En esta crónica, el compositor Marciano Martínez, nacido también en La Junta, evoca episodios y anécdotas que constituyen un valioso aporte altrazado (todavía inconcluso) del retrato humano y artístico de Diomedes Díaz.

Por: Orlando Mejía Serrano*.

El 21 de diciembre de 2013, Marciano Martínez amenizó una reunión social en Barrancabermeja, en la cual alternó con Rafael Manjarrez Mendoza, el afamado autor de temas como Benditos Versos, Simulación, Señora, Bendita Duda, entre otros. Durante la velada los convidados le pidieron una y otra vez su canción más reciente, que esa semana había empezado a sonar con fuerza en la voz de su amigo y paisano Diomedes Díaz Maestre:

Ay la vida tan bonita que es vivirla
con amor y compartirla como lo manda el creador…

E interpretó también un manojo de sus obras más conocidas, entre ellas Pobre Infancia, que originalmente iba a ser grabada por el Cacique de La Junta, pero que por una desavenencia personal con éste terminó siendo llevada al acetato por Los Hermanos Zuleta. En el ardiente mediodía de La Junta, hasta donde he viajado a conversar con Marciano sobre la vida y milagros del guajiro más famoso de todos los tiempos, el prestigioso compositor reconoce que para él fue una gran frustración que este canto no fuera interpretado por el hijo de Carrizal –“quien le hubiera dado las caídas adecuadas”–, sobre todo porque se trata de un sentido homenaje a su madre, quien crio once hijos a puro pulso, “lavando ropa ajena, haciendo mochilas de fique”.

Porque era tanta la pobreza de mi vieja
que a veces hasta la candela pedía pa´ juntá el fogón…

Esa noche en el puerto petrolero la canción dedicada a “Lola, mi madre”, fue otra de las piezas solicitadas insistentemente por el grupo de entusiastas parranderos que se reunían para despedir el año al compás del canto y las composiciones de uno de los más virtuosos herederos de Francisco el Hombre. Y se alzaban copas al brindar…

Cuando aparecieron en escena los “recoge cables”, uno de los presentes se le acercó para invitarlo a seguir la parranda en su casa. Y Marciano, siempre atento y complaciente, partió rumbo a la residencia de su nuevo alegre compadre donde interpretó 4 temas a capela. Pero el cansancio pronto hizo mella en él y, en una de las pausas, empezó a cabecearse. Entonces su anfitrión, cayéndose de la borrachera, le dijo que él no lo había invitado a pescar, sino a cantar, que fuera a dormir a otra parte. Marciano se despabiló y arrancó “por aquí que es más derecho”, mientras se despedía con una enfática expresión de su provincia natal, “¡vaya, hombe!”, dijo. Ya en la calle cayó en la cuenta de que no tenía idea de la dirección del hotel y, “pa’ más piedra”, había dejado su aparato celular olvidado.

Lo único que cargaba encima eran unas cuantas monedas.

Empezó a vagar sin rumbo por la ciudad dormida hasta que se dio de cara con una vigilia cristiana a la que se sumó de buen agrado. Pero he aquí que los hermanos en Cristo dieron por terminado el culto cuando aún no amanecía del todo. En esas condiciones no tuvo más remedio que continuar su búsqueda. “El Señor lo ilumine”, oyó que le decían-, y la bendición al parecer rindió sus frutos, pues cuatro cuadras más allá se encontró con tres parranderos insomnes que escuchaban “a to’ timbal” una canción de Diomedes Díaz, que a esa hora llegó a sus oídos como un verdadero canto celestial.

“Estos son los míos”, pensó. Se acercó y se presentó: “Soy el compositor Marciano Martínez, toqué anoche aquí y necesito que me regalen una llamada porque no doy para llegar al hotel, olvidé el celular y lo único que cargo encima son $200”. La respuesta fue inmediata, clara y en acento caribe: “Nojoda, ni más faltaba, llame todo lo que quiera, y pégueselo”. Marciano respiró aliviado.

Media hora después Rafael Manjarrez y un grupo de amigos pasaron por el compositor juntero y lo llevaron al hotel donde durmió un par de horas, almorzó y se fue a seguir la fiesta en una finca cercana.

