Por Weildler Guerra Curvelo*.

Tío Andrés Curvelo Martínez, nació en Riohacha un siete de noviembre de 1939 de manera que ayer cumplió ochenta años de estar recibiendo los vientos alisios del nordeste. No basta decir que es originario de Riohacha sino que emergió a la vida en el Barrio Arriba de dicha ciudad. Esto es crucial para entender su carácter, pues este es el barrio más antiguo y núcleo primigenio de una ciudad tan añeja como el siglo XVI. Un arribero tiene su corazón volcado hacia el mar, su memoria está llena de relatos de naufragios y navegaciones, de las gestas y actos de valentía de legendarios contrabandistas, de anécdotas de Lombana ese singular, perspicaz y libertario personaje que ornamentaba los postes de la ciudad con lazos rojos, baterías eveready y una ristra de cebollín.

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Un arribero es ortodoxo con la preparación de la cocina guajira, con el sentido de la familiaridad y con los rituales religiosos de la virgen de los Remedios. Para un arribero el mundo limita hacia el norte con el gran arco de islas del Caribe pero por el sur solo con la Calle Ancha, lo demás es parte de la ruralidad. Si se muda de su lar natal a otro lugar de la ciudad se sentirá como un obispo cristiano en tierra de infieles.

Para elegir compañera tío Andrés siguió el proverbio italiano que dice “El buey y la mujer de tu tierra deben ser¨” y así formó un hogar con Judith Laclé tan arribera como el y tan buena como el pan de Sacramento. Después de una larga vida como funcionario del Instituto Colombiano Agropecuario tío Andrés solía apoyar a su hermana en diversos negocios por lo que siempre viajaban juntos y hacían un binomio insuperable. Un día el decidió súbitamente ser un jubilado de verdad y disfrutar enteramente de su tiempo libre. Esa decisión originó una autentica e inesperada crisis ministerial familiar. Resulta que nuestro tío ocupaba muchos cargos en el gabinete de mi madre y era insustituible en casi todos pues se desempeñaba como: conductor elegido para viajar hacia Tomarrazón, Carrizal y Uribia, asistente contable de un kiosko de bebidas que mi madre tenía frente al SENA, surtidor de cervezas y refrescos de ese mismo negocio, evaluador de precios en el mercado de Riohacha para productos agrícolas de la finca, asistente veterinario y hasta zancajeador de préstamos, pues cuando su hermana necesitaba de recursos monetarios frescos ella le pedía que le zancajeara a alguna de sus sobrinas para obtenerlos. Después de esta irrevocable decisión tío Andrés se dedicó a las cosas que más le apasionan en la vida: jugar dominó y observar como los obreros hacen una mezcla de cemento en una construcción.

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Muchos son los refranes de tío Andrés sobre el juego de dominó que he empleado como principios axiológicos para guiarme en la vida. Cuando tengo una situación en que debo ser prudente recuerdo su sentencia “juego ‘ganao’ no se cierra”, cuando pienso en la inequitativa distribución del talento entre los seres humanos rememoro su dicho “el que coge muchas fichas de una coge poco de otras”, ante la duda o la indecisión recuerdo que cuando no me atrevía a cerrar un juego por temor y él tenía el doble blanco soltaba su frase lapidaria “del arrepentido se vale Dios”. Con el aprendí, entre muchas otras cosas, que el dominó es una perspectiva singular y aleccionadora para movernos ante las cambiantes circunstancias de la vida.

¡Feliz cumpleaños, tío Andrews!

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