Por Carlos Cataño Iguarán.*

Antes de que Diomedes, lo hiciera célebre en sus cantos, Leandrito Sierra tenía una acreditada reputación como benefactor de las comunidades más humildes de la comarca sanjuanera. Era el médico del pueblo, un personaje memorable, que instituyó a fuerza de generosidad un modelo de salud eficaz e irrepetible, cimentado en el cariño genuino por su gente. Fue el visionario de las EPS, pero sin la voracidad económica, ni el trato denigrante a los pacientes como ocurre hoy.

Para los niños de mi generación la diaria travesía de Leandrito en su Jeep verde por La Peña, era una visión mítica y feliz. No advertíamos su rostro entre la polvareda, pero compartíamos la certidumbre, que la amigable silueta que saludaba con la mano, correspondía a un hombre honrado y bueno, que iba afanado por caminos indescifrables, a temperar las penurias de los enfermos.

Esa imagen la tengo encadenada a los afectos, nunca vi de cerca a Leandrito, pero tampoco fue necesaria su proximidad para conocerlo, admirarlo y quererlo como se quieren las cosas de la infancia, en realidad las referencias de gratitud por la gratuidad de sus servicios en la provincia, me perfilaron su colosal dimensión humana.

‘El médico del pueblo’ es parte esencial de mis nostalgias, con frecuencia me aventuro a charlar con autoridad sobre sus hazañas solidarias, sustentado en las conversaciones de familia, en las que siempre lo asocian a sus recetas proverbiales, la renuencia a los beneficios económicos o los homenajes a su febril voluntariado.

Tuve oportunidades en abundancia para estrecharle un abrazo y confesarle cuanto valoraba su altruismo ejemplar, una de tantas fue con ocasión de la muerte de Diomedes Diaz. Llegué a La Junta en compañía de Álvaro Álvarez y frente a la iglesia instalamos la unidad satelital de televisión, mi tío Martin Elías Cataño y mi primo Luis Alfredo Sierra me acompañaron en la reportería.

Sabía que Leandrito estaba devastado por el deceso del Cacique, a quien amaba como otro de sus hijos, sin embargo, indagué por su estado, la respuesta de Luis Alfredo fue otra pregunta desafiante, que me ocasionó un estremecimiento emocional, “¿Lo va a entrevistar?, para traérselo ya”. Lo admito sin pena, no tuve el valor de verlo en una circunstancia tan dolorosa, tan solo para que no estropeara el recuerdo sublime que traigo desde mi infancia en La Peña.

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