Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural*

En mis lecturas de la Biblia, hace rato me tropecé con esta enseñanza de Mateo 6:6: “Más cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público”.  Es lo que los hermeneutas de la Biblia llaman “devocional personal”, no es otra cosa que el llamado a que el diálogo con Dios o Jesús sea un acto privado, íntimo, aunque lo resultados se manifiesten públicamente.

Este pasaje bíblico viene a mi mente con frecuencia en estos días, cuando está proliferando cualquier cantidad de “cristianos”, que micrófono en mano, se toman cualquier plaza de mercado, esquina céntrica o “caliente”, lugares muy concurridos, con una supuesta y poco creíble misión celestial de “salvarnos” a través de la palabra. Claro, esa salvación tiene un precio: luego de leer un fragmento de la Biblia, orar por nuestra salud y prosperidad, absolver nuestros pecados, pasan un sombrero a recoger nuestra generosidad: a Dios no se le puede negar una moneda, es lo que implícitamente nos dan a entender, y si ofrendamos, las bendiciones lloverán.

Volviendo a la sentencia de Mateo, uno no entiende cómo estos pregoneros de la redención, tratan de convencernos de algo tan profundo y espiritual como los valores cristianos, mientras compramos la carne en el sector de los bachaqueros en Maicao, mientras regateamos que nos rebajen el precio del bocachico o catamos si la yuca es harinosa o no en el mercado de Riohacha. Quién se entrega en mente y cuerpo a una oración mientras está pendiente que pase un bus en Cuatro Vías cerca a Maicao; de dónde sacamos atención si nos atraganta una arepa de queso en Palomino y un carro nos espera para seguir el viaje.

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Pululan en las esquinas de los mercados, nos espantan el sueño mientras viajamos en los buses, incluso, me sorprendió cierto día que estaba en un lugar de rumba de la Avenida de La Marina, y entró un sujeto con Biblia bajo las axilas pidiendo dinero. No le negué lo que se merecía: un insulto. Cargar una Biblia “bajo el sobaco” se ha vuelto otra forma de mendicidad, en especial, desde que inició la migración desde Venezuela. Estos mercaderes de la fe, apelan a la expectativa que cargar una Biblia, aprenderse algunos formulismos retóricos, y leer un fragmento de esta guía espiritual nos afloja la generosidad y nos lleva las manos a los bolsillos, aunque no tengamos mucho que dar.   

Esta práctica de andar vendiendo redenciones tiene antecedentes con las famosas indulgencias. Los Papas católicos, entre estos León X, solían expedir documentos como las bulas de indulgencia en los que, “en nombre de Dios”, perdonaban pecados por graves que fueran, a quienes, como los miembros de la realeza, tenían la capacidad de pagarlos muy generosamente. Fue precisamente, esta condenable práctica, lo que más indignó a Martin Lutero y lo hizo reaccionar con su propuesta protestante.

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No es condenable que se invite a compartir una fe, que se organice un oficio con los vecinos reunidos, que se exhorte a conocer a Dios a través de la Biblia. Pero, los rituales tienen un lugar, un tiempo, unos instrumentos. Quienes asisten deben estar ahí convocados por un interés común, predispuestos a entregarse a la ceremonia, con toda la atención afilada y preparada. El oficio religioso, en cualquier creencia, tiene sus etapas y quien asiste debe presenciar todas. No tiene lógica que uno llegue a comprar un kilo de malanga al mercado y solo alcance a escuchar tres minutos de la prédica porque ya tienes que irte a buscar la carne o a tomar el transporte.

Es de aclarar que, no todos los que se han tomado los mercados y esquinas céntricos como tribuna evangelizadora lo hacen con el interés de “pescar” unas ofrendas. Conozco varios que lo hacen sin pedir dinero a cambio, alentados por una misión de pregonar la fe y buscar ovejas descarriadas. Pero, esta buena intención se ve manchada por los medios que usan para ese fin. Muchos se han convertido en grandes contaminadores ruidosos, usan grandes equipos, llevan grupos musicales que más que reflexión, generan escándalo.  Más oración, menos ruido; más alabanza y menos ventas de salvación o ministerio limosnero. 

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