Riohacha querida

Les comparto un poema costumbrista inspirado en mi reciente visita que realicé a Riohacha, por invitación de la Embajada del Reino de los Países Bajos en Colombia, Stichting Rancho y Fundación InspirArte Aain, para conmemorar los 200 años de las relaciones diplomáticas entre el Reino de los Países Bajos y Colombia.

Es un poema de memoria vivida. No es solamente un poema: es una crónica afectiva de una Riohacha que ya no existe, contada desde la mirada de quien regresa buscando su infancia.

Con aprecio y sentimiento, el autor,

Benjamín Romero Barliza.

RIOHACHA QUERIDA

Aquí estoy, mi Riohacha querida, de jazmines y azucenas. Aquí regreso para encontrarme con aquello que un día dejé.

¿Dónde están? ¿Adónde se han ido? Los busco y no los encuentro. Se esfumaron con la aurora; ahora solo viven en mis recuerdos. Estoy tan cerca del aroma de los panes de Manga y, sin embargo, ya no lo percibo. También se marchó el viento fresco del nordeste, llevándose consigo el perfume embriagador de tu vientre salino.

Soy como un desconocido. ¿Dónde estoy? He venido a reencontrarme contigo. Miro desde lo alto y ya no veo lo que contemplaban mis ojos de temerosa niñez. Apenas sobreviven algunas hojas de zinc, oxidadas y opacadas por edificios levantados donde jamás imaginamos que nacerían.

¿Dónde quedó el bullicio de los muchachos del barrio? ¿Dónde el grito acusador que rompía la penumbra?

—¡Fue el sobrino de María Elena!

Mientras los hijos de la Negra corrían raudos, el acusado dormía inocentemente. Y, de pronto, resonaba el anuncio que hacía temblar a todos:

—¡Salió Tarzán… escóndase quien pueda!

Todavía siento ese eco retumbar en mi memoria.

Ya salieron las hermosas jóvenes de Las Monjas… ¿Y dónde estarán las de Sarita? Desde la distancia suspiraba por ellas, enloquecido por un amor que nunca encontró respuesta. Cuántas veces pienso en aquello que pudo ser y no fue. Hoy solo encuentro una vieja casa que envejece luchando por mantenerse en pie.

—¡Si yo soy… si yo soy!… ¿No sabes quién soy?

Le pregunto a una bella muchacha que apenas me mira con extrañeza. Tal vez sea la nieta de alguno de aquellos amigos con quienes compartí en la Divina Pastora y la Calle Tercera. Cada día somos menos…

¡Qué dolor!… ¡Qué pena!

Ya no les preocupa el álgebra ni la raíz cuadrada; ahora todo es matemática cuántica.

¿Lo sabías, mi querido profesor Navarro?

Allí está Beachi…

—¿Dónde?

¿Y qué hacemos ahora?

Comportarnos como buenos muchachos, porque ha llegado la hora.

Isaura, Omaira, Callita, Ener, Camencho, Rebeca, Anabella y Carmela, guardianes de mi orfandad: gracias por aquellas horas buenas.

Sangané, la Mochocorou, Lombana y Chelito… con ta papá, peleando todavía con sus fantasmas.

Así camino yo en esta interminable noche, buscando entre las penumbras del ayer las arepas de Cándida, la tortuga de Mello y los deliciosos dulces de Chico Popo.

El eco de aquellas voces resuena en el desierto de mi soledad.

¿Por qué tanta nostalgia?

¿Será que me estoy volviendo viejo lejos de ti?

Ahora hay calles y casas donde antes cantaba el sinsonte; donde volaba el Sangre Toro y nosotros cazábamos tortolitas y torcazas.

El alcaraván señala la hora…

¿Y qué vendrá?

¡No me asusten!

Hay candelitas en el firmamento; por aquí ni humea.

¿Cojosa?

Noojotsü warekay.

Uno… dos… tres… cuatro…

¡Escondámonos, amigos!

Son los corsarios que vienen navegando desde lejos para buscarnos.

¡Ay, mi Barrio Arriba!

¡Ay, las hazañas de Miguelito, «El Rey del Rito»!

¡Qué ingenuo soy! Nada volverá a ser igual. Solo me queda contemplar otros tiempos con estos ojos que hoy también saben llorar.

Suenan las campanas llamando al pueblo devoto.

Ay, vieja Mello…

Solo tú permaneces viva en mi anhelo fervoroso por encontrar aquello que jamás imaginé perder.

¿Dónde estás, mi Riohacha de jazmines y azucenas?

Quiero encontrarte para que vuelvas a besarme con la calidez de tu mar.

Quiero sentirme otra vez en ti, mi Riohacha querida.

No me culpes ni me castigues por vivir tan lejos de ti.

Porque, aunque el tiempo haya borrado tus calles de mi infancia y haya cambiado el rostro de tus días, hay un lugar donde nadie podrá tocarte.

Allí permanecerás para siempre:

Guardada en lo más hondo de mi corazón, mi Riohacha querida.