A las 7 de noche de ese domingo 22 de diciembre, sin embargo, la música cesó de pronto y empezaron unas carreras del fin del mundo entre los hasta hacía poco alegres parranderos. Marciano se vio de pronto montado en un bus y luego en un avión rumbo a Valledupar. No tuvo plena conciencia de lo ocurrido hasta la mañana siguiente, camino a la plaza Alfonso López, “vestido de consideración”, a dar uno de los pésames más dolorosos y tristes de su vida, al tiempo que revisaba los cientos de mensajes que habían empezado a llegar a su celular desde la noche anterior y que él se había negado a leer a la espera de que todo fuera fruto de los efectos del whisky en su atribulada cabeza, y no la verdad terrible que resultó ser.

Vidas paralelas

Pese a que nacieron y crecieron en la misma comarca, Diomedes Díaz y Marciano Martínez solo se conocieron cuando despuntaban a la adolescencia en una ocasión en que Marciano estaba de paso por el pueblo, pues desde hacía algunos años se había trasladado a la ciudad de Riohacha para ayudar a solventar la precaria economía familiar embolando y vendiendo lotería junto con sus hermanos mayores. Y pese a que aún no se oía decir “que ese muchacho que canta puede servir”, Diomedes ya gozaba de cierta fama entre sus coterráneos, aunque también era blanco de burlas y reparos.

Corría 1975. El encuentro se produjo en una parranda en la que Diomedes interpretaba canciones de autores que serían después sus dioses tutelares en el arte que lo consagró, entre ellos Alejo Durán, Calixto Ochoa y Juancho Polo Valencia. Ahí estaba, en efecto, el pollito de Carrizal con su tío Martín Maestre cantando a voz en cuello algunos de los temas iniciáticos de la música de acordeones, pese a las críticas de quienes descalificaban su timbre de voz comparándolo con el balido de un chivo. Y nació una amistad entrañable que pese a altibajos y desavenencias se mantuvo incólume hasta el final.

Pero en aquel momento Diomedes solo pensaba en su primer LP, sobre todo después de que Rafael Orozco y Emilio Oviedo le grabaran “Cariñito de mi vida”, que no solo lo sacó del anonimato, sino que definió para siempre su nombre artístico. El pegajoso canto se esparció por los polvorientos caminos de la Provincia de Padilla y se convirtió en su mejor carta de presentación:

Ay, no pierdas más tiempo cariñito,
piensa que te quiero y nada más…

Ese primer disco, titulado Herencia vallenata (con Náfer Durán en el acordeón), finalmente vio la luz en 1976 y obtuvo un modesto reconocimiento entre el público y los exigentes vallenatólogos de la región, pero marcó el inicio de una vertiginosa, exitosa y accidentada carrera que llevaría a su intérprete a los más altos estándares de la industria musical y de la idolatría popular en Colombia. Marciano conoció el LP en Riohacha, donde alternaba su labor como vendedor de lotería con la de compositor vallenato. De hecho, ya había entregado uno de sus cantos al conjunto de Adaníes Díaz y Héctor Zuleta. Y se dijo que el próximo trabajo de su amigo debía incluir una canción de su autoría. Una serie de inconvenientes inverosímiles conspiraron contra esa posibilidad y no fue sino en 1980 –cuando ya había grabado 7 LP– que Diomedes Díaz llevaría a la pasta sonora una de sus creaciones.

Y lo hizo en una de sus producciones más celebradas, en la cual le canta por primera vez con nombre propio a un público que le sería fiel hasta la tumba. El álbum se tituló Para mí fanaticada e incluía obras de autores consagrados como Gustavo Gutiérrez Cabello, Armando Zabaleta, Freddy Molina, Calixto Ochoa, Roberto Calderón Cujia, Máximo Movil, el propio Diomedes Díaz y Rosendo Romero. Y pese a que el tema de este último, Mensaje de Navidad, fue el éxito indiscutible en un LP en el que, al decir de los conocedores, “no había presa mala”, el de Marciano se constituyó en uno de los más solicitados y sonados por una fanaticada que ahora tenía himno propio:

Perdóneme, señorita,
si en algo llego a ofenderla.
Perdóneme, señorita,
si en algo llego a ofenderla…

Se trataba, por supuesto, de La Juntera, que hace parte del amplio repertorio de un compositor que ha hecho del desamor una de sus principales fuente de inspiración. Diomedes quedó complacido no sólo por la buena acogida que tuvo la canción entre sus seguidores sino porque Marciano prefirió entregársela a él y no a Adaníes Díaz, “quien le puso el ojo luego que me la escuchó en Riohacha”.

