Por María Isabel Cabarcas Aguilar*.

El título de esta columna, es el saludo característico del señor Moon en la afamada película infantil “Sing” o “Ven y Canta”, cuyo protagonista es un optimista y resiliente koala dedicado a la dirección y producción de espectáculos en vivo, quien heredó de su padre un antiquísimo teatro que lleva su apellido. Debido al gusto de mi hijo por su entretenida historia, he visto muchas veces el filme, coreando y bailando con él cual niña feliz, cada una de sus canciones. En la historia, la humanidad es más bien “animalidad”. Todos los miembros de esta sociedad o más bien, “zoociedad”, son justamente, animales, y a lo largo del desarrollo de la trama, aparecen innumerables y valiosos mensajes cargados de preciosas enseñanzas que fomentan en los niños, la tolerancia a la frustración, el entusiasmo, el compañerismo, la valentía, el positivismo, la honestidad, la tolerancia, el respeto y por supuesto, la voluntad por manifestar libremente los talentos que el creador nos ha obsequiado y darlos a conocer al mundo. Como mamá, disfruto inmensamente ver con mi hijo las películas infantiles, y poco a poco en cada una de ellas he hallado moralejas y lecciones de vida que con el mismo acierto aplican para la vida de los niños y los adultos.

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Al ver recientemente las dolorosas imágenes de animales como canguros y koalas lesionados, quemados y aterrorizados, manifestándoles gratitud y cariño a los voluntarios rescatistas que han llegado de todo el mundo a socorrerles de las llamas voraces de los violentos incendios forestales que han afectado gran parte del territorio de Australia, recordaba a los protagonistas de “Sing”, o de “Zootopia”, o de “Amigos Salvajes”, de “Antz”, o de “Bichos”, o de cualquier película infantil basada en la vida de los animales y de cómo estos filmes intentan sensibilizar a su audiencia sobre las nefastas consecuencias de la irreflexiva actitud y comportamiento de nosotros los seres humanos respecto del mundo y de los demás seres con quienes lo compartimos.

Por años, nuestra especie ha: explotado los recursos naturales, contaminado las fuentes de agua, aprovechado de forma desmedida lo que la tierra nos puede proveer, consumido y desechado excesivamente, matado cruelmente a los otros animales para alimentarnos, perseguido, cazado y extinto sistemáticamente especies salvajes, contaminado el aire, los océanos, los ríos, y por ello envenenado las fuentes hídricas y acelerado el nocivo efecto invernadero, sobrepoblado el planeta, deforestado sistemáticamente los bosques, creado armas de destrucción masiva, y todo esto como resultado del ejercicio irresponsable de nuestra posición dominante en la naturaleza. Incluso nos hemos aprovechado de herramientas valiosas como la investigación, ciencia, la tecnología y la innovación intensificando el enorme impacto de esta huella negativa e imparable en nuestro hogar común como lo es el planeta tierra.

Las imágenes de la Amazonía, de California o de Australia, o los recientes sismos como el de Puerto Rico, o la ausencia en La Guajira de la tradicional brisa decembrina que parece haber llegado en enero acompañada además del fuerte oleaje que imposibilita la actividad de los bañistas que por esta época disfrutan de la playa, se constituyen en claros mensajes del cambio climático como fenómeno global, al tiempo que logra prever la gravedad de la situación en el futuro cercano si no tomamos acciones a tiempo.

La hermosa canción “Salvar tu amor” del cantante Samario Carlos Vives, es todo un himno de respeto por el medio ambiente: “Busco tus besos en peligro de extinción, como la sierra, como esta canción. Hay emergencia, se calienta el corazón, vivirá el planeta si salvo tu amor”. Pequeñas acciones están a nuestro alcance día a día para evidenciar una mayor conciencia sobre la necesidad de sanar y restablecer nuestra relación con la naturaleza y con los demás seres vivos, de demostrarles amor a aquellos con quienes compartimos hábitat. Ningún intento es pequeño en este propósito común de salvar la tierra… incluso, de nosotros mismos, quienes nos hemos convertido paradójicamente, en sus más crueles verdugos.

*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

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