Por: María Isabel Cabarcas Aguilar*.

El Lunes Santo 15 de abril, pudo haber sido un día normal en la historia de la humanidad, sin embargo no fue así. A través de los medios de comunicación internacionales y de las masivas redes sociales, rápidamente se dio a conocer la impactante noticia del devastador incendio que devoraba la icónica Catedral de Notre Dame de París. Alrededor de la imponente y hermosa edificación de estilo gótico construida entre 1163 y 1245, se agolpaban cientos de turistas y ciudadanos parisinos, quienes presenciaban incrédulos al igual que toda la humanidad, llenos de angustia y con el corazón compungido, los tristes instantes en que uno de los más queridos símbolos de la Ciudad Luz, se consumía por las abrasadoras llamas de un voraz incendio. Al mismo tiempo, lo feligreses rezaban el Santo Rosario en honor a nuestra Madre María, por quien fuera denominado el hermoso santuario religioso medieval.

Las iglesias europeas guardan dentro de sí, invaluables reliquias sagradas de incalculable valor y sin duda, son testigos silentes de una historia que trasciende el ámbito netamente católico. Se trata de hermosas construcciones de evidente riqueza arquitectónica, convertidas también en templos del arte, que reciben millones de turistas, como en el específico caso de Notre Dame, cuyas cifras ascienden aproximadamente a los trece millones de visitantes anualmente.

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Hoy recuerdo aquel día memorable en que me topé con su impactante imagen en mi viaje a París, este año. Sentí un asombro indescriptible cargado al mismo tiempo de emoción, felicidad y una nostalgia que me quitó el aliento, ante el encuentro con aquella joya artística que emanaba un inconfundible halo de misticismo del cuál están colmados lugares únicos y especiales como ese. Con mi corazón de niña sobrecogido ante aquel encuentro emotivo, evoqué relatos inverosímiles tejidos en los rincones de su histórica estructura llena de vitrales, torres, campanarios, gárgolas y su emblemática aguja (destruida por el fuego), como la escrita por Víctor Hugo en 1831, y la cuál fue posteriormente llevada al cine, al teatro e incluso adaptada por Disney en 1996 para el público infantil, siendo protagonistas Quasimodo y Esmeralda en un ambiente recreado en el siglo XV bajo el reinado de Luis XI.

En aquella ocasión inicié mi reflexión silenciosa sobre el poder integrador de los templos religiosos, las edificaciones históricas y los monumentos, y de cómo la historia a través de ellos se detiene para dejar una huella perenne y trascendente a todas las generaciones locales, nacionales e internacionales. Se trata de íconos únicos, que llegan a convertirse en mucho más que una especie de imanes que atraen poderosamente la atención de los turistas que llegan a las diversas ciudades del mundo en busca de experiencias que les permitan adentrarse en el pasado remoto de las culturas a las que se aproximan con curiosidad desbordada en cada viaje. Estos también cumplen la función de integrar a la sociedad a partir de un fenómeno cohesionante tácito respecto de su propia historia, del reconocimiento del rol de los héroes y heroínas locales, y del invaluable patrimonio material e inmaterial que poseen y que los sitúa en el contexto mundial más allá del lugar geográfico donde se encuentran ubicados. Notre Dame, es un templo de la devoción Mariana, en el que se hallan vitrales del siglo XII, la Corona de Espinas de Nuestro Señor Jesús, esculturas, obras de arte, y su evidente sello artístico de estilo gótico, que data de casi nueve siglos de historia no solamente de la fe católica si no del esfuerzo de cientos de personas diestras en variados oficios quienes a través del trabajo individual y colectivo, participaron activamente en el proceso de su levantamiento a lo largo de más de cien años.

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La Catedral de Notre Dame de París, es un símbolo mundial de la religiosidad, del catolicismo, de la devoción a la Virgen María, de la arquitectura, el arte, el conocimiento, la educación y la laboriosidad, que nos integra y nos enlaza como humanidad, compartiendo el anhelo colectivo de trascendencia en la historia y que nos recuerda el evidente riesgo de finitud de todo lo que perciben nuestros sentidos y del valiente esfuerzo humano por dejar huella de su tránsito por este breve sendero que caminamos llamado vida.

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