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Por Abel Medina Sierra – Investigador cultural.

En los últimos años, se ha exacerbado mucho el debate sobre la música vallenata; a tal punto que varias “verdades” se han sometido a revisión, lo que ha generado un reacomodo de la “episteme” en torno a esta música. Las músicas tienen un discurso que les sirve de historia, explicación, contexto y sustento teórico; en el vallenato, ese discurso ha tenido como locus de enunciación a algunos vallenatólogos con asiento en Valledupar, periodistas y escritores como Consuelo Araújo, Juan Gossaín, García Márquez, Daniel Samper entre otros. Por mucho tiempo, lo dicho por estos personajes sobre la música vallenata, se ha tenido como certeza indiscutible.

Pero, desde la academia y otros circuitos descentralizados de ese locus, ha venido emergiendo estudios, escritos y referentes que, arrojan precisiones, acotaciones, debate y análisis sobre estas “verdades”. Musicólogos como Héctor González, Egberto y Roger Bermúdez, literatos como Ariel Castillo, Roberto Montes, Alonso Sánchez Baute, Luis Carlos Ramírez; académicos de universidades como Arminio Mestra, Marina Quintero, Consuelo Posada, Rito Llerena, Ismael Medina Lima, Jaime Maestre Aponte y el grupo de investigación Luis Enrique Martínez de la Universidad de La Guajira entre otros, han aireado el discurso sobre el vallenato con nuevos elementos de análisis, categorías y abordajes más rigurosos desde varias disciplinas. Algunos sin la ventaja de ese saber local y el habitus que ayuda tanto, pero al que también le ha faltado el auxilio del rigor académico.

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En lo particular, a medida que las publicaciones y los referentes sobre música vallenata se ampliaron, sirvió para cambiar algunas ideas que tenía como ciertas. De allí que en mi primera obra sobre música vallenata, publicada en el 2002, sostuvo tesis que hoy no comparto porque la academia me demostró las diferencias entre música folclórica y popular, que la mayoría de canciones vallenatas no son narrativas, que no hay evidencia de lo indígena en la música vallenata, entre otros aspectos.

Paradójicamente, los aportes desde la academia, lejos de ser recibidos con beneplácito, más bien, para muchos ha sido motivo de rechazo y estigmatización. Muchos de los pioneros en la vallenatología, ni siquiera los leen, ni los referencian, como mirándolos de soslayo. He sabido que algunos, incluso, han sostenido que “los académicos están matando la música vallenata”, que a una música “folclórica” no se le puede meter academia. En realidad, no existe tal amenaza para el vallenato desde la academia, lo que sí está en riesgo es esa “narrativa oficial” que se construyó sobre el género musical, es decir, tambalean pontificados.

Los ejemplos sobran. A Jacques Gilard el biógrafo francés de García Márquez, casi lo declaran persona no grata en Valledupar por la osadía de decir que el vallenato es más lírico descriptivo que narrativo. A Sánchez Baute, pese a ser de Valledupar, no le perdonan su tesis que el Festival de la leyenda vallenata creció a la luz de una mitología inventada, en parte por Consuelo Araújo. A Consuelo Posada la han criticado por demostrar, en su libro, que muchas letras de canciones vallenatas como “El amor amor” son adaptaciones de versos de la tradición oral hispánica. A Luis Carlos Ramírez le fue como a los perros en misa al tratar de demostrar que, por un lado, no todo vallenato es poesía y que no es un género literario como hiperbólicamente lo cataloga Juan Gossaín, o que no hay tal diferencia entre “vallenato comercial” y “no comercial”. Rayos y centellas le ha llovido a Egberto Bermúdez al postular que no existe la llamada “cultura vallenata”, que lo afro en el vallenato ha sido invisibilizado por el filo indigenismo y que, hay muchas tradiciones inventadas. A Ariel Castillo le censuran la “herejía” de demostrar los plagios de Escalona; a mí también, me ha tocado padecer el pecado por mi escrito “Mitos en el vallenato, el discurso hiperbólico” o por sostener que vallenato no es lo que se toca en los concursos de festivales.

Algunos de los que critican a los académicos, por sus opiniones, pareciera que tienen la impresión que estos están “menoscabando” la grandeza de esta música, que sus escritos le restan valor cultural. Esto me recuerda un buen amigo y contertulio, a quien puse a leer el ensayo en el que trato de demostrar que la música vallenata es más popular que folclórica. Al final de mi argumentación me dijo: “tú tienes la razón, pero para mí sigue siendo folclórica”. En las representaciones de los actores del vallenato, tiene más peso y valor cultural que se categorice al vallenato como folclor que como música popular, que se tenga como herencia indígena y no como criolla, eso también ocurre con la supuesta esencia narrativa del vallenato.

En realidad, la academia, aunque destruye mitos, no subvalora al vallenato porque la verdad esclarece, no es oscuridad. Muchas tesis se plantearon sin argumentos ni pruebas (como el aporte indígena u origen chimila), es hora de revisarlas sin apasionamiento ni contumacia. Con el vallenato sucede como con la cumbia, en la que, como sostiene Juan Sebastián Ochoa apropiando el concepto de mnemohistoria de Assman, no se suele preguntar cómo ocurrieron ciertos hechos realmente, sino cómo son recordados y reconstruidos por una comunidad para la posteridad.

Quienes nos gusta el vallenato, no podemos actuar como aquellos sujetos hipotéticos que vivían en las cavernas según la analogía platónica, que creían que las sombras que veían desde su encierro era la realidad. Cuando al fin, uno de ellos salió y pudo ver el mundo físico real y no su proyección en sombras, la invitación para salir de la oscuridad no convenció a los demás, quienes prefirieron seguir creyendo en la oscuridad porque el brillo de la realidad les fastidiaba la vista. Que no nos pase, porque a mayor y mejor conocimiento sobre el vallenato, este tendrá más sentido, apropiación y comprensión.

medinaabelantonio@gmail.com