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Por Ángel Roys Mejía.

La tensión se ha ido disipando. Muy seguramente Lourdes Aguilar Mena susurraba a su hijo Gerardo Toro hace más de un año el tono costumbrista y los detalles de alfarería de la palabra de un capítulo de Pandemia de pasión, cuando la inesperada visita regó como rumor de patio, en los andenes de la calle 10, en los barrios Arriba y Abajo, en el sopor del nordeste y en los albores del café y su chercha, que se había ido para siempre.

La tensión es como las olas. Mientras dolía su partida, los manuscritos pasados en limpio de su oralidad impresa, pendulaban al jepe que jepe que muchas veces hace sucumbir la creación cuando se somete al escrutinio de lo público, a la formalidad de un proyecto y a la voluntad mezquina de los recursos. Una y otra vez portó debajo de su brazo el legajo de historias que había ido recreando en años de vivencias y memoria. Narradas a mano con una bella caligrafía y que poetizaba el ejercicio de la escritura como esa simbiosis de pensamiento y creación que se materializaba a través del pulso, de la empuñadura, de trazar letras e ir dibujando inicios, nudos y desenlaces. Lourdes Aguilar iba y volvía. Creía y persistía.

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La tensión entre las dos pampas; la llanura de escasa vegetación que primero José Ramón Lanao Loaiza adjetivó como escandalosas, Lourdes Aguilar las apropia para significar que el espacio donde tienen lugar sus historias es por extensión todo el territorio guajiro indistintamente de su ocurrencia en el sur o en el norte. Recuerda su prosa como testigo de un pasado que no debe olvidarse, que Venezuela fue por mucho tiempo el sueño zuliano para hombres y mujeres que se rompían el lomo en ese país para enviar el rendimiento de sus remesas y bolívares con el fin de aliviar las penurias de este lado de la frontera, aunque fuera cosiendo camisas.

Abraza a sus protagonistas con el cuidado de no provocar señalamientos, representando en Don Goyo a personajes que mestizaron su malicia y se sobrepusieron al coletazo de la fugaz bonanza que impuso a muchos un estilo de vida de sibaritas cuyas exigencias de lujo y parranda se tuvieron que metamorfosear en algunos casos en el juego del poder, en la clientelización; mutando el tráfico de la marihuana por el comercio de los votos. Don Goyo es una lección de historia y su efecto paródico aun vuela bajito por la extensión del desierto.

En las pampas guajiras de Lourdes Aguilar está presente el doble linaje de su origen. Confluyen en sus letras la hidalguía de la mujer afroguajira y el mítico lenguaje del wayuu con sus creencias, tradiciones y cultos. Recupera para el lenguaje un glosario perdido en los vericuetos del habla, en los localismos, en las adaptaciones, en las resignificaciones y en el particular acento nativo que unas veces musicaliza y otras golpea con tosquedad los diálogos. Ella mirando este párrafo por ejemplo diría: ¡Euu Ligia!

Sus palabras coleccionadas esgrimen su resistencia y se conservan como los acetatos de piezas de bolero con los que concursaba en el extinto Festival que más engalanaba la riohacheridad. En esta primera edición que publica el Fondo Mixto de Cultura y la Gobernación de La Guajira al cumplirse el primer aniversario de su deceso, Mis pampas guajiras constituye un testimonio de su tiempo, en relatos breves que han sufrido el proceso de añejamiento de los licores de tonel con un sabor costumbrista auténtico.

Lourdes Aguilar ha dejado un legado que es como un matriarcado de la palabra que impone a su descendencia y en especial a su hijo Gerardo la continuidad de su verbo, insuflando en el sentimiento del pueblo la tensión, la narrativa, la irreverencia, la emoción y el drama de la tan necesaria Pandemia de pasión, que no es un simple pleque pleque, sino para que su voz se siga susurrando en el patio de la calle del Carmen.

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