“El papá de los pollitos”

Diomedes Díaz Maestre fue el primer gran ídolo de la música popular colombiana. Vendió más 20 millones de discos a lo largo de toda su carrera. En 2010 ganó el Grammy Latino en la categoría Cumbia/Vallenato. Grabó en total 36 discos con los acordeoneros Náfer Durán, Elberto López, Nicolás Elías Mendoza, Gonzalo Molina, Juan Humberto Rois, Iván Zuleta, Franco Argüelles, Juan Mario de la Espriella y Álvaro López. Su irrupción en la escena musical del país se convirtió en un extendido fenómeno de masas, sellado con lágrimas y cantos en el apoteósico evento en el que su inmensa fanaticada le dio el último adiós.

Marciano recita estas cifras y concluye que el extraordinario suceso que constituye la vida musical del Cacique de La Junta es producto de una personalidad artística multifacética, que ciertamente encontró en el canto su perspectiva más mediática y arrolladora, pero que también comprende su fructífera labor como compositor, y no duda en afirmar que Diomedes se ubica dentro de los mejores creadores del género, ya no sólo por las canciones de su autoría interpretadas en su propia voz (“Mi muchacho”, “Sin ti”, “Oye, bonita”, “Mi primera cana”,…), sino por las que entregó a otros cantantes, entre ellas Razón sentimental, grabada por Jorge Oñate:

En la prisión silenciosa en que pienso
Que tú me tienes, morena querida,
un calabozo lleno de tormento
donde se encuentra en balanza mi vida…

O Bendito sea Dios, en la voz de Poncho Zuleta:

Yo me he puesto a pensar que en este mundo
la vida se transforma en un momento
y a medida que va pasando el tiempo
son distintas las cosas para uno…

Esa capacidad para el canto y la composición se complementa en Diomedes Dionisio Díaz Maestre con un repentismo vigoroso e irreverente, es decir, con una habilidad para improvisar versos, dichos y rutinas en cuestión de segundos, y con algo difuso, pero poderoso: el carisma, que en su caso constituía una fuerza que arrastraba multitudes, movidas hasta el delirio por los giros de su voz, sus ademanes característicos y su entrega total a la trama de la canción que interpretaba. Ese magnetismo se extendía más allá de los escenarios, como se lo dijo Marciano al cronista Alberto Salcedo Ramos: “Si tú paras a Jorge Oñate o a Iván Villazón en esa esquina –explica– no va a faltar el que los reconozca y los salude. Pero tú sabes que el único que puede revolucionar el gallinero es el papá de los pollitos, y ese es Diomedes. Pon a Diomedes en esa esquina, y verás esta calle nublada de gente en menos de treinta segundos”.

Marciano fue testigo y protagonista de excepción de este formidable proceso creativo, pero también de los tropiezos y caídas de su protagonista.

En total Diomedes le grabó 19 canciones a lo largo de más de tres décadas, varias de las cuales figuran hoy en las más exigentes antologías del género, entre ellas:

Soy amigo,

Yo soy el hombre que aprecia a sus amigos,
yo soy el hombre que quiere a sus hermanos…

Las cosas del amor:

Cuando escuches una bella melodía,
en el eco de una voz sentimental
por favor no te vayas a levantar,
me da pena, quizá te molestaría…

El sentir de mi pueblo:

Yo nací en el pueblo, vivo en el pueblo,
donde la gente toda es de alma noble
y de buen corazón
soy hombre sincero…

