Por: Weildler Guerra Curvelo.

El próximo dos de mayo se cumplirán doscientos cincuenta años del alzamiento wayuu de 1769. Un hecho prácticamente ausente en la memoria de los colombianos. ¿Cuántos ciudadanos de este país saben que sucedió a partir de ese día? ¿Quién tiene el poder de decidir cuáles son los hechos que debemos conmemorar y cuales podemos confinar al olvido o situarles como una simple nota de pie de página en la historiografía oficial? ¿Por qué hasta ahora los alzamientos indígenas no han formado parte de la memoria oficial colombiana?

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El historiador norteamericano Allan Kuethe señala como en el último periodo del Virreinato de la Nueva Granada este condujo vigorosas campañas militares contra grupos indígenas hostiles en dos fronteras separadas de su jurisdicción. La más conocida de ellas comenzó en 1785 en el istmo del Darién contra los indígenas Tule. La otra campaña había sucedido en la década anterior en la península de La Guajira. La rebelión del dos de mayo de 1769 se inició en los poblados indígenas cercanos a Riohacha. Una expedición armada de vecinos hispanos se dedicó a cometer crueldades contra los indígenas poseedores de ganado. La reacción de los grandes jefes nativos de la época fue tan rápida como feroz. Quemaron los poblados y hatos existentes, dieron muerte a un religioso y a decenas de milicianos y civiles. Las sucesivas expediciones organizadas desde Riohacha con milicianos de esa ciudad, Valledupar y Santa Marta, sufrieron repetidas derrotas.

El Virreinato de la Nueva Granada decidió enviar tropas regulares desde Cartagena para emprender una prolongada y cruenta campaña de pacificación. El plan de pacificación estuvo a cargo del coronel de ingenieros Antonio de Arévalo quien combinó medidas de atracción pacífica y operaciones militares punitivas. Hacia 1776 tras la muerte de centenares de soldados, milicianos, colonos, religiosos e indígenas el fracaso de este plan se confirma con el posterior arrasamiento que los indígenas hicieron de los pueblos fortificados hispanos como en la humillante retirada española del norte de la península. Los wayuu recuperaron el control total de su territorio, mantuvieron su autonomía y preservaron sus nexos comerciales con las posesiones insulares inglesas y holandesas como Jamaica y Curazao.

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Arévalo escribió 64 diarios de campaña y elaboró un material cartográfico de gran relevancia para estudiar este periodo. Sin embargo, nadie conmemorará el próximo dos de mayo los doscientos cincuenta años de este alzamiento. Toda conmemoración establece una jerarquía de las memorias. El antropólogo Michel Trouillot afirma que la importancia histórica de un evento no depende tanto del impacto que tuvo en la época de su ocurrencia como de la forma en que lo inscribimos y lo seguimos registrando en el tiempo. La creación de una república fue un proyecto liderado por las elites criollas que decidieron separarse de algo a lo que anteriormente se sintieron ligados: la monarquía española. No fue el caso de algunas naciones indígenas, como la de los wayuu, que buscaban, principalmente, preservar su territorio, autonomía y formas de vida de los repetidos intentos de sujeción política por parte de un imperio español al que jamás se sintieron subordinados.

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