Por Weildler Guerra Curvelo*.

Esta anécdota ocurrió en la Riohacha de los años sesenta del siglo pasado: en el Colegio de la Divina Pastora el alumno Goye Bonivento debía presentar un examen oral sobre la batalla del Pantano de Vargas ante el inolvidable profesor de historia Abel Pimienta. Sin embargo, Goye había olvidado estudiar el tema y en el momento de responder afirmó con la frescura y  seguridad de quien ha presenciado la histórica escena: vea profesor, eso fue una matazón horrible, había cabezas por aquí, brazos por allá, piernas por aquí, sangre y miembros cortados por todas partes. Ante este colorido resumen del evento histórico el estricto profesor Pimienta le respondió con el mismo desenfado caribe que su calificación sería un cero por aquí, un uno  por allá y una mala nota por todas partes.

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En realidad si preguntáramos a los colombianos sobre el Bicentenario de Boyacá un número significativo de ciudadanos respondería en el mismo sentido de mi buen amigo Goye, La batalla de Boyacá suele ser un recuerdo brumoso de nuestra infancia. Está asociada con los sonidos de trompetas y tambores de los desfiles de la secundaria, con imágenes de cargas de lanceros semidesnudos y con la idea errónea del fin inmediato del dominio español en nuestro territorio. No obstante, más allá de los círculos académicos poco sabe el ciudadano común del evento mismo. El historiador Daniel Gutiérrez Ardila, quien ha escrito un libro breve, nítido e ilustrativo  llamado 1819, considera que la proliferación de lugares comunes acerca de la batalla de Boyacá pone en evidencia el contraste entre “la unanimidad en cuanto a la relevancia del acontecimiento y la ignorancia casi general acerca de sus pormenores y de su sentido”.

La batalla de Boyacá sin duda constituyó un punto de inflexión en el proceso de independencia. Hizo posible el disponer de una base territorial para continuar la campaña libertadora, propició la consolidación institucional de Colombia en el Congreso de Cúcuta y facilitó la expansión hacia el sur del continente del proceso emancipador. Empero la presencia militar española persistió hasta 1823 y fueron necesarias costosas campañas navales y terrestres  para expulsar a los realistas de manera definitiva. Por ello en ciudades como Santa Marta, Riohacha, Barranquilla, Valledupar y Cartagena, debemos prepararnos desde ya para  concebir y realizar nuestros  procesos conmemorativos y no podemos esperar  indiferentemente que estos se conciban desde Bogotá.

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¿Por qué conmemoramos? ¿Cual es la importancia de las conmemoraciones? Conmemorar no significa necesariamente celebrar o limitarse a actos ceremoniales. Las conmemoraciones, afirma el historiador Geoffrey Cubbit, buscan hacer del pasado no un simple  pasivo sino un espacio de referencia y un activo social en la conciencia ciudadana. Ellas buscan balancear un sentido de lo primordial con la dirección que desea tomar una sociedad. En cada acto conmemorativo podemos reexaminar y reelaborar el sentido en que ha sido estructurado el pasado. Los procesos conmemorativos están conectados con un sistema más extenso de sentidos. Ellos nos abren las puertas a un denso reservorio simbólico para poblar el futuro y revisar el trayecto que hemos recorrido y lo que hemos alcanzado como sociedad.

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