Pero sin duda el tema más emblemático de los que le grabó su amigo es ‘Amarte más no pude’, sobre todo porque se convirtió en la ocasión para que Diomedes le demostrara el aprecio que sentía por él y por su música. En ese momento el juntero hacía pareja con Juancho Rois, quien participaba activamente en la selección de las canciones a grabar. Y ocurrió que a Juancho no le cayó en gracia la pieza que él había entregado para el disco que se produciría próximamente. A ese rechazo se sumó Gabriel Muñoz, productor ejecutivo de Sony, quien, “con la cadencia lánguida de las gentes nacidas en el páramo”, descalificó su creación en términos categóricos: “Cómo va a grabar Diomedes eso, eso no dice nada…si la grabamos es para Fiesta Vallenata”. Afortunadamente para Marciano el cacique de la tribu y de las ventas era Diomedes, y éste se paró en la raya.

Cuando Diomedes descubrió que había una especie de complot entre los músicos y los productores para excluir el canto de Marciano, dejó sentada su posición de forma categórica y definitiva: “Bueno, les voy a decir una cosa: el Long Play mío me lo van a sacar de lado y lado con esta sola canción, y las otras 10 las cogen ustedes y las sacan en Fiesta Vallenata…”. Hasta ahí llegó el pleito. El 26 de mayo de 1993 salió al mercado Título de amor, y “Amarte más no pude” (“Para que me quieres culpar/si tú eras para mí, como agua pa’l sediento…) descolló como el éxito indiscutible de ése que fue el primer trabajo de Diomedes Díaz grabado en formato de CD.

A partir de ese momento, pese al buen suceso que significó el famoso canto para uno y otro, los encuentros entre ellos serían cada vez más difíciles y esporádicos. Un verdadero círculo de hierro se cerraba en torno del amigo que solo unos meses antes de grabar con Náfer Durán había estado con él y Martín Maestre en una finca cercana a La Junta recogiendo semilla de paja para ganarse unos cuantos pesos. Ahora caminaba raudo hacia el estrellato nacional y una aparatosa parafernalia de gente de todas las pelambres–“a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos”– crecía a su alrededor como un hacha levantada.

“Luego que salga de aquí me voy para Cuba”

Marciano o Sinfo, como lo llamó siempre su amigo, lo visitó tres veces en el INPEC, dos por iniciativa propia y otra por voluntad expresa del cantante, quien lo mandó a llamar para “hablar una vaina”. Y la que estaba pensada como una conversación corta, se extendió por todo un día. Recordaron los ya lejanos años en que se conocieron cuando un Diomedes hambriento de gloria quería tragarse el mundo cada vez que empuñaba un micrófono; de las serenatas en la ventana marroncita cuya destinataria se había ido para siempre de su vida; de las penurias y avatares de sus madres, Lola y Elvira; de la pelea que tuvieron por un tema que él le había prometido y que terminó entregándole a Iván Villazón, por cuenta de lo cual Diomedes se negó a grabarle “Pobre infancia”. O de la ocasión en que Marciano le envió a Valledupar el casete con la primera canción que él le iba a grabar y su emisario, “mi propio hermano”, se negó a entregarle porque juzgó que “Diomedes no iba a grabar esa locura…” (Después Miguel Herrera cantaría “Venceremos” y su éxito fue inmediato), y de cuando, ¡por fin!, le grabó “La juntera”.

Evocaron los días en que fueron a recoger semilla de paja en la finca Las Mercedes y a “usted y a su tío Martín Maestre les fue mal porque recogieron más arena que semilla”; del viaje que realizaron de Valledupar a Santa Marta escuchando las últimas composiciones de Marciano, entre las cuales figuraba “Amarte más no pude”, que inmediatamente se convirtió en su favorita; o de la vez en que a Marciano le tocó sacarlo de una habitación de hotel a la que no dejaba acercarse a nadie –“a todo el que se asomaba le tiraba un botazo”–, para que le cantara a las 5 mil personas que tenían horas de estarlo esperando. O de la ocasión “en que usted estaba como loco con una pistola empretinada increpando a uno de sus guardaespaldas”. O de esa otra en que tenía a más de 20 periodistas plantados en el lobby del hotel y nadie se atrevía a tocarle la puerta de la habitación porque al “Cacique no le gusta que lo molesten cuando está durmiendo”, “y yo entré y le dije que fuera serio, que saliera a atender a esa gente que usted mismo citó”. En fin, en ese encuentro íntimo hablaron de todo, contaron chistes, cantaron y sólo al final Diomedes le reveló a Marciano la razón real por la cual lo había mandado a llamar de forma tan perentoria.

