Por Ángel Roys Mejía*

En amplios sectores de la Comuna 4 de la ciudad desde el inicio de la cuarentena se exhibe un nuevo símbolo de los tiempos: banderas y trapos rojos en las puertas y ventanas de las casas. Pretexto para erguir el simbolismo que se disputa a muerte con el tropel de las profecías, cuyo residuo cae en la inteligencia colectiva como espada apocalíptica.

Esa necesidad del ser humano estudiada por Umberto Eco de crear símbolos, se ha convertido en la principal señal de las ciudadanías perseguidas por las consecuencias generadas por el mismo hombre. El trapo rojo no es una alusión a los colores de la bandera que la primera dama de la nación solicitaba al país acudiendo al patriotismo para protegernos del virus; tampoco correspondía con el mensaje viral en redes sociales de un pastor visionario que aludiendo al antiguo testamento pedía sellar las viviendas con la representación de la sangre para que la peste o la nube no los dañara. El trapo rojo aparentemente tenía otros propósitos humanitarios como era identificar las viviendas que recibirían ayudas para paliar el hambre y la falta de ingresos, disminuidos por la imposibilidad de moverse la economía más importante del Distrito resumida en el rebusque. Era tan descomunal la campaña que terminó convirtiéndose en una entelequia, otra desbocada cadena mentirosa promovida en la red, en esta otra pandemia en la que se ha convertido la desinformación y la perversa especulación que duplicó el precio del huevo en medio de la emergencia sanitaria.   

Ha surgido una gramática fantástica que genera mensajes en masa en formatos de audio y video que difunden salvavidas como el de un medicamento etiquetado como Interferon con probada efectividad en pacientes con Covid-19, pero que al ser consultado en los vademécums digitales se observa que es empleado en enfermos con hepatitis y Sida cuyo costo mensual puede llegar a los 2 mil dólares. Las revistas científicas anuncian en publicaciones que no tienen el mismo alcance difusionista que la vacuna contra el Coronavirus tardará por lo menos un año en ser creada y ensayada para beneficio de la humanidad. “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto las falsas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas” ha dicho el Papa Francisco en su memorable alocución de bendición al mundo, y sentencia: “Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que los Discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. En esta barca estamos todos”. Allí estamos todos y por ello es necesario usar el remo con pertenencia común para restablecer el rumbo de la vida.

La experiencia indica que la prevención y el confinamiento son el único remedio para contener la propagación de la peste. Pero no se logrará fácilmente en un sistema de salud que obtiene provecho de lo asistencial, que aún no reacciona asumiendo el liderazgo de campañas de desinfección e intervención en lugares críticos como hospitales, clínicas, centros de salud y funerarias. Ni tampoco en una sociedad que se acuesta de puertas abiertas amparada en el aforismo de que al guajiro hasta la muerte le llega tarde.

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La gente se ha aferrado al tapabocas como si de ello dependiera su vida. Lo usan hasta el abuso, como una moda, sin criterio aséptico, como única esperanza de blindar su vida contra el asedio de la muerte.  Una sociedad de tradicionales formas de cortesía sustentadas en abrazos y besos, en pésames, en vecindarios de puertas abiertas, en esquinas aplaudidas por galladas, en parrandas como religión y en la sublimación de la chercha como modus vivendi.

El tapabocas rodea las mesas de jugadores temerarios acompañados de una audiencia lúdica que espera su turno para sentarse al dominó, parqués, siglo o las cartas que pasan de mano en mano bajo la sombra de Mangos, Marañones, Puys y Robles, mientras el Instituto Nacional de Salud prende las alarmas por que se ha dañado la máquina que procesaba las pruebas del virus y el suministro en el país de los protectores de mucosas se ha agotado, con ello se han visto en aprietos para garantizar información fiable sobre el número de afectados y en la dotación de los equipos de salud que atienden la emergencia.  Ante este estado de incertidumbre para el que nada había previsto, la sola comprobación de un caso en La Guajira con tres Unidades de Cuidados Intensivos y menos de 100 camas para casi un millón de habitantes, empezará a hacer descender el trapo rojo a media asta y abrigarse en el proverbio popular que reza “que Dios nos agarre confesados”.

Colofón: – ¿De modo que no hay epidemia en Venecia? -preguntó Aschenbach muy quedamente y entre dientes.

Las musculosas facciones del payaso esbozaron una mueca de cómica perplejidad.

  • ¿Epidemia? ¿a que epidemia se refiere? ¿Acaso es un mal el siroco? ¿O nuestra Policía? Está usted bromeando. ¡Una epidemia! ¡Ésta sí que es buena! Es una medida preventiva, ¿me entiende? Una disposición policial para contrarrestar los efectos de este clima sofocante… (Fragmento)

Muerte en Venecia /Thomas Mann. Obra literaria publicada en 1913.

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