*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

Por Caridad Brito Ballesteros.

Históricamente, se nos ha hecho pensar en que el hombre es naturalmente superior a las mujeres, lo que le ha dado un lugar privilegiado en la toma de decisiones políticas, económicas, sociales y culturales; dejando a la mujer -según la historia occidental- la función de guardiana del hogar, la crianza de los hijos y la de satisfacción sexual.

Es hasta el siglo XVIII, que las mujeres desde diferentes rincones del mundo en un clamor de igualdad, inician luchas y expresiones que van en contra de percibir la superioridad del hombre como derecho natural, sino que es algo cultural, algo que se nos enseña e impone.

Con el surgimiento del movimiento feminista -que se podría pensar que hablaba por todas las mujeres-, este abogaba por una mujer con características étnico-raciales y sociales muy puntuales; por ello, surgen “otros feminismos” que atienden las voces de las diferentes realidades y diversidades. Mujeres como Sojourner Truth que habló por primera vez de una doble discriminación: por ser mujer y por ser negra; o como Flora Tristán que hablaba de una doble discriminación: de género y de clase. Hechos que hacen que a partir del siglo XX se hablen de feminismos -en plural-, como: feminismo negro, feminismo poscolonial, transfeminismo, eco-feminismo, teoría queer, etc.

Contenido sugerido: 

Esos otros feminismos que escriben otras historias nos muestran, que la vida de las mujeres negras no pertenecía a su hogar, sino al hogar de su amo, que criaba hijos que no les pertenecían y que era sujeto de abusos. En Colombia, el reconocimiento de la población afrodescendiente como sujeto colectivo de derechos es un proceso reciente, que encuentra a partir de la Constitución Política de Colombia de 1991, uno de sus momentos más importantes, y que inicia el pago de una deuda histórica que tenía el Estado colombiano con la toma de medidas tendientes a generar espacios de integración y afirmación para la población afrodescendiente (Coronado Delgado, 2006).

La Constitución de 1991, concedió al pueblo afrocolombiano unos derechos de participación y unos derechos territoriales. Los primeros, crearon una circunscripción especial para que las comunidades negras elijan un representante en el Congreso de la República y, los segundos, derivados del artículo 55 transitorio de la Constitución Política. Sin embargo, a estas luchas de hombres y mujeres negros por la defensa de los derechos de las minorías y contra la discriminación, como mecanismos de protección y reparación como grupo étnico, continua la lucha con los hombres negros contra el sexismo.

No ha sido fácil, para las mujeres del Caribe colombiano y, especialmente en La Guajira -un departamento machista e indigenista-, alzar la voz para decir así somos y aquí estamos, con una crianza que para las mujeres afrodescendientes inicia con una estética estereotipada. Las mujeres siempre hemos estado como telón de fondo en la historia, pero las mujeres negras somos lo que Alberto Melucci (1994) expresa como miopía de lo visible; existimos, se sabe dónde estamos pero no nos quieren ver; y esto es apoyado en resultados de investigaciones que sostienen que los factores socioculturales, económicos e históricos han constituido la fuente de exclusión y discriminación que se mantiene hasta la actualidad en un Estado que representa la violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres; por eso, hablamos que a las mujeres afrodescendientes nos atraviesa el género, la raza, la clase y el territorio.

La construcción histórica de La Guajira, ha estado marcada por movimientos migratorios, procesos productivos agrícolas y mineros y, la ilegalidad; lo que hace necesario un acercamiento con lupa a las mujeres negras que habitan este territorio, ya que desde hace mucho se las ha excluido, minorizando y estigmatizando. Y el reconocimiento al ejercicio que vienen realizando debe verse como un movimiento social con enfoque teórico, porque buscan situarse en el discurso público en cuanto actrices sociales dotadas de agencia social y como estrategia de resistencia racial.