“Compadre”, le dijo Diomedes, “luego que salga de aquí me voy para Cuba por 4 o 7 meses y de allá voy a regresar como nuevo”. Marciano, que por supuesto estaba al tanto de las sombras que rodeaban la vida de su amigo, lo abrazó y le dijo que tenía todo su respaldo en esa empresa, que ya era hora de que empezara a enderezar el camino.

Meses después, Diomedes abandonó el establecimiento penitenciario. Convaleciente, se refugió en su casa en donde su guardia pretoriana se hizo cada vez más cerrada e infranqueable. Fue por esos días que Marciano y su madre decidieron visitarlo, pero las puertas se les cerraron en la cara. Marciano lo recuerda como si fuera hoy y revive la indignación que lo embargaba cuando se encontró con Jaime Pérez Parodi en la Plaza Alfonso López de Valledupar, y éste le preguntó qué era de la vida de Diomedes. “Vea”, le dijo, “yo de ese cacique sinvergüenza no sé nada…Diomedes dice por ahí que al amigo hay que quererlo y respetarlo, pero él no cumple con nada de eso; él predica, pero no aplica porque a un amigo que se quiere y respeta no se le deja parado en la puerta. Yo no voy a su casa a pedir nada sino a visitarlo, a alegrarle la vida, a cantarle, a contarle cuentos. Lo que soy yo no vuelvo a pararme en esa puerta. Ese es un hombre sinvergüenza…”.Y Jaime Pérez Parodi, ni corto ni perezoso, se fue a la Emisora Olímpica, donde dirigía un programa de vallenato, y colocó el casete con las explosivas declaraciones de Marciano. La reacción fue inmediata.

Diomedes llamó a la emisora y pidió que se lo pusieran al teléfono. “Cacique, ésta es una grabación que le hice en la plaza, él no está aquí”, le dijo el periodista. Entonces Diomedes lo mandó a llamar y cuando lo tuvo al frente resolvió el asunto con una de sus salidas características: “Ve, Sinfo, no te pongáis en eso, no me hagáis caso, tú sabes que yo soy loco…”. Sin embargo, Marciano volvería nuevamente a los micrófonos a cuestionar algunas actitudes del artista.

Lo hizo cuando se enteró de que Diomedes, restablecido del mal que lo aquejaba, había vuelto a las andanzas de siempre y que su propósito de enmienda, largamente conversado en aquella visita, se lo había tragado la barahúnda que produjo el anuncio de su pronto regreso a los escenarios. Indignado se fue a una de las emisoras de Valledupar y gritó a los cuatro vientos que todo era culpa del séquito del cantante, “esa mano de sapos y lambones que le festeja todo, lo bueno y lo malo, porque solo piensa en la plata. Lo tienen loco diciéndole que él es el mejor del mundo, y él se creyó el cuento y ahí es que vive metido con esa cantidad de lambones…porque eso es lo que son. Diomedes no ve sino billetes en el aire”.

Este diagnóstico brutal de la situación del cantante era compartido por personas aún más cercanas a sus afectos que, por razones obvias, no podían ventilarlo públicamente. Alberto Salcedo Ramos, por ejemplo, recuerda que cuando adelantaba la investigación para escribir su famosa crónica se entrevistó con Rafael Díaz: “Yo le pregunté al viejo: ¿qué se siente ser el papá del número uno del vallenato?, y el viejo me miró con dureza y me dijo: ‘Sabe que no me gusta eso. A él lo dañó eso que usted acaba de decir. Él era un buen muchacho y cuando todo el mundo empezó a repetirle eso, él se me dañó’ ”.
Fue “todo ese mundo” el que le preparó ruidosas bienvenidas cada vez que salió de la cárcel como si viniera de ganar los Juegos Olímpicos del Vallenato y no de enfrentar un oscuro proceso judicial.

*Periodista y gestor cultural.