La Guajira también produce conocimiento

Quizás uno de los mayores aprendizajes del I Congreso Internacional de Salud Intercultural y Atención Comunitaria desde La Guajira fue comprender que hablar de salud intercultural implica hablar de territorio, educación, cultura, alimentación, historia, comunidad, desigualdades y de las distintas formas de entender la vida y el cuidado.

Desde el comienzo quisimos que el Congreso tuviera un recorrido y no fuera simplemente una sucesión de conferencias. El primer día nos propusimos comprender el territorio: escuchar antes de intervenir y reconocer que las posibilidades de nacer, crecer, alimentarse, enfermar, sanar y cuidar están atravesadas por la historia, la cultura, las condiciones sociales y el territorio.

El segundo día dimos otro paso: construir soluciones. Pusimos en conversación experiencias, disciplinas y conocimientos diferentes para preguntarnos qué podemos hacer distinto frente a problemas que tampoco tienen una sola explicación.

Y el tercer día cambiamos nuestra manera de aprender: salimos del auditorio. Llegamos a la Casa de los Saberes de la Universidad de La Guajira. Desde nuestros programas universitarios, los participantes se acercaron a conocimientos y experiencias de los pueblos Wiwa, Kankuamo, Arhuaco y Kogui, y a la enramada Wayuu como espacio de palabra, encuentro y transmisión de saberes.

Durante el Congreso, 11 pueblos indígenas de América Latina entraron en conversación para reconocerse y compartir experiencias. Más de 700 participantes, 50 conferencias y 15 panelistas internacionales hicieron posible una conversación que nació en La Guajira y cruzó fronteras.

Y quedaron resultados que continuarán después del encuentro. Cinco nuevas alianzas internacionales abren posibilidades de cooperación, proyectos conjuntos y oportunidades para que nuestros estudiantes compartan conocimientos y vivan experiencias académicas y culturales en otros lugares. Porque el impacto de un evento no debería medirse solamente por lo que ocurre durante la actividad, sino por lo que permanece cuando termina.

Y fueron precisamente los jóvenes grandes protagonistas de esta experiencia. Su participación comenzó meses antes del Congreso: nuestros estudiantes facilitadores se reunieron, se prepararon, crearon contenidos para redes sociales, entrevistaron a panelistas, apoyaron la recopilación de ponencias para una futura publicación y construyeron vínculos con invitados y participantes. Durante los tres días acompañaron, preguntaron, orientaron y resolvieron, pero, sobre todo, mostraron con orgullo quiénes somos y desde dónde hablamos de salud intercultural.

Los jóvenes nos recordaron que la salud intercultural también puede escucharse en un acordeón, contarse a través de una historia y expresarse desde el arte y la literatura. Durante los recorridos compartieron relatos y leyendas de La Guajira, entre ellas la de Francisco el Hombre, y encontraron en estas expresiones una forma de plasmar emociones, experiencias y preguntas surgidas de vivir la construcción de una nueva Facultad de Ciencias de la Salud.

Así, la cultura no estuvo alrededor de la agenda científica como un adorno, sino como otra manera de narrar el territorio, reconocernos y comprender el bienestar.

Verlos asumir ese lugar confirmó algo que las universidades necesitamos recordar: cuando confiamos en nuestros jóvenes y les entregamos responsabilidades reales, dejan de ser espectadores. Crean, comunican, lideran y producen conocimiento.

Pero también amplían su manera de mirar el mundo. Encontrarse con estudiantes, investigadores, comunidades y experiencias de otros países les permite descubrir que muchas de las preguntas que vivimos en La Guajira también atraviesan otros territorios, aunque adopten formas distintas.


Estudiantes e invitados durante el intercambio de saberes en la Luma

Formar desde el territorio no significa formar para quedarse únicamente en él; significa darles raíces suficientemente fuertes para dialogar con el mundo.

Nada de esto se construye en solitario. Hubo un equipo directivo, académico y administrativo; docentes y programas que aceptaron trabajar juntos; un comité internacional que tendió puentes; invitados que compartieron generosamente sus conocimientos y muchas personas que, desde lugares distintos, hicieron posible esta construcción colectiva.

Coordinar esta experiencia me dejó una certeza: internacionalizar una universidad no significa solamente viajar para aprender de otros. También significa que otros quieran venir a La Guajira porque reconocen que aquí hay algo que aprender.

Las universidades también crecen cuando asumen retos que parecen demasiado grandes, cuando se permiten intentar caminos nuevos y convocar a otros alrededor de ellos. No siempre existen todas las certezas al comenzar; muchas se construyen mientras avanzamos. Y cuando el resultado logra movilizar a una comunidad universitaria, abrir nuevas relaciones y mostrar hacia afuera lo que somos capaces de construir, la satisfacción trasciende el evento: fortalece también la confianza que tenemos en nuestra propia institución.

Nuestra región ha sido narrada demasiadas veces desde sus carencias, crisis e indicadores. Esas realidades existen y tenemos la responsabilidad de transformarlas. La Guajira no es la periferia a la que llega el conocimiento, ni el territorio al que otros vienen únicamente a enseñar. También es un territorio desde donde podemos enseñar, aprender, investigar, compartir y convocar a otros a conversar. Quizás ese sea uno de los legados de este Congreso: cambiar la dirección desde la cual pensamos el conocimiento.