Las anomalías de temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial ya alcanzan las registradas en los eventos más fuertes del último medio siglo. El profesor Rafael Torres Parra explica qué hay detrás de la alerta y qué debe esperar la región.
El fenómeno de El Niño que se consolidará en los últimos meses de este año ya deja anomalías de temperatura superficial del mar superiores a 4 °C en la región del Pacífico ecuatorial, conocida como Niño 3, un nivel que iguala al de los eventos más intensos desde que existen mediciones sistemáticas globales, es decir, desde 1950. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), existe una probabilidad del 81 % de que el fenómeno alcance una intensidad “muy fuerte” entre octubre y diciembre, lo que lo ubicaría entre los más fuertes de la serie histórica, junto a los de 1997-1998 y 2015-2016.
“No tengo ninguna duda de que a finales de año vamos a tener un El Niño muy intenso. Tenemos que tratar de tomar todas las medidas de precaución desde ya para evitar los riesgos asociados”, advierte Rafael Torres Parra, profesor del Departamento de Ciencias Naturales de la Universidad del Norte e investigador en oceanografía física con más de tres décadas de trabajo en el tema.
El diagnóstico se apoya en el mismo ejercicio que el profesor compartió durante la Escuela Internacional PAZ-MARCO —Peligros Naturales y Presión Antropogénica en la Zona Marino Costera— realizada del 21 al 24 de julio en Uninorte, y financiada por el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia, en alianza con la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL), de Guayaquil, y las embajadas de Francia en Colombia y Ecuador. Allí, Torres dictó un taller de seguimiento a condiciones oceánicas extremas (huracanes, oleaje, nivel del mar, tsunamis) y, a El Niño y las ondas de calor marinas, con herramientas satelitales de acceso abierto.
“Lo más importante de entender es que El Niño es un fenómeno de interacción océano-atmósfera que se desarrolla en el océano Pacífico. Sin embargo, es un evento tan importante que afecta a todo el planeta”, enfatiza el investigador. De hecho, los récords globales de temperatura promedio se han roto en cada uno de los últimos años en que se ha presentado El Niño, por la interacción de este fenómeno con el calentamiento global.
En condiciones normales, los vientos alisios del sur empujan las aguas cálidas del Pacífico este hacia Asia y Australia, mientras en las costas de Suramérica emergen aguas frías que fertilizan el océano. La razón, explica Torres, de la riqueza pesquera de Perú y Ecuador—. Ese equilibrio de presiones atmosféricas cierra un circuito de vientos conocido como la celda de Walker. Cuando El Niño se activa, los alisios se debilitan, la celda se contrae, las lluvias se desplazan hacia Suramérica y una “piscina” de agua cálida viaja hacia las costas del continente americano, generando lo que los científicos llaman una “anomalía térmica”, utilizada como índice para medir la intensidad de este fenómeno.
Estas anomalías son la diferencia entre la temperatura registrada actualmente y el promedio histórico de temperatura superficial del océano de los últimos 30 años para la misma época del año. Ese indicador —medido en zonas del Pacífico bautizadas Niño 1+2, Niño 3, Niño 3.4 y Niño 4— es hoy el que tienen en la mira los científicos de todo el mundo.
En ese sentido, el profesor Torres comparó los registros satelitales de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) del evento actual con los ocho más fuertes desde 1950 —entre ellos 1957-1958, 1982-1983 y el histórico 1997-1998—. “Ya está llegando a temperaturas más altas que las de los El Niño más fuertes que hemos visto hasta el momento”, añade.

Lo que está en juego para el Caribe
Torres destaca que la temporada de huracanes suele ser menos intensa en el Caribe en años Niño —una tendencia que un estudiante de pregrado de Geología de Uninorte confirmó en su trabajo de grado, encontrando que cambios en la cizalladura vertical del viento, es el factor que impide que las tormentas se organicen—. “Disminuye o es menos intensa la temporada de huracanes. Eso es bueno, porque los huracanes son un evento extremo que pone en riesgo las zonas costeras”, señala el profesor.
Ese interés investigativo tiene ya antecedentes, pues Torres publicó en 2023 un artículo sobre cómo El Niño modifica la circulación estacional del Pacífico colombiano, y actualmente trabaja con unos colegas en un nuevo estudio sobre su efecto en el nivel del mar, el cual aumenta cuando el agua se calienta durante El Niño y multiplica el riesgo de inundaciones y erosión costera.
El resto de los efectos preocupa más. El aumento de las temperaturas y la caída de las lluvias en la región Caribe golpean directamente un sector estratégico para el país: cerca del 65 % de la energía eléctrica de Colombia se genera con centrales hidroeléctricas. “Si disminuye la precipitación y disminuye el nivel de los embalses, hay un problema en la generación de electricidad. Los sectores agrícola y ganadero también sufren, y las altas temperaturas nos afectan a todos”, advierte. A esa lista se suma el riesgo de incendios forestales, más probable en un semestre seco y caluroso.
En el océano la amenaza viene con las “ondas de calor marinas”, picos de temperatura que pueden durar varios días y que se intensifican con El Niño. “El enemigo número uno de los corales del mundo son las ondas de calor que generan el nombrado “blanqueamiento de coral” que puede llevar a su muerte. Estas ondas se intensifican cuando tenemos fenómenos de El Niño”, explica el investigador, quien coautoró una publicación reciente sobre el tema. El coral funciona como refugio y fuente de alimento para buena parte de la vida marina, y su desaparición, advierte el docente, acelera la erosión de las playas al perderse la barrera natural que rompe el oleaje antes de llegar a la costa.
Seguimiento satelital con capital humano
El monitoreo del fenómeno se hace hoy principalmente con satélites de países desarrollados que comparten abiertamente sus datos de temperatura y nivel del mar, junto con redes de boyas oceánicas que miden temperatura en profundidad. En Colombia, el IDEAM aporta las estaciones hidrometeorológicas y la Dirección General Marítima (Dimar), su red de mareógrafos.
Para el profesor, esa capacidad de respuesta depende también de formar profesionales que mejoren el entendimiento de la conexión entre el océano y el clima del país, una apuesta que, dice, ya rinde frutos entre egresados de los programas de Geología, la Maestría en Ciencias de la Tierra y el Doctorado en Ciencias del Mar de Uninorte que hoy trabajan en entidades como la DIMAR o la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), aportando su conocimiento sobre estos riesgos naturales.
“Década tras década el impacto de los fenómenos de El Niño en la sociedad va a seguir aumentando por la actual tendencia observada de calentamiento global”. Por eso insiste en que investigar la conexión entre el Pacífico y el Caribe es hoy una prioridad. “Colombia, nosotros y la Universidad del Norte estamos en un sitio privilegiado, porque estamos en la mejor esquina de Suramérica, con costas tanto en el Caribe como en el Pacífico. Lo único que necesitamos es un poco más de tiempo y recursos para, de la mano de nuestros estudiantes de pregrado y posgrado, avanzar para responder estas preguntas”, concluye Torres Parra.
Por: José Luis Rodríguez R.
