Por: Roberto Castillo Rodríguez*
Director El Guajiritillo
Yo soy de Uribia, del barrio El Vivero. Aunque si me leen los del Vivero de ahora no me van a creer, porque ese barrio ya no queda nada. Cuando yo vivía allá eran 11 casas de lata o de aluminio y una sola en cemento. Ahí vivían unos empleados de Proaguas, esa empresa que ya no existe. Hoy está poblado, hasta le cambiaron el nombre, ya no lo reconozco. Pero ese era mi Vivero.
Por circunstancias ajenas a mi vida personal me fui a los 15 años de mi pueblo. Allá me decían El Niño, así me conocía todo el mundo. Me fui, pero nunca me fui del todo. Volvía cada dos o tres años, en vacaciones. Y en cada venida conocí una historia real, en el pueblo, en los corregimientos, en las comunidades wayuu de la Alta, en otros municipios.
Conocí muy de cerca a gente como Reginaldo Jimenez, mi primo, que pudo estudiar en la Universidad de La Guajira porque le dieron un auxilio. Conocí a Martha Rodríguez de Barrancas, que tuvo su primer empleo formal barriendo oficinas en la mina y hoy ve a su hija Veronica Cabrales hecha una ingeniera ambiental. Conocí a Clemencia Ipuana en la Alta, recibiendo unas cajas de cuadernos que venían de Cerrejón para unos niños que no tenían ni tablero. Conocí al viejo Samuel García, alaülayu, que se sentaba bajo un trupillo a hablar con los de la empresa en su propia lengua.
Todo eso venía del mismo sitio. Del Cerrejón.
Y por eso lo digo con tranquilidad: aquí todos sabemos quién se fue y quién se quedó.
Cerrejón se quedó.
Se quedó cuando aquí no había agua, ni carretera buena. Se quedó cuando empezaron los bloqueos en la vía del tren. Yo, que volvía cada tanto, vi esa vía bloqueada por días, con la gente encima del riel reclamando cosas que el Cerrejón no tenía que resolver. Vi rieles quemados, torres tumbadas, y al otro día vi a la gente de la empresa volviendo a sentarse a hablar, tomando café, aguantando.
Yo he entrado a la comunidad donde estaba Clemencia, donde las mujeres tejían mochilas y no tenían a quién vendérselas. Hoy tienen un almacén. He visto huertas donde antes no crecía nada. Y he visto a Toñito González, un pelado de Uribia que no sabía qué hacer y terminó trabajando en un vivero de verdad, sembrando trupillos para Cerrejón.
Porque Cerrejón, sin hacer mucho ruido, sembró. Yo entré a un tajo hace años y me dio tristeza ver el vacío. Volví en otra de mis visitas y había bosque. Me contaron que ya van más de cuatro mil seiscientas hectáreas rehabilitadas, que han sembrado más de un millón setecientos mil árboles. Y que todo eso lo conectaron con un corredor de veinticinco mil hectáreas que va del Perijá a la Sierra Nevada.
Ahí, en ese monte nuevo, es donde vi al caimán aguja, que estaba desapareciendo. Ahora lo cuidan, lo cuentan, lo protegen.
Y por eso me duele cuando escucho que Cerrejón es el culpable de nuestra pobreza. Aquí llegó mucha plata. Billones en regalías. ¿Dónde está esa plata? Esa plata no se la llevó Toñito sembrando matas, ni Veronica estudiando.
Yo sí quiero que La Guajira cambie. Pero ese cambio no puede ser solo chivo, mochila y pesca. Eso ya lo sabemos hacer.
Yo les dejo una idea que vi en mis vueltas y que tenemos aquí mismo, alrededor del casco urbano de Uribia, donde abunda el trupillo y nadie le para bolas.
Ese árbol que tumbamos porque nos parece monte, vale plata. Su vaina se muele y se hace harina que se vende como alimento orgánico. Su flor da una de las mejores mieles del desierto. Su madera sirve para postes. Su hoja es comida para el chivo en verano, cuando no hay nada más.
No es invento. En Perú viven familias enteras de la harina del mismo árbol que aquí pisamos. Aquí mismo, en Manaure, ya hay gente vendiendo miel de trupillo.
¿Por qué no hacemos alrededor de Uribia unos viveros de trupillo? Que Toñito y los pelaos sin empleo siembren y le vendan las matas al mismo Cerrejón para que siga reforestando. Que Clemencia además de mochilas venda harina. Que Reginaldo haga su tesis de eso. Que alrededor del pueblo, donde lo que sobra es trupillo, montemos un emprendimiento que dé harina, que dé miel, que dé vida.
Además del pastoreo, además de la artesanía, además de la pesca, tenemos el bosque que Cerrejón nos enseñó a sembrar.
Yo me fui a los 15, me decían El Niño, vengo del Vivero de 11 casas de lata que ya no existe. Y cada vez que volví, encontré a mi gente un poquito mejor, porque hubo una empresa que no se fue.
Yo no trabajo en Cerrejón. Soy guajiro, de Uribia. Y no me da pena decirlo: si hoy Reginaldo es profesional, si Veronica tiene trabajo, si Clemencia puede vender y Toñito puede sembrar, es porque hubo una empresa que no se fue.
Cerrejón se quedó cuarenta años en el mismo desierto. Ahora nos toca a nosotros quedarnos y hacer que alrededor de Uribia ese desierto dé más que carbón.
Y eso, aquí, vale más que el carbón.
Esta columna obtuvo el primer lugar en la categoría Columna de Opinión de los XXIII Premios de Periodismo Voces de La Guajira, organizados por la Mesa Más La Guajira – ANDI.
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