural de su sentido optimista de la vida, su espíritu jovial, su sentido del humor, sus carcajadas estruendosas y su belleza interior que terminaban reflejándose en su buen semblante y su porte.

Y era también vanidosa. No para alardear de nada ni ante nadie si no en su presentación personal. Siempre estaba impecablemente vestida, elegante y sobria, aún con las prendas más casuales y en cualquier ocasión, bien puesta a toda hora, sin bajar nunca una línea, para decirlo –como a ella le gustaba– al mejor estilo provinciano.

Sin embargo, –lo digo con conocimiento de causa– lo que en verdad la distinguía, por encima de cualquiera de sus defectos y virtudes, eran dos cualidades ocultas que practicó en vida: la generosidad y la compasión. Se alegraba cuando trascendían –y los celebraba como suyos– los triunfos, el bienestar, el progreso o cualquier logro de cualquier persona de La Guajira, aunque no la conociera. Y de la misma forma, se apesadumbraba cuando difundían el infortunio o la mala hora de alguien. No dejó alojar nunca en sus sentimientos las pequeñas mezquindades y resquemores que inducen a la envidia y la hipocresía. Eso explica porqué era no solo franca y directa para decir las cosas si no, a veces, rayaba en la imprudencia.

A sus hijos Gerardo, Margarita, Dumar y Daviani –que saben que su muerte me dolió como a ellos– en medio de la tristeza sin consuelo de su partida inesperada, les queda el legado de una mujer ejemplar como pocas y merecedora como ninguna del título de “DAMA GUAJIRA”.
¡Hasta siempre Ruth!