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Por Luis Eduardo Acosta Medina.

“Recuerdo los consejos de mis viejos que a la tumba ya se fueron y quisiera devolver el tiempo para verlos otra vez. Navidad quisiera encontrarlos de nuevo. Navidad será que se han ido hacia el cielo, donde están quisiera abrazar a mis viejos”.

El aparte transcrito corresponde a la canción “Vientos de Navidad” de la autoría de Wilfrand Castillo, la que considero su mejor obra musical, su letra me parece conmovedora, me arruga el corazón, excelentemente interpretada por Omar Geles y Alex Manga, quienes la dieron a conocer en el álbum “Corazón de ángel” en 1998.

Cuando esta columna escribo, al escuchar el canto mañanero de un gallo cercano, viene a mi mente aquel 23 de diciembre, cuando había cumplido mis primeros ocho añitos de circulación por las polvorientas calles de Monguí, y presencie un acontecimiento que no puedo olvidar, y que puso fin a una navidad maravillosa para todos nosotros en aquel tiempo.

Fue en esa fecha cuando vi morir a un tío de mi vieja en la puerta de mi casa, era Segundo Peralta, un hermano de mi abuela a quien veía todos los días cuando llegaba de paso para sus potreros por las mañanas a tomar café, debidamente ataviado con su pantalón “Pantera Negra” y camisa “Amansa locos” , una rula Colins y su compañera permanente, una mochila grande de fique y variadísimos colores, allí ante los ojos de un hijo, de mi vieja y los míos, una trombosis violenta acabo con su existencia, el quiso decirle algo a mamá, y cuando la miró, de inmediato salió de su boca un chorro de sangre de color marrón, y sus azules ojos quedaron abiertos e inmóviles, todo ante mi incredulidad, pues no entendía lo que estaba pasando, pero muy pronto me percaté que lo sucedido, era una tragedia para todos, porque allí se acabaron los festejos de aquella navidad.

En esa época, no tan pretérita, porque viejo no soy, cuando una persona fallecía en nuestros pueblos, se sobrevenía una especie de luto colectivo, donde sin previa concertación, se apagaban los Radios Transistores; los picó, silenciaban sus bocinas, y los motores eran trasladados durante nueve días a la casa donde se realizaba la velación de todo aquel a quien se le partiera la cabuya, por cierto, para los muchachos de mi época, era divertidísimo ver los bombillos encendidos durante nueve noches continuas, allá íbamos a referir chistes, a correr y a comer de todo lo que repartían, ya imaginarán nuestros lectores, lo emocionante que es, cuando uno no tiene servicio de energía y encuentra un bombillo encendido.

Por respeto a los mayores aquella vez, se ordenó cancelar todos los bailes de niños y de adultos que estaban programados, de vaina se escuchaba cuando cantaban los gallos, los viejos se pusieron furiosos porque algunas mujeres se emborracharon el treinta y uno para despedir el año, les pareció irrespetuoso, desconsiderado y ofensivo porque coincidió la despedida del año con “Las nueve noches” de la partida del difunto, día sagrado, respetado y muy rituado entre mi gente, no había entonces tanta indolencia, indiferencia e impiedad ante el dolor ajeno.

Cada año en esta fecha, es ineludible para mi recordar lo que viví, en medio de mi inocencia supina, cuando estaba muchacho y era la falda de mi madre el lugar más seguro para el Nene de la casa, desde entonces ya vivíamos esa relación sublime de mucho pechiche y complacencias, ella, me cubría con sus brazos y sus trajes de opal y de popelina del frio embriagador de la brisita del nordeste de las navidades en las primas noches, así como siento su aparo cada vez que siento temor en este mundo donde decía Gandhi, lo mas grave es el silencio de la gente buena, ante las cosas malas que hace la gente mala.

Reitero mi solidaridad con quienes han perdido a su madre, a su padre u otros familiares en este tiempo, y quien quiera saber cuanto duelen los viejos cuando se van, que me pregunte a mí, en estos días cruciales para la humanidad, me hacen una falta enorme, durante la Navidad, los echo de menos, y durante las noches cuando los recuerdo, teniendo presente toda la felicidad que me prodigaron, me resulta imposible dormir; cuando siento frio rememoro a mi vieja arropándome en mi hamaca, cuando algo no entiendo, añoro a mi padre explicándome con toda paciencia lo que para mí resulta misterioso e incomprensible, cuando miro el cielo estrellado, encuentro allí, los tres luceros, uno detrás de otro, que Evaristo mi viejo me dijo una vez, que eran los Tres Reyes Magos camino a Belen…Como dice Wilfrand Castillo en su canción, “¡en esta Navidad a papá y a mamá quisiera abrazarlos de nuevo!”.