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Por Estercilia Simanca Pushaina – Escritora del Pueblo Wayuu.

Quienes escuchamos las letras de sus composiciones experimentamos ser a quien encuentran a la vuelta del mar o el alma de una rosa y quizás hasta coincidamos en el pensamiento de lo afortunada que fue Zoraya, la que inspiró el poema vallenato más hermoso del mundo y vigente que hayamos escuchado y con asombro coincidimos en silencio ser también a quien conocen tarde para aquellas viejas canciones y ese juramento tardío de difícil cumplimiento: No cantarle a otra mujer.

Rosendo Romero Ospino, el poeta de Villanueva, se cuenta entre los compositores clásicos de vanguardia, pues sus composiciones siguen vigente en las nuevas generaciones, como un intervalo de nostalgia que hace la muchachada de la nueva ola, cuando después de varias tandas modernas, renacen estrofas de Romanza, Noche sin lucero y Fantasía, como ese cordón invisible de notas y letras clásicas de juglaría, como un llamado de atención al eterno retorno a los orígenes románticos y enaltecedores del vallenato hacia la mujer.

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La primera canción que escuché de Rosendo Romero fue en la voz magistral de Jorge Oñate, Noche sin Lucero, cantada al unísono por mi padre  y mi tío materno una madrugada de parrandas inolvidables en Maicao, en el que uno le decía al otro: “Esta es la canción por la que quiero me recuerden” como un testamento anticipado de quien presiente se irá primero, rematando al decir “Noche sin lucero se escucha más bonito en el Paraíso” y así lo comprobé en mis visitas al Paraíso, es en mi ranchería donde se escucha más lindo el vallenato de los clásicos, quizás por ser más cercanos territorialmente a San Juan y Villanueva, cuna de compositores.

La presencia de nuestra rara alegría triste renace cuando escuchamos los versos de Rosendo Romero, en las voces de los cantantes que las entonan, como si la brisa bailarina los hubiera escogido, para ser ellos quienes las interpretaran, pero sin duda han sido Silvio Brito, Jorge Oñate y Diomedes Díaz, quien nos lleva a ese cataclismo de amor. Quienes hemos encontrado en las letras un oficio, hemos escrito versos repletos de verano estando en primavera, como aquel elemento común del olvido y nostalgia que tenemos los nacidos en La Guajira, quien nos regala ese eterno azul que siempre volverá al balcón de nuestro cielo.

En ese eterno retorno al que sucumbirán los jóvenes de hoy, por eso no me alarmo, recogerán el estilo de Rosendo Romero, es justo y necesario en una sociedad donde las doncellas repiten estrofas que sin saberlo las denigran, términos como loca, mala, borracha, entre otras y donde los jóvenes caballeros las dedican, se pierden las  miradas profundas y misteriosas como los claros de luna entre sombras de almendros y románticas como la lluvia de un atardecer. Es hora de buscarnos en la noche transparente.

Gracias Rosendo por tus canciones, un paliativo al que acudimos los románticos sin remedio.

Al Festival de la Leyenda Vallenata felicitaciones por el acierto de homenajear al niño del Pueblo aquel que se convirtió en el poeta de Villanueva.

Paraíso: Comunidad Wayuu ubicada en el resguardo Caicemapa, Distracción (La Guajira).

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