Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural*

En esta esquina de Colombia, son frecuentes las oleadas, no solo de brisa o agua salada, sino también de coyunturas económicas, sociales y culturales con sus representaciones y prácticas. A veces todo pareciera venir en demasía, como el invierno y el verano, como la proliferación de mototaxistas, como la miríada de migrantes venezolanos, como la pandemia de chikunguña, como las ventas de arepa de huevo y jugo de naranja que hoy se instalan cada dos cuadras en Riohacha.   

La nueva ola de estas influencias es la venta del borojó. Algunos empresarios, la mayoría del Valle del Cauca, han encontrado en eso prurito caribe por tener una prole, el ego por creernos los más viriles sementales del país, la mejor oportunidad para poner de moda un alimento que antes algunos consumíamos solo con la expectativa de un jugo que ayudara a pasar la yuca en el almuerzo.  Casi en cada esquina céntrica de Riohacha o Maicao, encontramos una venta de un abigarrado coctel a base de borojó, miel, cola granulada, Mero Macho y otros ingredientes con la propaganda de ser “el Viagra natural” y la promesa de una vida sexual plena de erecciones duraderas.

Los “noveleros” que gastan parte de su salario ingiriendo borojó, son los mismos que antes también creyeron con certeza, que el coctel de mariscos, la ostra, el marañón, la moringa, la hormiga culona, la leche de cabra o los “huevos” del toro, eran el bálsamo para coitos bestiales y parejas felices.

No solo el costeño ha tenido el anhelo permanente de la virilidad a toda prueba, nos asusta tanto la disfunción eréctil que termina siendo la causa de muchos suicidios. En el Pacífico colombiano, de donde nos vino la influencia del borojó, no hay quien no crea adquirir súper poderes sexuales después de haber bebido jugo de la cañandonga, chontaduro, o cocteles “milagrosos” como el Arrechón, un Tumbacatre, un Levantamuertos, una Tomaseca, un Pipilongo, un Caigamos Juntos. En Bogotá, ha hecho carrera la fe en el “Berraquillo”, una mezcla de ingredientes como ostras, huevos de codorniz crudos, vino, brandy, borojó, cola granulada, multivitamínicos, ‘Mero Macho’ y Omega 3. Toda una recargada bebida que, si no “levanta” lo que sabemos, al menos excitará el colon.

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Al menos, no se nos ha dado por creer también, como los hispánicos, en el poder de la mosca española; que beber orina de babuino, como hacen en Zimbabue; carne de cobra, pene de tigre o pez globo, son la forma de obtener “naturalmente” lo que ya puede suministrar el Viagra. El mito de la “medicina natural” ha sido también la trampa en la que han caído los que buscan con afán ese bálsamo “levantador” y “retardador”. Eso me hace recordar cierta vez que encontré a un propietario de una reconocida tienda naturista de Riohacha, comprando por docenas pastillas de Sildenafil, componente del Viagra. El amigo que administraba la farmacia resolvió así mi duda: “Las compra aquí a dos mil pesos cada pastilla, las disuelve en preservantes y líquidos colorantes y los vende como medicina natural en 30 mil en su tienda”.        

Volviendo a las supuestas propiedades afrodisíacas del borojó, los sexólogos sostienen que no existen los alimentos y ni los productos afrodisiacos. Nada comprueba científicamente que una sustancia o vitamina aumente el deseo sexual.  Algunos como La psicóloga y sexóloga Liliana Vásquez, opina así: “Que la gente sienta que las sustancias, catalogadas como afrodisíacas, aumentan sus ganas y desempeño en el sexo, es más un efecto psicológico que es generado por desear con ansias algo en particular o específico”. Es lo que se llama el efecto placebo, es decir, a la creencia que una persona tiene en que va a lograr un determinado efecto, en este caso consumiendo un alimento. Esto puede funcionar eventualmente, no es la fórmula mágica que buscamos.

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Si bien, algunos alimentos proporcionan grandes cantidades de zinc, que ayuda a producir la suficiente testosterona y esperma, si no existe predisposición sexual, el resultado que producirá el exótico plato será digestivo y no sexual. Una dieta sana, actividad física, descanso, buen ánimo y, sobre todo, una mujer que nos “alborote” es lo que los expertos recomiendan, en lugar de ese “alboroto” fugaz de estar comprando jugo de borojó. 

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