En este sentido, es importante la aparición de organizaciones y movimientos liderados y organizados por mujeres negras en La Guajira, que está desestructurando una mirada predominante de mujer guajira, liderado por la organización Mata ‘e Pelo. A través del trabajo en equipo las mujeres negras quieren generar espacios de transformación social para la población afrodescendiente, negra, raizal y palenquera desde la identidad, la belleza, el bienestar y lo político. Esta ruptura la abren en primer lugar, trabajando por espacios de empoderamiento étnico-racial, en donde la población afrodescendiente, negra, raizal y palenquera, viva efectiva y afectivamente los DDHH, conservando los valores, prácticas y costumbres propias.

Desestructurar una única mirada de mujer es complejo aún en la actualidad, luchar contra los medios de comunicación que bombardean con modelos estéticos, contra el patriarcado y sus modelos sociales y culturales, contra la economía capitalista y la penetración de multinacionales en los territorios, contra la religión y sus modelos de comportamiento, pero aún más la pandemia ha mostrado la letalidad presente en los hogares. Pero desde La Guajira, se están creando espacios de diálogo para que esa estructura no permanezca y se acepten otras formas ser y vivir.

Para generar las condiciones que definan la realidad y nombrar la historia, con la presencia, participación y acción de nuestras ancestras y ancestros, de nuestros saberes, técnicas y herramientas y de nuestras formas de cuidado. Además, tiene gran importancia en la visibilización y representación de las mujeres negras que viven en La Guajira, que busca en primer lugar, la legitimidad democrática, como medio de empoderamiento y participación de todos los grupos de la sociedad, y de las mujeres negras con nuestras necesidades y contextos diversos que deben estar representados y deben aparecer en la agenda pública local, regional y nacional y, que debe ejercerse de manera paritaria en los espacios de toma de decisiones políticas. En segundo lugar, inspirar a más mujeres en todas las esferas de sus vidas, que haya mujeres líderes políticas negras contribuye a generar nuevos roles y prototipos de mujeres, distintos de los tradicionales, resultando sumamente útil para erradicar prejuicios discriminatorios contra las mujeres. Las lideresas negras refuerzan el concepto de la mujer ciudadana frente a la mujer víctima, sometida, vulnerable y dependiente económicamente.

La identidad de las mujeres afroguajiras es construida a través de múltiples discursos, prácticas y posiciones, que pueden ser cruzadas o antagónicas con los recursos que nos han dejado la historia y la cultura. El proceso de construcción va dirigido hacia el futuro con un ojo en el retrovisor que nos permite preguntarnos: ¿Cómo nos han representado?, ¿Quiénes nos representan? Y ¿Cómo queremos ser representadas?, ya que la identidad se construye desde la representación.

El proceso de identidad y autorreconocimiento de las mujeres afroguajiras ha generado tensión, ya que muchas se han enfrentado o se enfrentan a dejar de ser mestizas para transformarse en negras, lo que -parece sencillo- en un escenario como La Guajira, donde en el eslogan se enorgullece de ser un territorio multiétnico y pluricultural, pero que no había contemplado seriamente a los y las afrodescendientes.

Finalmente, es necesario mencionar que la lucha por una sociedad más humanista, equitativa y justa, continua y que, existen barreras para una participación activa y la visibilización de las lideresas negras en La Guajira, sumado a los riesgos como los que se han observado en diversos movimientos feministas como las super start, que alcanzan reconocimiento y voz en los medios, pero que se desconectan de la realidad territorial y se convierten en figuras individuales sin trasfondo colectivo o, las feministas urbanas sin autorreconocimiento étnico que quieren hablar de mujeres negras en La Guajira. Pero el naciente afrofeminismo en La Guajira como movimiento organizado, con trabajo en territorio, con redes de apoyo y magnitud, con una pedagogía que dialoga intergeneracionalmente y la búsqueda de apoyos para la formación y emprendimiento lo convierte en movimiento difícil de golpear y de deslumbrar.